Solo ante el desierto

El desierto de Arizona, que se expande hacia el lejano horizonete hasta alcanzar las tierras mexicanas de las que una vez formó parte, se extiende salpicado de matorrales y enormes cactus distintivos de esta región llamada Sonora y que estuvo llena de apaches y navajos antes de la llegada de los primeros soldados españoles y luego estadounidenses.

Pero ahora no hay ruido de peleas y escaramuzas. sólo el aire invisible. El desierto destila silencio y una hermosa calma. Un paisaje inmenso, como todo paisaje americano, pleno de espacio insaciado. Y en él se enarbolan a sí mismos como viejos lanceros verdes los cactus enhiestos, señeros (milagros verticales, al mismo tiempo firmes y dulces), como verdes torres de arduos filos, el mudo cactus, sombra y sueño, en el fervor de Tucson. Y bajo su sombra como soñada, el desierto llama al detalle, a detenerse en lo pequeño, en lo minúsculo de esas hojas que de tan delgadas se han convertido en espinas y pinchan a quien las roce. En las piedritas, en el polvo del camino. Camino lento, despreocupado, vamos silbando una vieja canción bajo el sombrero y sorteando cactus a caballo, el camino se hace largo, cuánto western en la memoria.

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