La historia de Allan

Allan es un hombre ya entrado en años que se dedica a limpiar el ala Oeste del edificio de Letras de la Universidad. como siempre termina su tarea pronto, luego tiene mucho tiempo hasta que, a media noche, debe abandonar el edificio y dejarlo bien cerrado, además de limpio. por supuesto, hay otros como él en el edificio y en otros edficios.

Lleva unos cuantos años trabajando en la Universidad. Cuando puede, se acerca y charla con alguien, eso es algo que les gusta a muchos americanos, acercarse a otro y charlar sobre el origen familiar, sobre la vida propia. Especialmente aquellos que están en situación económica por debajo de la media, gente común que apenas cuenta en la exportación de la idea americana, estadounidense quiero decir. por otra parte, aquí es algo ritual preguntar por el origen de uno, aunque todos se consideren americanos no existen los americanos, al parecer, y cada cual se ve obligado a relatar o a inventar si es preciso, sus raíces en Europa, en Asia, en África, fundamentalmente. Pocos indios autóctonos quedan, y pocos cuyas raíces no sean americanas se resisten a ceder a la tentación de no matizar su americanidad: mi tataraabuela era de Alemania, mi abuelo de Escocia y mi padre nació en Wisconsin; yo nací en Nevada. Bueno, es una manera también de empezar una conversación y acceder a na historia. Al menos es eso lo que sucede, y lo que sucedió con Allan hace un par de noches, en el edificio ya semivacío de Letras. Lo cierto es que a Allan le gusta hablar, y no tiene muchas oportunidades por la tarde, cuando todos van abandonando el edificio, y menos aun a partir de las ocho o las nueve de la noche, cuando ya todo se queda vacío. Por ello, el otro día Allan aprovechó para contarme algunas cosas de su vida y también algunas opiniones sobre la vida. Tiene alma de narrador, su comienzo, después de un par de preguntas de contacto, que versaron sobre una fotografía del Frankenstein cinematográfico sobre una de las paredes de la oficina, fue el siguiente: “Pasé algún tiempo fuera de los Estados Unidos, en lugares donde los hombres viven en las ramas de los árboles. Y descubrí que sólo con eso, podían ser felices”. Y se explayó sobre el ansia estadounidense de comprar y atesorar cosas en la vida, en la necesidad en que se convierte para casi todos. La vida de Allan ha sido variada, está contento en su puesto actual, y su historia tiene algunos puntos tópicos de la literatura y el cine de este país y algunos aspectos rocambolescos, a veces uno no sabe muy bien qué creer, aunque eso no importe demasiado. Su apellido es español, porque su padre era filipino. Allan habla algo de tagalo, como herencia paterna, y no entiende por qué el español de las Américas se llama español y no mexicano o arqgentino a secas, puesto que el tagalo se llama tagalo y no spañol de Filipinas: al fin y al cabo, según su razonamiento, todas son variaciones tan importantes que a menudo no permiten una comunicación o comprensión del otro sin explicaciones añadidas. También opina que el inglés es un idioma difícil, porque a menudo un mismo sonido forma diferentes palabras, y se crean numerosas ambigüedades. No le faltan opiniones ni razones a Allan. Él es estadounidense de nacimiento, según él en su juventud no fue un buen chico, y le dieron a elegir entre la cárcel y el ejército. Eligió el ejército y lo trasladaron, entre otros lugares que visitó, al Vietnam. Por cierto, tiene un amigo estadounidense de origen vasco que también estuvo con él y con el que sufrió cierta persecución en la selva difícil de narrar aquí. Allan es un veterano de guerra, entonces. Los veteranos tienen derecho a ciertos descuentos y se celebra un día en su honor (pero Allan se queja de que las ofertas del Veteran Day son para todos la misma. ¿Para qué le sirve ser veterano?). Durante su época del ejército debió sacar unos estudios relacionados con la abogacía que luego no le fueron reconocidos a pesar de tener un diploma, y tuvo que pasar por ciertas clases para lograr una convalidación o algo parecido. Le gusta mucho la Historia de Estados Unidos y la Geografía, algo habitual en quien ha dado media vuelta al mundo, aunque sea en el ejército. Está orgulloso de que Reagan, mediante le acuerdo de Nebraska con Gorbachov, fuera en el fondo el agente protagonista de la caída del muro en Berlín. Le gusta contar cómo, a pesar de que en este país los indios fueran casi aniquilados culturalmente, anulando incluso sus lenguas, los navajos se resistieron a ello, y salvaron la Segunda Guerra Mundial al ser usados como mensajeros criptógrafos, cuyos mensajes en navajo sólo comprendían los de su propia tribu. Le gusta preguntar por el Estado en el que reside la Estatua de la Libertad, que no es el Estado de nueva York, o por el auténtico nombre de la Bahía de San Francisco a la altura de Alcatraz, que ya no es exactamente la Bahía de San Francisco, o preguntar por el primer presidente, aunque no oficial, de los Estados Unidos, cuando en 1776 se declaró la Independencia pero no fue hasta años más tarde que se ofició a George Washington como presidente. Desde luego, Allan, es un hombre curioso e inquieto en su carácter dicharachero y un tanto errático, aunque se lo ve desde fuera un tanto abandonado por la vida, no sabría decidir por qué, acaso ha sido el ejército y ha sido una vida un tanto contraria a muchas cosas; a pesar de que él dice no querer más, sentirse satisfecho, y no desear, a pesar de sus estudios tan cuestionados, un puesto en la enseñanza, por ejemplo. La historia de Allan, Allan mismo, me semeja a un Joseph Conrad narrando la vida de un corazón de las tinieblas.

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