Reno, o el corazón de una ciudad

La vida como viaje. Pasa el espacio, el tiempo. Pasan los paisajes, las personas. Es un pasar que duele en algún momento, cuando después de un instante en un lugar, debes pasar al siguiente. Y así es la vida. Y es necesario. Y es inevitable.

Mi corazón se rompe cada vez que, después de una temporada viviendo en un lugar, hay que partir. Y no necesariamente por el paisaje, que a veces. No al menos en el caso de Reno, cuyo paisaje urbano admiro y detesto profundamente. Son las personas. Las personas a las que de manera inevitable debes renunciar cuando te marchas. Y no es que no sigas en contacto, mensajes, fotos de vez en cuando. Un encuentro al cabo de uno o dos años, o más. De ese encuentro inicial, en el que se compartieron espacio y tiempo, después ya sólo queda el desencuentro, coronado por fortuna en ocasiones con esporádicas coincidencias, exaltadas y como increíbles, llenas de estupor y escaso tiempo, luego sueño y sombra. Además, la memoria de los lugares vividos, se parece a las novelas, a esas novelas leídas con intensa fruición, de las que luego queda el recuerdo y la experiencia de haberlas vivido, y al mismo tiempo quedan lejanas como un sueño, como un sueño imposible. Así quedan los lugares y a menudo las personas con las que uno convivió en un tiempo y un lugar. A veces quedan en el recuerdo como un sueño imposible, como una extraña certeza de la memoria y una incertidumbre de la existencia. Y con ellos queda también lo que se soñó con ellos, lo que nunca se dio pero se fantaseó, se imaginó, antes, después, durante la estancia. Lo que se esperaba y nunca llegó, lo que nunca se esperaba y llegó. Todo se mezcla en la memoria, y de todo un poco, sin poder evitarlo, también la memoria olvida, y va despidiendo algunos recuerdos, sólo recuperables tras un regreso, tras una repetición del paisaje, de una vivencia, de un ritual viajero. Decía Rainer María Rilke que la vida es un continuo ir despidiéndose, y a pesar de la esperanza de los reencuentros, hay instantes como éste en los que la frase se vuelve dolorosamente real, dolorosamente real, dolorosamente real. Y uno se da cuenta de que la eternidad no existe, no al menos ahora. A Reno, ciudad descorazonada de corazones de baraja, la despido con cierto alivio, deseándole buena suerte en su apuesta por una vida invisible, taciturna, enigmática, extraña; pero no despido sin resistencia, sin resistirme, sin resistirlo, a tantas de las personas –los hermosos, grandes y pequeños, humanos corazones- que allí quedan, muchas de ellas de paso en este jugar y apostar que es la vida. Y ese auténtico corazón de Reno, Nevada, empapado en sangre con un trozo del mío –que pedazo a pedazo, deja un rastro por el mundo- queda con ellos y quiero que lo sepan, con lágrimas bien húmedas mías en los ojos que apenas me permiten apreciar esta noche el límpido y magnífico cielo estrellado de mi amado desierto, desierto donde sobreviven algunas indómitas flores, quién sabe si por gracia de ciertas lágrimas, ese desierto misterioso y lleno de historias, llamado desierto de Nevada.

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