El ojo que todo lo ve

“El ojo que ves no es,
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.”
(A. Machado)

Comienza la función. Comienza el día. Abre los ojos. Tu mirada encuentra las primeras luces, tenues resplandores que dan forma a las cosas, mientras a tu alrededor sientes la pereza de las cosas. Hay que desperezarse, barrer las calles aun desiertas, lavarse hasta poder enfocar con los ojos las primeras flores que asoman por la ventana. Y comienza el viaje, ¡todo lo que hay que ver! Ya despierta la ciudad y las máquinas se alinean para transportar a toda la multitud, que recorre las calles en un caos de perfecta organización, buscando la misión de hoy, aquello que ofrece la continuidad entre el ayer y el mañana. Giren manivelas, en marcha un nuevo día, la vida es pura máquina ciné(ma)tica, puro iniciar movimientos que inundan los sentidos de fragante actividad, la entrada en las fábricas, los tranvías por las avenidas, el engranaje urbano en plena actividad. Y todo lo estoy viendo, cada repetición, cada esquema diario en el quehacer cotidiano, y todo queda en mi mente como visto a través de un objetivo. Y va pasando el día, con sus encuentros y sus desencuentros, con la inevitabilidad de la vida, todo a un tiempo, ahora un matrimonio y después un divorcio, unos viven mientras otros mueren, mientras unos sufren otros se felicitan por u nacimiento, los tranvías van y vienen, los ascensores suben y bajan. Todo lo veo, todo queda en mí. Es el ritmo de la vida, la percusión de las mecanógrafas, el batir de un rizarse las pestañas, el picar de los obreros, las teclas de un piano, y los engranjes ruedan y ruedan, el mundo se mueve en círculo. Y llega la tarde, un instante para el ocio y el juego, rítmico y circular como la carrera de un caballo, el ejercicio de los atletas, los pasos de una bailarina, el girar de un tiovivo o las ruedas de un ciclomotor. La deceleración apenas llega con unas cervezas o los movimientos de un juego de ajedrez, movimiento a movimiento se juega uno la tarde, es el ritmo de la diversión percutiendo con unos cubiertos sobre la tapadera metálica de una cazuela recién lavada, o lo mismo las teclas de un piano, el movimiento acompasado de un ballet. Y todos somos espectadores de todos, unos de otros. Mi ojo todo lo ve, y tú lo puedes ver conmigo, percibiendo tras cada parpadeo una imagen nueva y distinta, que repite y se superpone sin embargo al esquema de la anterior, ojo dentro del ojo, espectadores de nuestra propio dinamismo. Somos y no somos nosotros. Nuestra vida en un puñado de imágenes expuestas, fragmentos de pulso, vistas por el filtro del ojo ajeno.  Es el hombre con la cámara. Parpadeo, luces, figuras, movimiento, esquema. Telón.

Fin de función. Anochece. Cierra los ojos. Tu mirada rememora la película de toda una vida en una sola hora, en apenas un minuto, en un segundo de superposiciones. Ahora comienza la función.

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