La decadente armonía

Szeged no es, a primera vista, una ciudad hermosa. Y, sin embargo, lo es. La ciudad está modernamente constituida por numerosos barrios de edificación comunista, rectilíneos, grises, con grandes ventanales sin persianas y cortinas apenas translúcidas. A veces, en alguno de los frontones laterales de estos edificios aparece un gigantesco anuncio publicitario de cierta bebida refrescante con burbujas que imprime colorido a la monotonía monocroma de los bloques prefabricados, pero que no los dota de mayor belleza. Hay, sin embargo, una armonía en esta programación de edificios, en los numerosos parques que los envuelven. Y hay, también, una nota decadente en todo ello, en las aceras desgastadas y llenas de baches, en los columpios y piscinitas y mesas de ajedrez de barrio abandonados a su suerte, con la sensación de que un día el olvido y la naturaleza podrán con todo ello También en las carrocerías ya viejas y usadas de muchos coches y el transporte público. En la vejez de la población. A pesar de la continua actividad y las vidas cruzándose, en cualquier zona de estos edificios de viviendas soviéticos se puede respirar un ambiente de barrio tranquilo, alterado el implacable gris por el numeroso verde que se desborda en primavera entre portales y aceras. Son incontables las tiendas con rótulos de inverosímiles combinaciones de color, mínimos ABCs que tienen de todo y que, como en España las tiendas de ultramarinos, no soportarán la presión de los grandes centros comerciales. Y numerosas peluquerías y saloncitos de belleza (el arreglo, el color de nuevo), y también floristerías, cuántas y qué variedad y qué afición por las flores. Es curioso asistir a este mundo de detalles de color en unos barrios de fondos grises y verdes, grises y blancos en invierno, grises y tostados en verano, grises y verdirrojos en otoño. Evocar, no sólo Szeged, sino Hungría entera, es evocar estos contrastes del color, las combinaciones prodigiosas de la ropa de sus habitantes menos modernos. Unos habitantes, en mi barrio, entre los que destacan los ancianos, los viejos, a los que llamarán tercera edad dentro de muy poco, y ellos no entenderán muy bien por qué. En mi barrio y en Szeged hay viejos alegres y viejos tristes, hay viejos que todas las mañanas, haga frío o calor, venden patatas y paprika, y hay viejos que todas las mañanas acuden a comprar. Pero casi siempre veo viejos solos, algunos porque aun pueden vivir así, otros porque no les queda otro remedio. Afortunadamente, todavía no he encontrado a ninguna anciana, como puede verse en los subterráneos de Budapest, vendiendo en una esquina, obviada por la masa que transita, una sola, una sola flor a quien la quiera comprar; quizá sea esa flor la que occidente no ve, la que quizá olvida porque ya no sabe o entiende lo que representa: pero ahí queda esa anciana, impertérrita, ofreciendo quizás la flor de una vida que hemos olvidado vivir. Con todo eso, vivir mucho y muchas cosas es lo que me transmiten los viejos de Szeged: en muchos hay una profundidad en las pupilas de sus ojos que me parece llena de misterios, sufrimientos, incomprensiones y también felicidades de una vida hecha ya, al mismo tiempo sufrida y disfrutada, valorada y aceptada. Los surcos de las arrugas en los rostros recuerdan el paso de los años, como los anillos del tronco de un gran roble que abraza así la vida y el tiempo. Cambios de régimen, guerras, revoluciones han pasado sobre ellos pero aun así se mantienen en pie. Incluso los viejos borrachos, ay, los borrachos, que piden dinero con inusitada cortesía o requieren unos minutos de charla a menudo no exenta de interés. Sí, incluso los borrachos que a diario llenan durante horas inagotables algunos büfés y börözös tienen mucho que contar, acaso demasiado; pero quizás ellos no soportaron los cambios y ahora, con la boca pastosa de palinka barato, ya no pueden ni decir su nombre. No obstante, en la mayoría de los viejos, poco atendidos por la sociedad si no es por sí mismos, se percibe que habitan una ciudad que todavía sienten suya, creo. Las aceras y los edificios aún muestran las huellas de su origen, o las de la erosión de la edad, pues también los muros cumplen días y horas. Aunque ahora, en los albores de un nuevo siglo que también ellos acaban de estrenar, se enfrentan a una renovación progresiva, al capitalismo, y a una sociedad más joven que está transformándose profundamente en menos de una década, quizá otra invasión más, y con su cuerpo enjuto y como envarado en sí mismo, soportan de manera inverosímil el hielo quebradizo de las calles y los brincos más increíbles aún del trolebús número 9. Al fin y al cabo, tantas cosas peores y mejores han visto.

Pero ante los ojos de muchos, Szeged está en el presente y en el futuro y es la ciudad universitaria por excelencia, la ciudad viva y repleta de jóvenes, jóvenes vitalistas y desinteresados, jóvenes muy jóvenes que poco o nada saben de las carencias, de las necesidades más perentorias, del dolor de las ausencias materiales y espirituales. Viven en la inmediatez de un mundo instantáneo que les ofrece sin dudar lo que ellos necesitan y mucho más, demasiado más quizá… la vida universitaria en Szeged es activa, sí, en diversos sentidos; hay un contraste curioso entre el provincianismo patente de un lugar en el que muchos se conocen y hablan y el cosmopolitismo que impregnan los estudiantes, creando asimismo una segunda ciudad de provincias hecha de todas partes en la que todos los jóvenes se conocen y hablan de los otros. Los edificios universitarios y oficiales salpican la ciudad en su centro e incluso más allá: la ciudad, por avatares de la reciente historia europea, se ocupó de dar espacio a la antigua universidad húngara de Koloszvár, actualmente Rumanía, y hoy toda la ciudad es un campus singular en el que calles, universitarios y ciudadanos se entremezclan en una curiosa combinación. Los numerosos servicios de bajo precio para estudiantes, especialmente en cuanto a comedores universitarios, destacan porque allí acuden tanto los jóvenes como los viejos y otros habitantes de la ciudad. Quizá es en estos lugares (SZOTE, Irinyi, Boci, Béke) donde a determinadas horas, sin saberlo, se produce el auténtico encuentro de la ciudad consigo misma, en su propio devenir, en su cotidianeidad. También los acontecimientos especiales, las ferias de artesanía y regalos o las ferias de vino y cerveza dan a las plazas de la ciudad (Mars tér, Dugonics tér, Klauzal tér, Szechenyi tér y Dóm tér) un color especial, en particular cuando el sol reluce en esta ciudad, que es muy frecuente. Un rayito de sol y las calles se llenan de húngaros y actividad, las muchachas lucen sus miniminifaldas y los hombres pasean para verlas. Los niños juegan en la hierba y en los parques y en las plazas.

Así, sin sentirlo, no se sabe por qué secretos de la armonía urbanística, hemos abandonado los grises bloques comunistas y nos saludan otros con variados colores de estilo decimonónico imperial y secesión, sumidos en un aire de elegancia y abandono particular, sureño si cabe, amplios, grandes, pero sin monumentalidad excesiva, sin magnificencia, a la medida del hombre, y nos reciben con humildad serena en el centro histórico de la ciudad, un semicírculo en torno al Tisza donde encontramos la alianza de la ciudad con el río y donde encontramos, también, los monumentos que dan cuenta de la historia de este pacto.

 

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Un comentario en “La decadente armonía

  1. Gracias por esta sección, “A orillas del Tisza”, que nos trae gratos recuerdos de Szeged, de allí importamos la costumbre del Paprika con patatas y con otros platos.Es esperanzador hablar de los mayores, encontrar lugares donde su presencia es un referente, seguir mirando sus ojos, ellos tienen muchas respuestas, sólo esperan preguntas, escucha, atención. Esperamos con impaciencia la siguiente entrega.

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