Los que duermen

Anochece cuando cierro el libro. Terminado. O eso pensaba yo. “Los que duermen”. El título ya invita desde el principio a soñar, aunque a esas horas lo que yo tenía era sueño de un día agotador. Juan Gómez Bárcena, su autor, un nombre de ecos lejanos como el de los exploradores de antaño, rondándome ahora la cabeza, casi un desconocido. ¿Nada? Pero, entonces, reflexioné, ¿cómo me había llegado su libro, cómo lo había adquirido, y cuándo? Creo que la lectura me ha dejado algo confuso, de hecho miro unos segundos (¿minutos, horas?) por el ventanuco para asegurarme de que el mundo sigue ahí fuera, sin moverse, y salvo el suave mecerse que siento y que me incita de nuevo a dormir, y a soñar, nada ha cambiado en las últimas horas. O el paisaje se mueve imperceptiblemente, inexorablemente. Desde luego, he pasado una temporada extenuante que ya se extiende a varios años, un periplo vital que a veces me hace pensar en las lejanas aventuras de Odiseo, aunque yo no me siento más astuto que el héroe griego, aunque sí un superviviente nato digno de una mitología propia, por qué no, como el propio Ulises, ante los desafíos ineludibles del destino. Llevo ya casi una vida intentando huir de esos designios, he cambiado numerosas veces de personalidad y nombre, hasta creí dar esquinazo a mi fatum en varias ocasiones, pero siempre alguien da con mi talón de Aquiles, mi punto débil, y ahí se acaba todo y empieza todo de nuevo. Qué decir, si a veces pienso confuso entre lo que he vivido y lo que he sentido y lo que he imaginado, pero recuerdo ahora repentinamente, como en un fogonazo preciso del tiempo, el campo de concentración, y aquel día en que lo visitaron los observadores internacionales de la Cruz Roja, quizás aquel fue el mejor y peor día que viví allí, el único donde tuvimos un respiro ante la muerte y los designios del tiempo, el único día que nos hizo sopesar también, en el cautiverio, la profundidad de nuestra deshumanización, y la indignidad, la libertad perdida de nuestro cuerpo y nuestras almas, si algo quedaba de ellas. Pero sobreviví, a retazos salí de allí cuando todo acabó, crucé la ciénaga de los fantasmas de la muerte pasada y futura, cambié de nombre y aspecto, trabajé como herrero primero y mercader después, prosperé, conocí después a una mujer hermosa e inteligente, una verdadera princesa, que se enamoró tanto de mí como yo de ella, nos entregamos mutuamente los corazones (y sus cuerpos hilvanados), pero la edad nos distanciaba tanto que yo imaginé morir antes de tiempo, como ella de dolor por mi ausencia, y ahora, al final de este viaje que hago, mientras miro por el ojo de buey de un buque sin nombre que transporta toneladas de un metal preciosísimo y parece perdido en el vasto mar, espero hallar al otro lado, en el puerto, a mí mismo renacido cuarenta años antes y a ella esperándome con la cara de niña viajera que tenía al conocerla. Y la reconoceré a pesar del tiempo. En fin, reflexiono ahora, mientras veo que el mar se encabrita y nuestra nave pesada parece querer quebrase entre las olas, que ya no sé si el tiempo es relativo, o la vida un simulacro, un cumulo de falsas identidades y equivocaciones en nuestras relaciones humanas y anhelos, donde encallamos con ansia de naufragar en la Historia, y recuerdo cómo a veces pienso que querría ser una momia embalsamada encarcelada en un museo, o un simple hombre criogenizado que pudiera despertar en el futuro a sabiendas de no entender nada del propio pasado ni de de mi propia raza. He leído a Homero, a Cabeza de Vaca, a Kafka, a Lovecraft, a Primo Levi, a Borges y a Phillip K. Dick, a Asimov, pero ni en ellos ni en los otros 2374 libros que he leído hasta la fecha, hay un libro de instrucciones para la vida. O la muerte, O la memoria, sobre todo la memoria. No sé lo que es ser feliz, ni lo que significa ser hombre. O máquina humana pensante que espera a su creador en un desierto de hombres y almas ya tiempo desvanecidas. Ya no. “Los que duermen”, un título para un sueño, la pesadilla humana. Un vendaval repentino revuelve las páginas y las negras letras parecen querer volar, pero solo se mezclan y confunden nerviosas mientras el volumen revolotea inclemente y da un salto ingrávido. Al vacío. Y se precipita hacia el mar océano. Caution, system error. La nave se agita espléndidamente, bateada su máquina inteligente por las olas marinas, y con sopor me someto a las procelosas aguas del destino, presente, pasado o futuro, porque ni siquiera sé qué significa ahora, entonces, mañana.

Portada del libro de relatos "Los que duermen" de Juan Gómez Bárcena. Un ejemplar debe habitar ahora en las profundidades del mar océano, hasta que lo descubran, quizás en el futuro, los robots marinos que lo habitarán.

Portada del libro de relatos “Los que duermen” de Juan Gómez Bárcena. Un ejemplar debe habitar ahora en las profundidades del mar océano, hasta que lo descubran, quizás en el futuro, los robots marinos que lo habitarán.

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