Nota sobre el Bikavér

Bikavér significa “Sangre de toro”, y el vino que lleva su nombre tiene ese color rojizo oscuro y penetrante de los buenos tintos, aunque sean jóvenes. Dice la leyenda que por el parecido de este vino con la sangre, los antiguos húngaros que tomaban de este vino eran considerados como auténticos vampiros que bebían la sangre de sus enemigos. Sus comisuras se mostraban continuamente con el color de la sangre. Pero parece que no era sangre sino vino, y quizás porque al final todo se sabe los turcos no tuvieron ningún reparo en luchar contra estos feroces guerreros sanguinarios y conquistarles país y vides, aun en contra de lo que prohibía su religión. De hecho, Eger, tierra del sangre de toro, fue uno de los lugares emblemáticos en la lucha contra el turco. In vino veritas.

Junio infantil


El mes de junio es un mes hermoso en Hungría, todo resplandece verde y azul. El calor abraza el país y las fuentes funcionan hasta los atardeceres de un rojo silencioso y solemne en el horizonte, de un romántico oscurecer en los parques y bosques. Pero en junio no sólo despuntan las flores y los sonidos de los pájaros en el fragor de una primavera cumplida y plena; no sólo llega la luz y claridad azul del cielo raso y despejado, llano e infinito como el país; no sólo agrada el lento rumor de los ríos y del agua al correr mansamente; también en junio el paisaje se colma de otros colores y otros rumores, de carreras y voces. Los niños acaban la escuela y salen, en los últimos días de curso, a la ciudad, al monte, a los ríos y a los lagos. Incontables grupos de una treintena de escolares cada uno viajan por todo el país y realizan visitas culturales e históricas, juegan, se divierten, forman colas interminables en las heladerías, y hablan y gritan y están juntos y se lo pasan maravillosamente. El mes de junio los niños invaden las calles de Hungría y toman el país para ellos, y son ellos los que descubren los paisajes y lugares que son su patria, y lo conocen y disfrutan en su esplendor. Lo aniñan y le devuelven algo de su primigenia inocencia. Guiados de sus pacientes y entusiastas maestros, cual aventurados exploradores, cual descendientes dignos de Árpád, se lanzan a trotar alegres y vencedores de una tierra que les corresponde y que la hacen suya. Los parques y columpios se llenan de su presencia, acampan en los claros de las ciudades cuya fortaleza o museo conquistó por la mañana su interés, y al otro día galopan por un bosque o unas colinas, a orillas del Tisza o del Danubio, o a orillas de la incansable imaginación. Junio es un mes hermoso en Hungría, sin duda, un mes en el que la plenitud de la vida se une al compás de los que más viven.

La noche de los estudiantes

Cuando el último día del curso universitario finalizan las clases aún queda una última fiesta antes de comenzar los exámenes. Siempre coincide con el mes de mayo, después de la eclosión de una primavera apasionada y sentida con intensidad vital. Llega la noche del último día de clase. Los estudiantes se reúnen por grupos y, tras haber acordado el alquiler o préstamo de un autobús local, un camión o quizás una carreta, se reúnen y comienzan a patrullar la ciudad dando gritos continuamente. ¿Qué buscan, qué pretenden? ¿Es que se han vuelto locos? Oh, es la noche de los estudiantes, que tiemblen los profesores, los pedagogos, los maestros, todo el personal docente. Los alumnos van a buscarlos hasta sus casas, se desplazan con su vehículo, cantando y gritando, con antorchas y luces, si hace falta, hasta más allá de la media noche, buscan y encuentran los hogares de sus profesores, y entonces siguen cantando y gritando y llamando a las puertas hasta que el profesor abre su casa para que los alumnos celebren con él la finalización del curso académico. En cada casa en la que son admitidos, el profesor invita a beber y a charlar si se tercia. Así pasa un buen rato hasta que los estudiantes se sienten satisfechos y salen en busca de su próxima víctima, acaso el profesor de geografía o el de literatura húngara. Esa noche la ciudad se ve despertada por ráfagas de grandes vehículos ruidosos que circulan como rayos vibrantes entre los barrios y de los que brota –collige virgo rosas- la algarabía propia de la juventud gozosa, que a los que escuchan fugazmente desde sus camas les parece soñar el espejismo de un momentáneo regreso de aquella juventud que quizás no tuvieron y que nunca ha de volver.

El turul, menudo pájaro


En el alto de Tatábanya se yergue un enorme pájaro que simboliza el origen del pueblo húngaro. Des de allí divisa toda la llanura del Transdanubio. A escala mucho más modesta, puede verse también en el barrio del castillo en Budapest, como presidiendo las colinas de Buda y otorgando su majestad al Palacio Real, y admirando el Danubio y la ciudad bajo su la sombra de sus alas. Es el turul, ave mitológica húngara por excelencia.

Cuenta la leyenda que en los orígenes de la fundación del estado húngaro, allá por el siglo VIII o IX, Emesé, mujer perteneciente a una de las tribus nómadas que desde oriente venían buscando Pannonia, tuvo un extraño sueño. Soñó que un enorme pájaro, muy semejante al águila pero muy diferente a ella, se le acercaba volando y la envolvía entre su cuerpo. El animal, que se conocía como turul, portaba entre sus garras una gran espada y lucía sobre su cabeza una corona sagrada. Se esfumó con el sueño y Emesé engendró a un niño al que pondría de nombre Álmos. Álmos fue el padre de Árpád el Conquistador, primero en llegar a la llanura de los Cárpatos y asentarse en ella, descubridor de la tierra patria y bisabuelo de quien noventa años después, con el nombre de Szent István, fundaría oficialmente el reino de Hungría y lo convertiría al cristianismo, allá por el año 1000.

Por lo tanto, según la leyenda los húngaros y la concesión de su estado proceden del reino de los aires, del encuentro soñado entre una mujer y un pájaro mitológico, pues Álmos, que significa sueño en lengua húngara, fue el padre de la primera dinastía históricamente reconocida en Hungría, la dinastía de Árpád.

No sé por qué, tantas veces también he sentido que Hungría es como un extraño sueño que se debate entre la realidad, la belleza, lo imposible y la historia. Y a veces siento que Hungría, con su lengua tan enigmática, con sus gentes tan singulares, con su misteriosa historia llena de luchas y de imperios, quizás no sea más que un lugar mitológico que se sueña a sí mismo continuamente, y que gracias a ello es capaz de sobrevivir, no sólo al presente, sino al pasado, e incluso proyectarse en el futuro en una reinvención continua. Y que a algunos nos permite visitarlo de vez en cuando en su misteriosa y extraña esencia.

Una casa socialista


Mónica y yo vivimos en una casa comunista. En un barrio construido en la época comunista. Todas las casas son iguales, bloques de hormigón gris armados con planchas prefabricadas, de una altura entre los cinco y los nueve pisos, separados por zonas ajardinadas en las que aun quedan algunos columpios abandonados. La luz es escasa por la noche, no hay demasiadas farolas en las calles. El asfalto y la naturaleza pugnan por superponerse en los límites de las aceras. Todos los edificios tienen, en su parte anterior y posterior, ventanas. Cada piso tiene vistas a ambos lados, y no sólo la luz solar los ilumina completamente, sino que también las miradas penetran en el quehacer de las habitaciones importantes de la casa, las habitaciones y la cocina. En el baño no, que además suele estar dividido en dos cubículos independientes, uno para la letrina y otro para la bañera, lavadora y lavabo. En el pasillo no caben más de cinco personas juntas de manera incómoda, pero apenas llega la luz a él. El concepto de salón no existe, y hay modelos de pisos pequeños y grandes, con dos o tres habitaciones. Entre 50 y 70 m2 por lo general. Eso sí, hay gas natural y calefacción central para todos los pisos. Y doble cristal en las ventanas, grandes y apenas tapadas por unas cortinas semiopacas. Todo está dispuesto para vivir en comunidad, para ver y para ser visto. El mobiliario es sencillo y funcional, no hay grandes adornos ni grandes posibilidades de ostentación en las casas. Es difícil, salvo en los detalles de decoración, personalizar el piso, y siempre uno se queda con la sensación de que visto uno, vistos todos los pisos, aunque aparentemente el arreglo interior sea muy diferente en unos y en otros. La cuadriculatura de los tabiques y el cubismo casi perfecto de los espacios denota una sencillez abrumadora y aplastante, carente de ideas, propensa a la vacuidad mental. Sin embargo, son pisos agradables para vivir, prácticos, y cualquier detalle les sienta muy bien, porque en su austeridad programada agradecen un toque de color y de distinción.

Sentados en la cocina, que la recorre una mesa de barra paralela a la ventana, observamos muchas veces el devenir de nuestro barrio, y pensamos a menudo, quizás algo novelescamente, cómo hace años quizás viviera aquí, o en un piso semejante, un inspector soviético que controlaría, con una sola mirada, la rutina y la identidad de todos aquellos que hacían su vida en estos bloques.