De cine

Visitar California y no recorrer su geografía a través de unas gafas solares con filtro de celuloide es algo, simplemente,impensable, o cuando menos,injusto. Y diría que imposible.A pesar de la industria tan abusivamente comercial en que se ha convertido (sin negar algunas películas excelentes que sólo la tecnología hollywoodiense es capaz de apoyar), California atesora -como tantos otros lugares de los Estados Unidos- un inconfundible conjunto de rincones que el buen cine ha hecho reconocibles y familiares, iconos puros, para cualquiera que haya disfrutado alguno de los géneros del cine estadounidense del siglo XX. Pero esto forma parte de otro artículo que próximamente podrás visitar aquí.

Sin duda, muchos viajeros buscan el paseo de la fama y las estrellas en Hollywood Boulevard, Los Angeles, y anhelan cruzarse con alguna estrella por SunsetBoulevard en Santa Monica, al sur de California; sin embargo, es posible que pocos hayan tenido en cuenta añadir a su recorrido de turista o viajero curioso la visita de algún cine, entre los muchos que hay, no ya en el sur, donde se concentra gran parte de la industria, sino incluso en el norte o centro del estado, especialmente en torno a San Francisco y sus alrededores.
Y no se trata sólo de visitar en esta ciudad el cine del Castro, quizás más conocido por ubicarse en el meollo del barrio gay más antiguo del país, allá donde Harvey Milk comenzó su carrera política para defender los intereses de la comunidad homosexual antes de ser asesinado por ello. Si el Castro bien merece una visita externa al ser uno de los escasos edificios para exhibición cinematográfica que quedan en activo de aquellos locos años 20, su interior no desmerece -por su estilo ecléctico, su magnífico telón y su estupendo órgano-, un atento paseo y, por supuesto, una sesión de cine.El Castro presenta un programa heterogéneo que proyecta selectos estrenos de los directores de culto del momento (como Tarantino), una serie de festivales temáticos y nacionales (cine erótico, cine alemán o español) y clásicos hollywoodienses, sin duda lo más interesante por estar en el lugar que las vio nacer.

Pero el Castro no es una excepción, y numerosos pueblos de California mantienen su cine, muchos de ellos de los años 40 y 50, con una estética moderna derivada del art-deco -llamada streamline moderne– que nos recuerda con sus neones la cultura deldiner (podéis leer nuestra entrada dedicada a estos lugares, American Diner), y a los anuncios con las mujeres enfundadas en vestiditos chocholísimos orgullosas ante su nueva y tecnificada lavadora. En ellos, dependiendo del tamaño del pueblo donde se ubican, se exhiben los taquillazos del momento o bien se mantiene una línea discreta de cine independiente: es, por ejemplo, el caso del Varsity en Davis, al norte de San Francisco, ciudad que acoge además una de las sedes de la conocida Universidad de California.

Las ciudades un poco mayores se permiten el lujo de disponer de programas algo más variados, alternando una clara apuesta por el cine internacional de calidad procedente de principales festivales reconocidos, con algunos títulos del cine de culto más reciente, como es el caso del Tower Theatre, en Sacramento, capital del estado.

En este caso, como otros, el cine pasa por una continua etapa de dificultades financieras que lo mantiene al borde de su desaparición por su escasa competitividad ante las nuevas multisalas de los centros comerciales cercanos, lo que da lugar a iniciativas como Save the Tower Theatre.

Para solventar estos problemas, otros, como el Crest también en Sacramento -y restaurado a su estética art-decó de los años 40-, optan por ofrecer conciertos de calidad, conferencias o mítines políticos que incluyen en su programación.

Sin embargo, quizás una de las mejores y exclusivas experiencias sea la del cine Stanford en Palo Alto, cuyo programa está al nivel de prestigio de su afamada y también polémica Universidad. Este cine se dedica en exclusiva a ofrecer ciclos de películas de la edad de oro de Hollywood. La Fundación que lo mantiene (The David and Lucile Packard Foundation) está comprometida también con la restauración de dichas películas, en colaboración con la UCLA Film Archive.

El interior ha sido bellísimamente restaurado según la decoración original de 1925 y la experiencia de ver películas ya viejas -que muchos sólo hemos podido disfrutar en televisión-, ahí mismo, en pantalla grande, devuelven la grandiosidad del cine a su justo lugar. El órgano Wurlitzer que surge del escenario en los intermedios es solamente una maravillosa muestra de cómo los cinco sentidos (pues sin duda, se babea de gusto y se tiembla en la butaca de emoción) ponen a prueba al viajero.

Los programas dobles que ofrecen son excelentes, y vemos desfilar desde John Wayne con su rifle hasta los zapatos de claqué que hacían volar a Fred Astaire. Palo Alto tiene además una buena variedad de restaurantes en University Avenue y un par de librerías y cafés con las que completar una tarde cultural.

Literalmente, California tiene recorridos de cine(s). Quizás, y para terminar la jornada y poner la guinda al postre, podemos viajar a tan sólo hora y media de Palo Alto, donde el restaurante y hospedaje Mission Ranch nos espera en la costera y elegante Carmel by-the-sea, un hermoso lugar ante el Pacífico donde cenar unas estupendas baby back ribs a la llama de unas velas; no es difícil que su dueño, Clint Eastwood, se pase un rato por el bar, donde toma una copa con sus amigos de toda la vida.

¡Un brindis por el buen cine!
 [Este artículo fue publicado originalmente en El Guisante Verde Project: Viajar con los cinco sentidos. Un estupendo blog de viajes lleno del arte de viajar, eso, atendiendo a los cinco sentidos y conectando arte, historia, literatura, vida y experiencia]
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San Agustín y la Florida colonial

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El 27 de marzo de 1513, domingo de Resurreción, el explorador Ponce de León, gobernador de Puerto Rico, avista la Florida y deja constancia oficial de ello por primera vez para la historiografía europea. El 2 de abril desembarca en una playa con dunas y poco después tendrá uno de los primeros encuentros con indios de la zona, a los que, según leyendas posteriores, dice estar buscando la fuente de la juventud: al parecer, estos indios ya tenían noticias de los exploradores o algún contacto previo, e incluso sabían algunas palabras en español.

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La ciudad colonial de Saint Augustin, situada al sur apenas a una hora de Jacksonville y en la costa de Florida conocida como Ponte Vedra, tiene el honor de ser la ciudad continental más antigua de Estados Unidos que se conserva y ha pervivido habitada. Fundada en 1565 por Pedro Menéndez de Avilés, además de grupos indígenas solo se habían establecido hugonotes francesas, y pasaría medio siglo hasta que llegasen los padres fundadores de la nación americana contemporánea.

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Plaza fortificada, desde la llegada británica al área los ataques se suceden continuamente durante el siglo XVI y XVII, primero por el pirata Francis Drake, luego por las colonias establecidas en el sur de Virginia, de las cuales numerosos esclavos negros huían para refugiarse en territorio español, donde podían tener su propio dinero, mejores condiciones e incluso ser libertos. En 1763 pasa a ser británica por el Tratado de París, y es devuelta en 1783, hasta que en 1861 es tomada por fuerzas estatales estadounidenses durante la guerra civil, después de lo cual pasa a formar parte del estado de Florida.

 

Pasear por las calles de San Agustín, ubicada sobre una península rodeada de un par de islas arenosas conectadas por puentes, es como caminar por un pueblo castellano traspuesto en un ambiente de luz mediterránea y vegetación casi tropical. El Colonial quarter, un conjunto breve y apretado de calles con casitas bajas, muchas de ellas arracimadas en torno a patios interiores, dan pie y estómago y espíritu a numerosos restaurantes y bares que no acostumbran a cerrar pronto por la noche.

Desde magníficos pubs irlandeses a la cocina de estilo español (el Columbia, que trae el pan diariamente de su obrador en Tampa) o latino (Casa Maya). Por supuesto, hay que probar la carne de caimán, incluso si a menudo viene en forma de salchicha o en forma de buñuelo rebozado, como lo ofrecen en el restaurante Santa María, con vistas estupendas en el puerto frente a una reproducción de un barco pirata, quizás una carabela remozada a lo Francis Drake.

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En el centro de la ciudad, la animación es constante, y el turismo presente pero no agobiante, y todo el universo estadounidense se confunde por instantes en la relajación de los días soleados y húmedos de relajación espiritual. El paseo del puerto nos deja caminar amablemente hacia los restos del castillo de San Marcos, desde el que se ve la bahía y su actividad a tiro de cañón, y al fondo se vislumbran los barrios de hotelitos y la arena incipiente de las playas de Vilano Beach a un lado, y del parque estatal Anastasia al otro. Este último merece una visita al atardecer para disfrutar de su infinita extensión arenosa y su inmensa vista al océano Atlántico, desde esa otra orilla, apuntando en el horizonte a las costas europeas.

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La plaza de la catedral, de frente al puente de los leones que, con su estructura de piedras y sus leones esculpidos, nos ofrece una entrada al centro tan europea, se ve presidida por la escultura de Ponce de León, y bordeada por la catedral y otros edificios históricos. Pequeña y recatada, San Agustín se pasea con gusto y agrado, y con la extrañeza y familiaridad que dan sus elementos mezclados del tiempo y las culturas que lo han habitado. no en vano algunos edificios muestran hasta cinco banderas diferentes, pertenecientes a etapas distintas de la historia de la ciudad.

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Hay que destacar también el edificio del actual Flagler College, antiguo palacio del millonario Henry Flagler, que se inspiró tras asistir a una conmemoración de Ponce de León en el siglo XIX. Merece la pena ver su magnífica cúpula y artesonado interiores.

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Lugar de reflexión personal, reencuentro histórico y recreo del alma, San Agustín es un lugar para perderse al menos durante un día en La Florida, quizás más conocida  por el frenetismo urbano de Miami, los parques temáticos de Orlando, y las llanuras aeronaútoicas que usan los nuevos exploradores del cosmos en Cabo Cañaveral.

Aunque hay algunos vuelos que llegan directamente a la ciudad, lo habitual es hacerlo a través de Jacksonville (o por qué no, desde Daytona Beach desde el sur). De camino puede visitarse el Museo de la fama de golf. Jacksonville es una ciudad moderna pero cuyo paseo a orillas del inmenso río St John en días festivos depara un paseo estupendo que tiene origen en el centro de la ciudad, con una zona de restaurantes con vistas y tenderetes variados a modo de mercadillo de artistas y asociaciones independientes, y que termina a unos kilómetros más abajo, en el mercado de fruta, verdura y artesanía de los sábados. por supuesto, las playas de la ciudad permanecen abiertas para aquel que quiera zambullirse en aguas de tiburones.

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A solo 30 minutos hacia la costa, y recordando hacer una parada en el restaurante mirador Sandollar a la vuelta, los parques estatales de Big and Little Talbot Island nos deparan accesibles y muy fotogénicos senderos donde uno puede evocar e imaginar fácilmente esa vegetación intrincada y selvática, de carácter tropical, y esas playas largas y arenosas, cercadas por dunas y el propio mar, que avistó por vez primera Ponce de León para sentirse un poco explorador en el término aventurero de la palabra y plantearse las dificultades, la desorientación y la extrañeza de aquellos descubridores cuando llegaron allí, tan lejanos a muchos de nuestros viajes en la actualidad.

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[Este artículo fue publicado originalmente en El Guisante Verde Project – Viajar con los cinco sentidos, en mayo de 2013]

El sabbath y la celebración de la palabra y el Libro

Hace unas semanas tuve la oprtunidad de asistir a un sabbath en su aspecto de celebración en comunidad, algo que en Europa, por la necesidad casi absoluta de pertenecer a la comunidad hebrea para poder asistir a los rituales, me impidió durante mucho tiempo disfrutar de uno de los encuentros espirituales de una de las comunidades religiosas más antiguas.

Así como el latín, idioma oficial del cristianismo católico, fue ya abandonado hace un tiempo para el ritual de la misa, el hebreo se mantiene como seña de identidad al enfrentarse a la lectura de la Torah en la festividad semanal del descanso judío. Nunca había escuchado tanto tiempo, y por supuesto en vivo y en directo, hebreo leído y cantado. El hebreo resulta profundamente musical, enigmático además para un lectoescritor de lengua romance y caracteres latinos. Pude seguir todo el oficio gracias a un libro litúrgico bilingüe inglés-hebreo, lo cual me ayudó enormemente a comprender cada una de las secciones dedicadas a la alabanza divina, a la oración por los seres queridos, etcétera. Pero sin duda alguna, la parte central del encuentro lo ofrece la lectura del libro sagrado, la Torah. No sé si fue el destino o la casualidad, que ambos se confabulan muchas veces, pero aquel día se comenzó el Antiguo Testamento, con la lectura de los capítulos iniciales del Génesis, la Creación del mundo y los seres humanos. La lectura se realiza además por secciones, alabadas después con un salmo. Cada sección la lee un feligrés distinto, que se releva entre el público asistente. Así, la lectura en comunidad del libro sagrado se convierte en ritual de difusión y reflexión sobre la palabra divina, en continua dramatización. Palabra que pasa por labios de distintos feligreses, que emana y se transmite literalmente por la comunidad. Creo que nunca he visto un ritual religioso tan filológico, por su amor a la palabra y al encuentro en la lectura -qué importante es aprender a leer-, y uno recuerda el trabajo interminable de los sucesivos rabínos anotadores de la palabra de Dios, y también de esa concepción del libro como mundo circular de posibles palabras combinadas que Borges sincretizó en sus relatos. Primero, durante la celebración, la lectura, la letra cantada y algunas palabras de reflexión ofrecidas por el rabino correspondiente, circularon continuamente en torno a ese Libro que físicamente es extraído entre varias personas, paseado ante ellas y desnudado ante la mirada respetuosa de los fieles, y leído (a veces con dificultades, no todos son hablantes nativos de hebreo, pero el rabino ayuda con escuetas correcciones) e interpretado, actuado, por ellos ante el altar: uno tras otro, acceden al rollo -nada menos que uno de los soportes más antiguos para la transmisión escrita- iniciando cada lector, con un gesto hecho conuna péñola para marcar invisiblemente el recorrido de los caracteres, el capítulo correspondiente, y salen de él con un respetuoso beso al cordón umbilical que pende del rollo sagrado y el samo sancionador. Como filólogo, ya que no como judío, no pude menos que emocionarme ante esa reverencia ritual hacia el objeto mismo que contiene la palabra de Dios, de una manera más intensa y activa que la del cristianismo católico hacia la Biblia en sus misas dominicales. La ceremonia, finalmente, se rubrica fuera de la sinagoga, compartiendo un poco de pan y vino, que los fieles deben tomar a un tiempo, desgajando el pan dulce como si los judíos dispersos por el mundo tomasen el pedacito de la tierra donde habitan en el planeta, y el pan fuera la comunidad de todos esos territorios y almas dispersas. En cualquier caso debo decir que como toda ceremonia donde la palabra, las viejas palabras, son las protagonistas, y la participación en ellas es parte fundamental del ritual, resultó una experiencia inigualable por la oportunidad inmensa que una amiga generosa decidió dar al invitar a sus amigos a compartir un día en su comunidad religiosa, con la única ilusión de mostrar una segunda casa, la espiritual, a quienes hasta entonces sólo conocían en otros ámbitos más cotidianos y externos. Ella, a su vez, guarda desde ese día un damasquinado toledano con la estrella de David, símbolo de la convivencia religiosa medieval hispana entre las tres culturas provenientes de las tres corrientes principales religiosas que surgieron inicialmente de la religión hebrea.

Shalom.

Noche de brujas en familia

calabazas halloween

Lo que nunca hubiese sospechado en los Estados Unidos es que la fiesta de Halloween fuese algo casi casi tan familiar que la fiesta pública se redujese a algunas personas con disfraces por la calle o en coche en busca de la casa de un amigo, o a la salida del trabajo, que de todo hay. Pero muy poco más. y es que las brujas es sabido que no salen nunca de día, y menos si es de labor. Si bien en una ciudad pequeña como Davis es el fin de semana anterior en el que los adolescentes y universitarios se disfrazan para asistir a numerosas fiestas temáticas, el día en cuestión el centro permanece apenas salpicado de algunos niños de lindos disfraces -ni bruja se ve- acompañados de sus padres para tomar un helado o algo así. No, la fiesta es muy popular pero no en las calles principales. En un lugar como Davis la fiesta pasa un tanto inadvertida porque se reduce a la familia, por supuesto, y al barrio donde se vive, cuando comienza la auténtica magia de la noche de las brujas, tras la puesta de sol. entonces, si curioso uno se acerca al alguno de los barrios verá las tumbas alumbradas por velas en lo que un par de días antes era un jardín normal; y calabazas de todos los tamaños, artesanas y comerciales por igual, que comienzan a encenderse y a parpadear morbosamente mientras el visitante se desplaza como una sombra entre la negrura de calles escasamente iluminadas. Entonces sí aparecen niños, aquí y allá, con los disfraces del lado oscuro, algunos terroríficos, y con la cercanía de sus padres llaman a las puertas de algunos vecinos que los esperan para responder a su “trick or treat” con unos dulces y chocolates (con crema de cacahuete los más, por supuesto). El paseo depara algunas sorpresas por calles: algunas permanecen mudas y oscuras, denotando que no hay niños allí, y otras bullen con un movimiento que en ningún caso supera el nivel de decibelios permitido por la ley. Pero ahí están, esos grupitos de niños, pintados y vestidos, esperando encontrar alguien que le dé dulces que atesorar y disfrutar esa noche, más tarde, en el calor y seguridad del hogar. Mientras, recorren una geografía luminosa de calabazas, algunas gigantes e hinchables, fantasmas y telas de araña enormes que adornan las entradas, y también brujas estáticas ante algunas puertas. En fin, una noche entrañable y tranquila, bajo el cielo estrellado. Para los niños, por supuesto, toda una novedad y un reto salir más tarde de las siete al mundo exterior.

Reno, o el corazón de una ciudad

La vida como viaje. Pasa el espacio, el tiempo. Pasan los paisajes, las personas. Es un pasar que duele en algún momento, cuando después de un instante en un lugar, debes pasar al siguiente. Y así es la vida. Y es necesario. Y es inevitable.

Mi corazón se rompe cada vez que, después de una temporada viviendo en un lugar, hay que partir. Y no necesariamente por el paisaje, que a veces. No al menos en el caso de Reno, cuyo paisaje urbano admiro y detesto profundamente. Son las personas. Las personas a las que de manera inevitable debes renunciar cuando te marchas. Y no es que no sigas en contacto, mensajes, fotos de vez en cuando. Un encuentro al cabo de uno o dos años, o más. De ese encuentro inicial, en el que se compartieron espacio y tiempo, después ya sólo queda el desencuentro, coronado por fortuna en ocasiones con esporádicas coincidencias, exaltadas y como increíbles, llenas de estupor y escaso tiempo, luego sueño y sombra. Además, la memoria de los lugares vividos, se parece a las novelas, a esas novelas leídas con intensa fruición, de las que luego queda el recuerdo y la experiencia de haberlas vivido, y al mismo tiempo quedan lejanas como un sueño, como un sueño imposible. Así quedan los lugares y a menudo las personas con las que uno convivió en un tiempo y un lugar. A veces quedan en el recuerdo como un sueño imposible, como una extraña certeza de la memoria y una incertidumbre de la existencia. Y con ellos queda también lo que se soñó con ellos, lo que nunca se dio pero se fantaseó, se imaginó, antes, después, durante la estancia. Lo que se esperaba y nunca llegó, lo que nunca se esperaba y llegó. Todo se mezcla en la memoria, y de todo un poco, sin poder evitarlo, también la memoria olvida, y va despidiendo algunos recuerdos, sólo recuperables tras un regreso, tras una repetición del paisaje, de una vivencia, de un ritual viajero. Decía Rainer María Rilke que la vida es un continuo ir despidiéndose, y a pesar de la esperanza de los reencuentros, hay instantes como éste en los que la frase se vuelve dolorosamente real, dolorosamente real, dolorosamente real. Y uno se da cuenta de que la eternidad no existe, no al menos ahora. A Reno, ciudad descorazonada de corazones de baraja, la despido con cierto alivio, deseándole buena suerte en su apuesta por una vida invisible, taciturna, enigmática, extraña; pero no despido sin resistencia, sin resistirme, sin resistirlo, a tantas de las personas –los hermosos, grandes y pequeños, humanos corazones- que allí quedan, muchas de ellas de paso en este jugar y apostar que es la vida. Y ese auténtico corazón de Reno, Nevada, empapado en sangre con un trozo del mío –que pedazo a pedazo, deja un rastro por el mundo- queda con ellos y quiero que lo sepan, con lágrimas bien húmedas mías en los ojos que apenas me permiten apreciar esta noche el límpido y magnífico cielo estrellado de mi amado desierto, desierto donde sobreviven algunas indómitas flores, quién sabe si por gracia de ciertas lágrimas, ese desierto misterioso y lleno de historias, llamado desierto de Nevada.