Hungría y su fantasma

Últimamente escribo mucho sobre Hungría. En realidad, publico mucho sobre Hungría. Tres años allá no pasan en balde. Los textos publicados hasta ahora, de hecho, fueron redactados durante mi estancia en ese corazón de Europa, que late tan fuerte en su paisaje, su geografía humana y urbana. No existían los blogs, pero quise publicarlos en la red, y así lo hice con unos pocos. Luego tuve miedo y lo dejé. En cualquier caso ahora regresan como fantasmas plenos de memoria. Hungría, desde entonces, siempre ha sido un fantasma en la memoria, una realidad a la que cirtualmente regreso a través de la relectura de estos textos, y también cuando escucho algún disco de folklore o cierta ópera rock. Por ello pienso que es probable que siga ampliando la serie A orillas del Tisza, ahora en la escritura desde una distancia geográfica y temporal mucho mayor, sin duda, pero no creo que menos intensa. No sé por qué hace falta una justificación, pero a veces el deseo de hacerla es suficiente. Es simplemente que amar, a veces, no tiene explicación, e invento un artículo absurdo como este para llamar puramente la atención, como un enamorado torpe y deseoso de que todo el mundo se fije en lo que el amor produce sobre él. Qué tontería, ¿verdad?

Espectador de la vida

A veces es difícil aceptar la vida como viene, especialmente en aquellas cosas que nos hacen daño y que sabemos frágiles en nuestras almas, que son como un cristal que repentinamente se rompe en mil fragmentos diminutos y nos traspasa las fibras del corazón. Luego es más difícil aun sacar los cristalitos, corazón de espinas, y a cada movimiento nuestro, por leve que parezca, nos duele tanto, somos tejido carnoso, músculo espiritual rasgado. Y que a otros no les duela lo mismo, no con lo mismo, y entonces entendemos la debilidad propia y no la ajena, sólo vemos lo que nos afecta, impasibles los demás. Es difícil ser observador de la vida, ser su espectador, porque exige una distancia que no logramos, ante tanta calamidad, miedo, amenazas, inseguridades. Nosotros, tan televisivos, tan inmunes ya ante la virtualidad de las desgracias ajenas, lejanas y en escenarios familiarmente extraños. Quizás por ser conscientes de ello, se nos antoja en muchos casos que observar la vida, dejarla pasar ante los ojos, sin al menos sentir un mínimo de compasión por ella, es un acto cínico, hipócrita, o cuanto menos, frívolo. No sé si hay compasión sin dolor, pero si el dolor sentido como propio supera la compasión que uno sufre por lo otro, por lo que genera el daño, entonces nos compadecemos más de nosotros mismos que de cualquier otra cosa, y elivíctimismo pasa del otro al yo; entonces, quien necesita rescate soy yo. Cierto. Es difícil ser un buen espectador de la vida, aquel que siente lo que pasa ante sus ojos, pero no consiente que lo invada un victimismo derivado de una empatía a ultranza. Con ello ni ayudamos ni comprendemos mejor al otro, acaso multiplicamos el problema del prójimo en problema propio, no para comprenderlo y ayudar, sino para poder pedir ayuda, asimismo, a cualquier otro que esté observando y se digne a rescatarnos. Por más que nos duela, la vida tiene mucho de espectáculo, y a veces saber mirarlo es todo un acto de difícil comprensión de nuestra (in)humanidad.

Año nuevo, blog nuevo, vida nueva

He pasado la última semana del año migrando -pues las páginas web son como las aves- la mayoría de mis proyectos digitales a un servidor distinto y adecuándolos a distintos servicios de blog y wikis, mucho más flexibles que lo que utilizaba hasta ahora. En fin, que a nuevo año, estreno de nueva web. Esto me ha hecho pensar en flexibilizar un poquito el presente blog, y tratar más a menudo pequeños detalles materia de un blog personal. Como dijo aquel sabio: “Las pequeñas cosas hacen de la vida algo grande.” O como dijo aquel otro escritor: “De pequeñas historias nacen los grandes pensamientos y las grandes novelas”. Y a pesar de que la novela dice estar moribunda desde hace un siglo, creo que las pequeñas historias (¿debería apuntarme también ya al nanoblogeo?)aún tienen un futuro asegurado, entre otras cosas porque la literatura no deja de ser al fin y al cabo una forma de cotilleo (estetizado, se aplique el género que se aplique), y la creciente individualidad a la que nos sometemos cada vez más, por un lado celosos de una intimidad que luego exhibimos afanosos en Youtube, por otro lado enfermos desde esa individualidad por pertenecer a la redes sociales de cualquier tipo, nos abre una ventana más al cotilleo 2.0. y al deseo de recibir historias de todo tipo, pero que sean en la red, por la red, y enredados en la red, disfrutar de nuestro voyeurismo digital a través del personaje virtual que somos gracias a nuestro otro yo, el nick o apodo que acabamos siendo. Y que sirva de higiene mental y de ejercicio del ser imaginario que construimos día a día. Así que allá vamos, feliz y bloguero 2008 a todos.