El mapa del tiempo, del cielo, y del caos

Al cerrar el libro me pregunto en qué mundo vivo. Emocionado por la fuerza de la ficción que a menudo creamos al relatar acontecimientos del pasado, nunca hubiera imaginado que sería posible concitar en el palacio de mi imaginación tantos amigos y conocidos, redivivos, entramados en una red de aventuras, paralelas a veces, convergentes otras, llenas de emoción, inteligencia, estilo, y sentimiento humano. Con el excelente estilo de aquellas novelas seriadas, científicas, policíacas, aventureras, que aún se publicaban en Europa cuando yo aún escribía los casos de Holmes, y tras tantos años sin ver regresar a tantos compañeros de fatigas al final de un siglo prodigioso, ni siquiera como fantasmas en mi habitación ya casi vacía, sin rescatarlos en la memoria, recibo con gozo y regocijo la lectura de estos tres volúmenes que toda la sociedad londinense da en llamar hoy, con poco fingida pasión, la trilogía victoriana, publicada bajo seudónimo inicialmente en las Españas por un supuesto escritor gaditano muy poco conocido hasta entonces en nuestra querida Albión.

Reunir sabiamente la historia no contada ni hasta ahora desvelada de Jack el Destripador en las calles prostituidas del East End londinense, al hilo de una historia de amor que quiere atravesar el tiempo y el espacio, en aquellas semanas en las que Gilliam Murray organizó aquellos viajes al siglo XXI tras la estela exitosa de La máquina del tiempo del amigo H. G. Wells para descubrir la lucha entre humanos y robots, con el capitán Shakelton al mando –desmayo de señoritas urbanistas con sombrilla–, no es tarea fácil, ni tampoco narrar con sencillez, riqueza y pericia el hilo en el que una aparente ficción, un amor imposible, puede llegar a realizarse efectivamente si la literatura hace de mediadora. Volver a narrar y vivir La guerra de los mundos cuando ésta llega a suceder en alguno de esos mundos, y rescatar con una nueva luz la crónica que Edgar Allan Poe y luego Julio Verne recogieron sobre Arthur Gordon Pym, para iluminar el origen extraterrestre de la invasión que acaecería mucho tiempo después, no solamente muestra un experto conocimiento del palacio decimonónico del misterio y la aventura, con su viaje antártico e iniciático por medio, sino que además se prepara perfectamente el sutil y fino hilo conductor que nos traerá, más tarde, en el último volumen, a mí mismo, como si fuera mi querido y odiado Holmes, y acompañado del amigo Wells y su valiente esposa Jane, en uno de los casos más alucinantes en los que me he visto envuelto, buscando en ese mundo inmaterial de espíritus y fantasmas que nos rodean, de espejismos, de sutiles paralelos, y de errores humanos, la vía invisible que es capaz de unir el amor más allá del tiempo y el espacio, de conectar todos nuestros yoes (y de paso intentar salvar el Universo). Una respuesta que solo Lewis Carroll, matemático y escritor, el gran amigo de Alicia, pudo haber ayudado a desentrañar. Hay un mapa para todo, y la trilogía victoriana lo es de la imaginación humana protagonizada por aquellos grandes descubridores decimonónicos que llenaron el mundo de inventos, misterios, casos y aventuras más allá de los límites conocidos por el hombre de su tiempo, un hombre con la mirada en el cielo que, sin quererlo ni tampoco dudarlo, se arrojaba al caos que vendría en el siglo XX.

Se comprenderá por qué, después de cerrar el libro, aún maravillado, me siga preguntando en qué mundo vivo. ¿Y usted, de qué novela procede y de qué personaje se hizo amigo o se enamoró?

A. C. Doyle

Nota manuscrita encontrada junto a uno de sus últimos relatos publicados, y hasta hace poco olvidados, sobre Holmes.

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Los que duermen

Anochece cuando cierro el libro. Terminado. O eso pensaba yo. “Los que duermen”. El título ya invita desde el principio a soñar, aunque a esas horas lo que yo tenía era sueño de un día agotador. Juan Gómez Bárcena, su autor, un nombre de ecos lejanos como el de los exploradores de antaño, rondándome ahora la cabeza, casi un desconocido. ¿Nada? Pero, entonces, reflexioné, ¿cómo me había llegado su libro, cómo lo había adquirido, y cuándo? Creo que la lectura me ha dejado algo confuso, de hecho miro unos segundos (¿minutos, horas?) por el ventanuco para asegurarme de que el mundo sigue ahí fuera, sin moverse, y salvo el suave mecerse que siento y que me incita de nuevo a dormir, y a soñar, nada ha cambiado en las últimas horas. O el paisaje se mueve imperceptiblemente, inexorablemente. Desde luego, he pasado una temporada extenuante que ya se extiende a varios años, un periplo vital que a veces me hace pensar en las lejanas aventuras de Odiseo, aunque yo no me siento más astuto que el héroe griego, aunque sí un superviviente nato digno de una mitología propia, por qué no, como el propio Ulises, ante los desafíos ineludibles del destino. Llevo ya casi una vida intentando huir de esos designios, he cambiado numerosas veces de personalidad y nombre, hasta creí dar esquinazo a mi fatum en varias ocasiones, pero siempre alguien da con mi talón de Aquiles, mi punto débil, y ahí se acaba todo y empieza todo de nuevo. Qué decir, si a veces pienso confuso entre lo que he vivido y lo que he sentido y lo que he imaginado, pero recuerdo ahora repentinamente, como en un fogonazo preciso del tiempo, el campo de concentración, y aquel día en que lo visitaron los observadores internacionales de la Cruz Roja, quizás aquel fue el mejor y peor día que viví allí, el único donde tuvimos un respiro ante la muerte y los designios del tiempo, el único día que nos hizo sopesar también, en el cautiverio, la profundidad de nuestra deshumanización, y la indignidad, la libertad perdida de nuestro cuerpo y nuestras almas, si algo quedaba de ellas. Pero sobreviví, a retazos salí de allí cuando todo acabó, crucé la ciénaga de los fantasmas de la muerte pasada y futura, cambié de nombre y aspecto, trabajé como herrero primero y mercader después, prosperé, conocí después a una mujer hermosa e inteligente, una verdadera princesa, que se enamoró tanto de mí como yo de ella, nos entregamos mutuamente los corazones (y sus cuerpos hilvanados), pero la edad nos distanciaba tanto que yo imaginé morir antes de tiempo, como ella de dolor por mi ausencia, y ahora, al final de este viaje que hago, mientras miro por el ojo de buey de un buque sin nombre que transporta toneladas de un metal preciosísimo y parece perdido en el vasto mar, espero hallar al otro lado, en el puerto, a mí mismo renacido cuarenta años antes y a ella esperándome con la cara de niña viajera que tenía al conocerla. Y la reconoceré a pesar del tiempo. En fin, reflexiono ahora, mientras veo que el mar se encabrita y nuestra nave pesada parece querer quebrase entre las olas, que ya no sé si el tiempo es relativo, o la vida un simulacro, un cumulo de falsas identidades y equivocaciones en nuestras relaciones humanas y anhelos, donde encallamos con ansia de naufragar en la Historia, y recuerdo cómo a veces pienso que querría ser una momia embalsamada encarcelada en un museo, o un simple hombre criogenizado que pudiera despertar en el futuro a sabiendas de no entender nada del propio pasado ni de de mi propia raza. He leído a Homero, a Cabeza de Vaca, a Kafka, a Lovecraft, a Primo Levi, a Borges y a Phillip K. Dick, a Asimov, pero ni en ellos ni en los otros 2374 libros que he leído hasta la fecha, hay un libro de instrucciones para la vida. O la muerte, O la memoria, sobre todo la memoria. No sé lo que es ser feliz, ni lo que significa ser hombre. O máquina humana pensante que espera a su creador en un desierto de hombres y almas ya tiempo desvanecidas. Ya no. “Los que duermen”, un título para un sueño, la pesadilla humana. Un vendaval repentino revuelve las páginas y las negras letras parecen querer volar, pero solo se mezclan y confunden nerviosas mientras el volumen revolotea inclemente y da un salto ingrávido. Al vacío. Y se precipita hacia el mar océano. Caution, system error. La nave se agita espléndidamente, bateada su máquina inteligente por las olas marinas, y con sopor me someto a las procelosas aguas del destino, presente, pasado o futuro, porque ni siquiera sé qué significa ahora, entonces, mañana.

Portada del libro de relatos "Los que duermen" de Juan Gómez Bárcena. Un ejemplar debe habitar ahora en las profundidades del mar océano, hasta que lo descubran, quizás en el futuro, los robots marinos que lo habitarán.

Portada del libro de relatos “Los que duermen” de Juan Gómez Bárcena. Un ejemplar debe habitar ahora en las profundidades del mar océano, hasta que lo descubran, quizás en el futuro, los robots marinos que lo habitarán.

Me llaman Alvi

Pero mi nombre es Álvaro. Un nombre que quiso ponerme mi tía, a saber por qué, si en 1975 casi nadie lo usaba. Eso sí, supongo que con el don por delante, la esdrújula impacta a cualquiera y suena realmente señorial. Y quién no querría tener un don en la familia, lo bien que sonaría, digo yo. En fin, de los Álvaro de rancio abolengo que puedo recordar por mi escasa cultura está, por ejemplo, don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla y Gran Maestre de la Orden de Santiago, un hombre controvertido en la historia política de la España medieval, valido del rey Juan II y caído en desgracia ante la presión de otras familias nobles poderosas que buscaban el favor real: el resultado fue una decapitación en Valladolid tras un juicio sumarísimo. Quizás por lo sonado del caso (“O Fortuna!“) lo recuerda Manrique en sus Coplas (“¡avive el seso e despierte!”) al reflexionar cómo la muerte nos iguala y nos deja en tabula rasa, sin nada:

Pues aquel gran Condestable,

maestre que conocimos

tan privado,
no cumple que de él se habla,
mas sólo cómo lo vimos
degollado.
   Sus infinitos tesoros,
sus villas y sus lugares,
su mandar,
¿qué le fueron sino lloros?
¿Qué fueron sino pesares
al dejar?

Ubi sunt? Un don menos, de don a don nadie, la historia de don Álvaro de Luna vista por la metafísica existencial y resignada, de estilo cristiano, de Manrique.  Por cierto que a don Álvaro de Luna, investigando más tarde en la novela romántica española, me lo vuelvo a encontrar ficcionalizado en Los bandos de Castilla (1830), de Ramón López Soler, cuando aquél, que “ardía presa de inexplicables tormentos, nacidos de las desgracias que amenazaban su privanza y su persona” se entrevista con el gitanillo apodado Merlín (y cuyo nombre verdadero solo conocen los de su raza), y se le echa la malaventura que le ha de llegar. Sin duda, hay otros álvaros aguerridos y mejor suerte, como el inolvidable Álvar Fáñez, inseparable y fiel brazo, consejero, lanza y espada derecha del Cid, que sin denuedo lucha a su lado con la generosidad de un amigo: “¡Ya Albar Fañez bivades muchos dias!”. O santificados, como el zamorano Álvaro de Córdoba, que fundó un convento en la ciudad que le da el apellido, llegó a beato, incluso, y pone fecha al santoral con su nombre el 19 de febrero.

Don Álvaro de Luna como Maestre de la Orden de Santiago, antes de perder la cabeza en la política.

Estrictamente en la ficción solo me vienen a la mente unos pocos: el primero, de refilón, “se llamaba don Álvaro Tarfe, y que decendía del antiguo linaje de los moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes y valerosos por sus personas, como se lee en las historias de los reyes de aquel reino, de los Abencerrajes, Zegríes, Gomeles y Mazas, que fueron cristianos después que el católico rey Fernando ganó la insigne ciudad de Granada” y tiene el honor de pertenecer al universo quijotesco tanto en su versión cervantina como originalmente en la versión de Avellaneda, pues lo convoca a posteriori Cervantes para poder confrontar con él como testigo la autenticidad de sus personajes frente a los que considera vil y torpe copia de los suyos en la versión apócrifa avellanesca. El segundo es Don Álvaro, un indiano retornado y muy desgraciado en amores -que protagoniza el suicidio más notable de la literatura española con un malditismo satánico muy digno del romanticismo europeo de la época, pero escandaloso para la España del momento- en La fuerza del sino (1835), redactada por el Duque de Rivas a principios del siglo XIX, y resucitado -pues sobrevive a su suicidio- unas décadas más tarde por la ópera por Giuseppe Verdi en La forza del destino (1862). El tercero es don Álvaro Mejía (ni el Mexía explorador del siglo XVII ni los Mejías deportistas de nuestro siglo), con un papel angular en La Regenta (1884-1885), un amante liberal, en el sentido político del término, asesino donjuanesco, y rival del no más santo Magistral, en disputa por la bella y torturada de erotismo Ana Ozores, ansiosos de alcanzar el galardón y domino sobre su cuerpo y alma, reflejo de una nación en disputa entre conservadores y liberales. En fin, ha habido Álvaros y dones para casi todo, mejores y peores, pero la etimología del nombre, sin titulación nobiliaria ninguna, da para más, para mucho más.

Hay distintas teorías sobre el origen, siempre misterioso, de este nombre, pero sin duda la mayoría apunta al origen germánico. Podría estar conectado con el personaje mitológico germano-escandinavo Alb, en sus variantes Alp y Alf, de donde procede Alberic, un rey elfo. Elf-wher significa guerrero elfo y Alla-waria, guerrero de todas las cosas. La forma Alvar está extendida en el mundo escandinavo y en la Europa eslava. Pero aún hay más, la raíz magyar para el nombre sería Alvö, el que duerme (una variante antigua, entiendo,  del verbo aludni o del nombre alvás, sueño, o álmos, dormido). Por cierto, Alb, por la parte latina, significa blanco, de donde procede albino.

Un elfo, según Edmund Evans en la Inglaterra victoriana.

¿Todo esto en un nombre? ¿Debo optar por la crisis de identidad o por la multipersonalidad heterónima? Además me pregunto: ¿Y por qué tú, precisamente tú, te fijaste en mi nombre? ¿Radica ahí todo el poder secreto del nombrar, de encantarse, enamorarse por un sonido? Escúchame, amor: Me temo que ni por santo o condestable, ni por épico caballero ni donjuan liberal, ni indiano perdidamente enamorado, ni aun por las canas que aún no tengo (aunque quién sabe, un poco de todo haya, por qué no, de santo y estratega, de donjuan y de indiano, de perdido en el amor). Pero si vamos al origen, a las raíces del nombre, no a sus sombras sucesivas de versiones históricas, nada importa sino saber que viste la raíz de mi nombre en alguna de las sagas nórdicas cuyas historias leías cuando aún llevabas trenzas, y a la memoria de ellas y tu fascinación por lo escandinavo te fijaste en mí por el otro sonido mágico, enigmático, oculto entre le follaje de los bosques, de mi nombre tras los siglos. Sí, lo confieso, aquí y ahora. Generaciones enteras de  elfos, semidioses de los bosques, han pasado como invisibles hasta llegar a mí, pues yo no soy más que el resultado, el fruto…. del viaje milenario de mi carne trepando por los siglos y los huesos, para que yo me llame Álvaro. Pero tú bien sabes, amor, que la relación entre elfos y humanos es bien conocida y transitada, y no viene aquí al caso. Ahora confiesa tú, es tu turno: si no provienes por cierto del mundo de las hadas, cuando a veces lo muestra la mirada de tus ojos, o quizás de la estripe de los duendes, que siempre sorprenden y se transforman en cada uno de sus actos. Por cierto, llámame Alvi, aunque me llame Álvaro.

Solo un nombre

alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra.

(Alejandra Pizarnik)*

* Gracias a Carlos Villacorta, que antes de haber leído este post, aportó en su taller poético el epígrafe con el que termino.

Círculo primero del infierno de la modernidad. Pecado capital: la impuntualidad

Tenía tantas ganas. Tenía tanta ilusión. No sé todavía ni cómo fue que pasó. Salí por la mañana, como otras, a terminar unos asuntillos que habían quedado de la semana anterior, e incluso, todo hay que reconocerlo, del año anterior, y también de hacía algunos años atrás, pero últimamente el sentido de la emoción –desde que escuché la noticia– me había embargado tanto que me había propuesto ponerme al día con todo, por más que estuviera atrasado. Ese era mi reto, y estaba seguro de lograrlo. Y, aunque no había sido fácil, estaba a punto de conseguirlo. Las calles estaban atestadas de gente, aunque muchos deambulaban como sin un propósito definido, y no entiendo muy bien por qué, con cierta sombra en los rostros. Lo cierto es que la mayoría estaba pendiente, a su manera, del gran acontecimiento, como lo estaba yo, que mira si yo tenía unas ganas y una ilusión por no perdérmelo que sorprendía a muchos. No termino de comprender por qué algunos me llamaban últimamente loco y otros temerario, pero la verdad es que poco importa ya, ahora que todos se han ido. Pero por la mañana estábamos todos, bueno, casi todos, excepto quienes habían decidido no esperar al suceso y habían desaparecido días antes de la ciudad. Esa gente no me cae bien. No tienen buen perder. ¡Hay que tomarse las cosas con un poquito de ilusión, hombre! Que no es para tanto, pruebas más difíciles nos pondrá la vida, ay señor, líbranos de malas vibras. El caso es que yo, como unas pascuas, decidí que tras terminar los asuntillos –¡todos! ¡TO-DOS! ¡Por una vez lo tenía todo a punto en mi desorganizada y caótica vida!– aún me quedaba tiempo para festejarlo un poco, alegremente, con una meditada siesta, uno de los pocos placeres sinceros que puede darse un hombre con la conciencia tranquila y el trabajo bien hecho. Escogí además uno de los parques más tranquilos y agradables del barrio, tumbadito entre el olor a hierba fresca y bajo la sombra espectacular de un haya frondosa: siempre me asombra de que es sin duda frondosa donde las haya. Ay, aquel árbol del pecado. Suerte que me llevé lápiz y papel, donde aún ha queda algo de espacio entre los tachones de los asuntillos cumplidos, mira que después de tanto esfuerzo y ganas y tanta ilusión… Cuando me desperté no quedaba nadie. NADIE. Absolutamente nadie. Miré la hora pero el reloj se me había quedado bien pero que bien parado, y todavía no entiendo del todo por qué, lo había puesto en hora esa mañana. De todos modos, espero que jamás me vuelva a ocurrir, he decidido no usar de nuevo el reloj. Para qué. Si total, es que se me han quitado las ganas de todo, y eso con la ilusión que yo tenía, que me moría por asistir al evento más grande jamás visto o contado. Así que ahora estoy solo, escribiendo. Y sin poder contarlo. Porque no lo he visto. Qué rabia. Y tampoco he visto a nadie que me cuente cómo pasó. Más rabia todavía. Reviento de la rabia. Y seguro que fue por un minuto nada más. Me siento mal, muy mal. Espero que al menos no se me rompa la mina del lápiz, aunque ya no tengo espacio y tendré que escribirme encima. O mejor: tendré que inventarme a alguien, no es bueno que el hombre esté solo. Porque creo que he sido el único –¡ojalá no!– en perderme el gran acontecimiento: se me pasó, y por mucho que no lo entienda lo cierto es que no he llegado a tiempo para el fin del mundo. Y yo que tenía tantas ganas, y tantísima ilusión.

MetAMORfosis

“Imago Mundi. Agencias. Un vagabundo en el museo: Un hombre de edad incierta, vagabundo errante del Museo de Bellas Artes. Se desconoce las razones por las que vive en el Museo, pero desde hacía un tiempo se había convertido asiduo de una de las salas de retratos antiguos de la colección permanente. Un turista le había oído interrogarle, en algún momento antes de su traslado definitivo al Museo, si no se había fijado en la belleza a temporal de las mujeres retratadas, que para él eran todas la misma mujer. No se le conoce familia alguna, aunque parece ser que este hombre tuvo algún reciente desengaño amoroso, según se comenta en los alrededores. Como el Museo queda abierto las 24 horas del día al público, y se dedica a observaratentamente los cuadros, y se cree que duerma de pie, no hay razón por la cual las autoridades puedan desalojarlo. Para los empleados, se ha convertido en el fantasma del Museo, pero a nadie parace inquietarle dada la sonrisa beatífica que el peculiar vagabundo muestra en su rostro continuamente, como si permaneciera en un continuo estado de éxtasis contemplativo. Nada indica que varíe su estado por mucho tiempo.”

Sigo pensando en ti, quién lo dijera, desde una eternidad. Te amo, bajo todos tus nombres, desde todos tus rostros, que para mí son uno y el mismo en un continuo devenir. Te conozco y reconozco, te visto y te desvisto, siempre hermosa, siempre tú, fantasma infatigable en mi memoria.

Me enamoré de ti y pensé que nunca podría conocerte, bueno, conocerte sí, porque tu rostro en el lienzo me miraba siempre que iba a buscarte. Pero yo no podía soportar que esa imagen tuya tuviese veinte siglos más que mi mirada allí presente, frente a ti. No es posible, me decía, si ahora te miro y tú me miras, estamos juntos, cómo es que dice el letrero mentiroso, siglo I, rostro anónimo romano. Tú me miras, yo te miro, en un juego sin fin. Que nadie pueda decir que nuestro amor termina, que no dura eternamente. Nuestro amor, verdaderamente, no tiene edad. Lo supe al encontrar a Platón, aquella noche lúgubre en la que quise decidir abandonarte y abandonarme, en la que entonces lo comprendí todo, las ideas, las copias, el mundo. Yo y tú, tú y yo. tú y tú. Tras la copia, la idea, claridad meridiana de la forma trasnformándose, en inifinita mirada, en amor por la amada en la amada transformada. Siglo I, siglo XI, siglo XXI, lo mismo da, ahora que el tiempo sólo existe porque lo atraviesas tú, desde la distancia, para encontrarte conmigo. Eres lo único que verdaderamente tengo. Y no voy a dejarte escapar, sencillamente porque me has atrapado y de ti no puedo salir. Vivo en el museo que es la memoria de tu rostro. Amar es ya un arte inevitable de trasnformaciones sinfines.

Te amo a través de los siglos y a través de tus rostros.