Círculo primero del infierno de la modernidad. Pecado capital: la impuntualidad

Tenía tantas ganas. Tenía tanta ilusión. No sé todavía ni cómo fue que pasó. Salí por la mañana, como otras, a terminar unos asuntillos que habían quedado de la semana anterior, e incluso, todo hay que reconocerlo, del año anterior, y también de hacía algunos años atrás, pero últimamente el sentido de la emoción –desde que escuché la noticia– me había embargado tanto que me había propuesto ponerme al día con todo, por más que estuviera atrasado. Ese era mi reto, y estaba seguro de lograrlo. Y, aunque no había sido fácil, estaba a punto de conseguirlo. Las calles estaban atestadas de gente, aunque muchos deambulaban como sin un propósito definido, y no entiendo muy bien por qué, con cierta sombra en los rostros. Lo cierto es que la mayoría estaba pendiente, a su manera, del gran acontecimiento, como lo estaba yo, que mira si yo tenía unas ganas y una ilusión por no perdérmelo que sorprendía a muchos. No termino de comprender por qué algunos me llamaban últimamente loco y otros temerario, pero la verdad es que poco importa ya, ahora que todos se han ido. Pero por la mañana estábamos todos, bueno, casi todos, excepto quienes habían decidido no esperar al suceso y habían desaparecido días antes de la ciudad. Esa gente no me cae bien. No tienen buen perder. ¡Hay que tomarse las cosas con un poquito de ilusión, hombre! Que no es para tanto, pruebas más difíciles nos pondrá la vida, ay señor, líbranos de malas vibras. El caso es que yo, como unas pascuas, decidí que tras terminar los asuntillos –¡todos! ¡TO-DOS! ¡Por una vez lo tenía todo a punto en mi desorganizada y caótica vida!– aún me quedaba tiempo para festejarlo un poco, alegremente, con una meditada siesta, uno de los pocos placeres sinceros que puede darse un hombre con la conciencia tranquila y el trabajo bien hecho. Escogí además uno de los parques más tranquilos y agradables del barrio, tumbadito entre el olor a hierba fresca y bajo la sombra espectacular de un haya frondosa: siempre me asombra de que es sin duda frondosa donde las haya. Ay, aquel árbol del pecado. Suerte que me llevé lápiz y papel, donde aún ha queda algo de espacio entre los tachones de los asuntillos cumplidos, mira que después de tanto esfuerzo y ganas y tanta ilusión… Cuando me desperté no quedaba nadie. NADIE. Absolutamente nadie. Miré la hora pero el reloj se me había quedado bien pero que bien parado, y todavía no entiendo del todo por qué, lo había puesto en hora esa mañana. De todos modos, espero que jamás me vuelva a ocurrir, he decidido no usar de nuevo el reloj. Para qué. Si total, es que se me han quitado las ganas de todo, y eso con la ilusión que yo tenía, que me moría por asistir al evento más grande jamás visto o contado. Así que ahora estoy solo, escribiendo. Y sin poder contarlo. Porque no lo he visto. Qué rabia. Y tampoco he visto a nadie que me cuente cómo pasó. Más rabia todavía. Reviento de la rabia. Y seguro que fue por un minuto nada más. Me siento mal, muy mal. Espero que al menos no se me rompa la mina del lápiz, aunque ya no tengo espacio y tendré que escribirme encima. O mejor: tendré que inventarme a alguien, no es bueno que el hombre esté solo. Porque creo que he sido el único –¡ojalá no!– en perderme el gran acontecimiento: se me pasó, y por mucho que no lo entienda lo cierto es que no he llegado a tiempo para el fin del mundo. Y yo que tenía tantas ganas, y tantísima ilusión.

Beverley y la biblioteca

Teórico como nadie, polémico como pocos, contradictorio como ya no quedan en la Academia, el profesor Beverley dio su conferencia en la Universidad de California. California, ese esapcio semifantástico que nació de un libro, de una ficción, y que en cualquier momento, debido a la falla de San Andrés, amenaza con convertirse en una isla y separarse por fin del continente americano y de la Unión. El caso es que definiendo la política de la crítica, y haciendo crítica política, Beverley decide hablar en su charla de la biblioteca, resucitando a Borges y a ese espacio insular, aislado y conectado en sí mismo al mismo tiempo, que tanto amaba, y en el que parece haber vivido siempre, no cólo como autor sino como persona. Pero la Universidad de California, con su biblioteca inmensa, situada en un pueblo pequeño, muy pequeño, ah, le recuerda a Beverley a dicha biblioteca, pues nada más no hay nada, sólo los intelectuales de la Academia, en su isla chica, y más allá, no es que haya monstruos, es que no hay nada, como quien dice. En fin, arriegadas afirmaciones, generalidades, para querer decir que el puñado de intelectuales en realidad no saben nada del resto del mundo, ni siquiera del mundo del que dicen hablar y criticar.

Bevereley lo pagó caro, auqella tarde. En el más puro estilo, no ya de Borges, sino de Cortázar, de quien se olvidó al tratar de la política, el liberalismo de los sesenta, América Latina, fue irremisiblemente atrapado por la biblioteca, por la Universidad, por los límites de aquella pequeña isla, porque al intentar salir y abandonar aquel lugar forjado por el sueño de tantos discursos de la ciencia y de las letras, vía a la autopista, como todo buen estadounidense, descubrió que, efectivamente, no había nada, más allá. Y tuvo que frenar desesperadamente para no caer en el vacío.

Dicen que ahora se lo ve pasear al atardecer por el arboretum, tras el edificio de la biblioteca, cambiando de pensamiento cada vez que da un paso, como un Tántalo condenado a interminables años de recurrencias teóricas que, por una vez, se convirtieron en la más extrema realidad.

No se fíen de la teoría, puede llevarles a lugares insospechados.

Alfabética

imagesDe pronto descubro estos días, mientras leo Lista de locos y otros alfabetos, un alucinante librito de Atxaga sobre la vida y las letras y el orden, el azar y los fantasmas y la literatura, que mi vida se llena de una casualidad alfabética sin par. Y que posiblemente siempre ha sido así. Me llamo Alvi y soy de Bilbao. El lunes, al comienzo de la semana, tenía una conferencia con un cuentista, el autor llamado Bernardo Atxaga, en California. A, B, C. Y yo, que no estaba en Bilbao, sino en Boston en otra conferencia, buscaba en el alfabeto y su orden acertar con alguna pregunta de Alvi para Atxaga. Y así me encuentro con la A de Alvi, sentado en un avión, que asume el asunto de buscar para la A de Atxaga unas preguntas que hacer al autor al día siguiente en la conferencia a la que no deseo sino asistir con avidez intelectual desde hace unas semanas. Buscar esas preguntas me lleva a la B de Bernardo, desde el vuelo de Boston, de Alvi que es de Bilbao, de donde más o menos procede el Bernardo que salió de la aldea materna para estudiar en la C de la ciudad. En fin, podría continuar este alfabeto hasta su final, pero decidí empezar otro para no volverme loco, con la serie de preguntas que podrían hacérsele a Bernardo Atxaga, y que finalmente, casualidad, no pudo ser en el día de la conferencia. En las nubes, Alvi aspira aire y acomete una broma alfabética, que Atxaga ni siquiera barrunta tal día como hoy.

Entrevista letrada y analfabética a Bernardo Atxaga

A menudo convoco a todas las letras para organizar un poco lo que tengo que escribir, y es que siempre me vuelven loco, maldito alfabeto. Hoy además están emocionadísimas porque quiero que me ayuden a preparar unas preguntas para el escritor Bernardo Atxaga, y todas creen que su pregunta va a ser la mejor, aunque yo les digo que él las quiere a todas. Les indico que deben pensar en qué puede ser lo más importante para un autor como él, y hoy las veo que todas quieren figurar, pero yo les insisto en que den respetar y guardar su orden, que es el alfabético, claro. a la A le parece adecuado, pero la I me insiste en que es injusto, la S me quiere sobornar, y la Z se me pone zalamera para intentar cambiarse de zona. ¡Basta! digo, y la B se sonríe bastándose en su bizarría. En fin, digo, adelante. Ánimo. ¡Aupa, A!

-A de Atxaga…-admite la A

-B de Bernardo… -barrunta la B.

-¿Por qué se llama Bernardo Atxaga el cuentista? -preguntan ambas a la vez.

-¡Caramba con esa cuestión! -cacarea la C-. Cambiémosla: ¿Cuál es la clave de un cuento?

-… Defínalo -dice la D. Defina el cuento.

-Si puede -propone la P pretenciosa, predispuesta y precipitada como le es propio.

-Ehhh… -empieza la E.

-¿Fatalidad o felicidad? -interrumpe la F con facilidad-. ¿Qué ofrece la escritura?

-¿Ycuánto tiene de experiencia esa escritura? -se entromete la E, muy entendida ella y expectante ante su enunciación.

-No -niega la N. Esa no es la pregunta.

-¿Qué se gana con un cuento? -grita entonces la G, golosa por ganarse un grado con su genialidad.

-No -niega la N. Nada de eso es una pregunta normal.

-Humildad, humanidad… -añade la H hurgando en cierta hermandad de ideas-. ¿Hay humildad, hay humanidad en la escritura, en el escritor?

-Que no -niega la N.

-¿Cuál es la herramienta del escritor? -hace la H otra pregunta.

-Yo soy la más indicada para iluminar estos intentos -incide la I-. Lo más importante es la imaginación y la idea de un imaginario. ¿Intuyo bien? -se interroga la I.

-No- niega la N de nuevo.

-Jua, jua, jua… -jalea la J- no jodan con tanta enjundia, vaya un jolgorio es este. Jamás se imagina sin jugar: jolastu, pues. ¿Juega Bernardo Atxaga? ¿Le gusta jugar y cómo?

-Que no -niega la N.

-Kilos y kilómetros de conocimiento, eso es lo que necesita un cuentista, ¿sí o no?

-… – a la N no le dan tiempo a decir no, porque la L se lanza:

-¡La lectura! Lo que el autor lee… ¿qué lee más Bernardo Atxaga como escritor?

-¿Y los manuales? ¿Hay un manual básico para escribir? ¿Qué maneja Bernardo Atxaga para menearnos a nosotras?

-Nada de todo eso -nuevamente la N.

-Eso son ñoñerías -añade la Ñ.

-O sea… -observa la O obviando las observaciones- ¡Un poco de orden! ¿es ordenado Bernardo Atxaga? ¿cuál es el orden para pensar y escribir un cuento? ¡En la organización está el obstáculo que superar para obtener éxito!

-No -niega la N.

-Están perdidas por su pasión -propugna la P prepotente-. Yo sí sé, y puedo preguntar. Piensen un poco, y partamos del pensamiento… el pensamiento es profundo y produce un parto provocador… ¿cómo se piensa un cuento?

-¡Qué dices, querida! -la quintaesencia está en querer… -quiere decir la Q.

-Eso se llama voluntad -evidencia la V.

-¡Rediez! ¡Resabida!-reprocha la R.

-¡No es tu turno! -trona la T tajante.

-Quizá… -quiere decir la Q.

-No -niega la N por enésima vez.

-… la quintaesencia está en quién es el autor. -concluye la Q-. ¿Quién es el autor de los llobros de Bernardo Atxaga?

-Sí, que responda a esa pregunta -reincide la R.

-La solución de todo lo susodicho está en saber sobre la soledad del escritor. Yo me siento siempre sola. ¿Se siente solo Bernardo Atxaga al escribir?

-No -niega la N.

-¿Y cuánto trabajo toma o tiempo tarda en tramar y tergiversar y tratar el tejido textual de un texto todo? -al fin termina la T, como tartamudeando el idioma.

-Uy, uy, uy… uyamos de los aspirantes a tonadillaeros.

-¡Orden! -ordena la O. – ¡Olvidan la ortografía!

-Esto huele a humillación, huelga decirlo -hace el comentario la H.

-U otra cosa… -la O amenaza a la U.

-U os calláis, u obvio mi pregunta –

-No, hombre, no -niega la N, tan positiva ahora en su habitual negatividad. -Nada de eso.

-Adelante, dice la A de Atxaga.

-Usted, usía, ¿cuánto hay, con hache, de usurpador en Bernardo Atxaga?

-Vamos, eso es vituperarlo de ser un vivo de las letras -valora la V. -Vayamos mejor a ver cómo es la voluntad en el escritor. ¿Qué tipo de voluntad necesita el escritor? ¿O es en verdad un voluble vivaracho?

-Y una última pregunta -interrumpe la Y, cediendo paso a la Z, que dice:

-¡Zapatillas! -todo el abecedario la mira azorado, cuando la Z grita feliz, porque la Z siempre disfruta al final-: ¿escribe Bernardo Atxaga en zapatillas de casa?

En fin, además de iletradas, son intratables e incorregibles estas letras mías.

Días de los cuentos raros

imagesHace unos días terminé la lectura de este libro extraño y familiar al mismo tiempo, Cuentos de los días raros. Familiar porque la cuentística de José María Merino me resulta de una naturalidad entrañable, donde lo fantástico a veces roza el encanto de lo cotidiano, y no exenta de cierta inegenuidad a veces, pero siempre al tanto de una ternura irónica suave y profundamente humana. Merino, que gusta recorrer los vericuetos de la memoria y la fantasía, a veces los de la relación entre ambas, nos llega con sencillez al fondo de nuestra vida oculta, aquella que no respeta las normas estrictas de una lógica consabida y acordada, parámetros de nuestra existencia cotidiana. En sus resquicios aparecen esos días raros, por qué no decirlo. Como el profesor universitario experto en semántica que se enamora perdidamente de un programa de inteligencia artificial hasta el punto de esperar un aprendizaje sentimental del mismo, hasta la misteriosa casa de la felicidad que escapa furtivamente de un solar para aparecer a la mañana siguiente en otro, antes que dejarse ser derribada por el ayuntamiento, hay una infinidad de hechos y actitudes inexplicables que curiosamente explican nuestras más profundas fes, nuestras realidades esperadas, deseadas. Una alumna mía detallaba hace poco el comienzo de uno de esos días raros, en el raro lenguaje que es una segunda lengua que apenas se empieza a aprender. Despertar, uno abre los ojos, y repentinamente todo parece distinto aunque el desayuno parezca el mismo. La observación nos deja perplejos, porque es la puerta de la rareza, y asistimos como espectadores -y en esta ocasión sin aparente esfuerzo, con la admiración de quien se ve flotando ante las imágenes- de la vida ante lo insospechado. Porque un viejo con pantalones rosas a las ocho de la mañana en los jardines del campus de una universidad del centro de California resulta, cuando menos, sospechoso. Tan sutilmente, tierna e irónicamente sospechoso que resultaría ridículo avisar al FBI. Y entonces la realidad se vuelve sutilmente sospechosa y digna de contarse, de compartirse. Es lo que le lleva a Merino a su libro, para disfrute visual de sus lectores, que asisten embobados y adormecidos a las transformaciones de la realidad, si tenemos la virtud de permitirlo. Por eso también hay días de los cuentos raros, aquellos en que oyes cosas increíbles por inverosímiles, donde la casualidad se reúne en sospechosa sintonía con la causalidad en la que confiamos ciegamente.

No sé si a raíz de todo esto, he tenido, de hecho, unos días raros, en los que no sé muy bien por qué, decidí dejar de comer carne, pero decidí hacerlo progresivamente, porque el vegetarianismo radical no ha sido nunca para mí una convicción desde ningún punto de vista. Un buen día, en el desayuno (que por cierto era normal, el de siempre, con leche y cereales), pensé que quizás no me apetecía comer más animales. Y así pacté mentalmente que dejaba el pollo. No ha sido difícil, de hecho nunca me ha gustado el pollo demasiado. Al día siguiente decidí dejar de comer caracoles, que por cierto sólo los probé en una ocasión que ya ni siquiera recuerdo bien. Después, he probado a dejar las serpientes, que no recuerdo haber comido en mi vida. Y luego, los alacranes en su tinta, las ancas de rana y las hormigas. Desde luego, descubro con natural asombro una inmensa cantidad de animales que estoy decidiendo no comer, y me encuentro francamente satisfecho, ha mejorado mi ánimo y mi salud notablemente. Una amiga me dice que no es justo ni es normal lo que hago -¿o cómo lo hago?-, pero, al fin y al cabo, el Arca de Noé fue una gran nevera de abastos que yo he decidido sin razón aparente o sistemática ir respetando, una a una. ¿Un plan divino? La verdad, si puede decirse, es que yo tampoco entiendo muy bien el fondo de lo que hago, ni me importa, y díganme ustedes si ven algún error de lógica en ello; además, me siento tan bien. Hoy me he prometido respetar la carne de tigre. En fin, esto me pasa últimamente, y cuando se lo cuento a mis colegas, creo que piensan en las leyendas urbanas -tan increíblemente verosímiles-, sonríen, y me dicen, bonita historia. Podrías hacer un bonito cuento con ello, sencillo pero bonito.

Las historias, contadas desde la memoria de la experiencia, o de la imagen leída, parecen destinadas a aposentarse y repatriarse finalmente en los libros, en los soportes para sueños e imágenes de lo irreal. Y así creemos atraparlas en su sorpresa irreverente para restituir nuestros días normales, volverlas inocuas contra la norma de la realidad, como aquellas gentes del espejo conjuradas por el Emperador Amarillo. Pero deberíamos reflexionar y reconocer también que, por mucho que uno cierre un libro, la historia, el cuento raro -y quién sabe cómo, quizás transformándose-, sigue dentro, agazapado y esperando felinamente que alguien abra de nuevo esa caja de Pandora. Para que encima, vaya luego, y lo cuente.

Hoy vi una ardilla gordísima, me pregunto qué habrá comido. Y qué comeré yo hoy. En fin, ¿qué otras cosas voy a ver hoy?

El hipertexto de senderos que nos bifurcan

Hoy comprendí el significado de la palabra hipertexto. Yo ya conocía su significado teórico, especialmente aplicado a la narrativa. Técnica mediante la cual el lector puede y debe decidir durante la lectura para seguir avanzando en la historia hacia un punto u otro, desechando temporalmente, o quizás para siempre alguno de los caminos posibles. Hoy, cuando montaba en mi bicicleta por el campus, como acostumbro, se incorporó a mi camino una ninfa renacentista, cuya rubia cabellera perseguí cuanto fue posible, y consciente en cada intersección de que podría ser la última en nuestro común camino. Al fin, sucedió, y se bifurcaron los senderos, quizás para siempre. El hipertexto, a imagen y semejanza de la vida misma, es sin duda una continua y arriesgada serie de decisiones que determina sin duda nuestra experiencia como espectadores de la historia personal y deja atrás otras historias posibles.

Bucearía ahora mis pensamientos perdiéndome en el laberinto creado por Ts’ui Pên y descrito en su Jardín de senderos que se bifurcan.