Me llaman Alvi

Pero mi nombre es Álvaro. Un nombre que quiso ponerme mi tía, a saber por qué, si en 1975 casi nadie lo usaba. Eso sí, supongo que con el don por delante, la esdrújula impacta a cualquiera y suena realmente señorial. Y quién no querría tener un don en la familia, lo bien que sonaría, digo yo. En fin, de los Álvaro de rancio abolengo que puedo recordar por mi escasa cultura está, por ejemplo, don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla y Gran Maestre de la Orden de Santiago, un hombre controvertido en la historia política de la España medieval, valido del rey Juan II y caído en desgracia ante la presión de otras familias nobles poderosas que buscaban el favor real: el resultado fue una decapitación en Valladolid tras un juicio sumarísimo. Quizás por lo sonado del caso (“O Fortuna!“) lo recuerda Manrique en sus Coplas (“¡avive el seso e despierte!”) al reflexionar cómo la muerte nos iguala y nos deja en tabula rasa, sin nada:

Pues aquel gran Condestable,

maestre que conocimos

tan privado,
no cumple que de él se habla,
mas sólo cómo lo vimos
degollado.
   Sus infinitos tesoros,
sus villas y sus lugares,
su mandar,
¿qué le fueron sino lloros?
¿Qué fueron sino pesares
al dejar?

Ubi sunt? Un don menos, de don a don nadie, la historia de don Álvaro de Luna vista por la metafísica existencial y resignada, de estilo cristiano, de Manrique.  Por cierto que a don Álvaro de Luna, investigando más tarde en la novela romántica española, me lo vuelvo a encontrar ficcionalizado en Los bandos de Castilla (1830), de Ramón López Soler, cuando aquél, que “ardía presa de inexplicables tormentos, nacidos de las desgracias que amenazaban su privanza y su persona” se entrevista con el gitanillo apodado Merlín (y cuyo nombre verdadero solo conocen los de su raza), y se le echa la malaventura que le ha de llegar. Sin duda, hay otros álvaros aguerridos y mejor suerte, como el inolvidable Álvar Fáñez, inseparable y fiel brazo, consejero, lanza y espada derecha del Cid, que sin denuedo lucha a su lado con la generosidad de un amigo: “¡Ya Albar Fañez bivades muchos dias!”. O santificados, como el zamorano Álvaro de Córdoba, que fundó un convento en la ciudad que le da el apellido, llegó a beato, incluso, y pone fecha al santoral con su nombre el 19 de febrero.

Don Álvaro de Luna como Maestre de la Orden de Santiago, antes de perder la cabeza en la política.

Estrictamente en la ficción solo me vienen a la mente unos pocos: el primero, de refilón, “se llamaba don Álvaro Tarfe, y que decendía del antiguo linaje de los moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes y valerosos por sus personas, como se lee en las historias de los reyes de aquel reino, de los Abencerrajes, Zegríes, Gomeles y Mazas, que fueron cristianos después que el católico rey Fernando ganó la insigne ciudad de Granada” y tiene el honor de pertenecer al universo quijotesco tanto en su versión cervantina como originalmente en la versión de Avellaneda, pues lo convoca a posteriori Cervantes para poder confrontar con él como testigo la autenticidad de sus personajes frente a los que considera vil y torpe copia de los suyos en la versión apócrifa avellanesca. El segundo es Don Álvaro, un indiano retornado y muy desgraciado en amores -que protagoniza el suicidio más notable de la literatura española con un malditismo satánico muy digno del romanticismo europeo de la época, pero escandaloso para la España del momento- en La fuerza del sino (1835), redactada por el Duque de Rivas a principios del siglo XIX, y resucitado -pues sobrevive a su suicidio- unas décadas más tarde por la ópera por Giuseppe Verdi en La forza del destino (1862). El tercero es don Álvaro Mejía (ni el Mexía explorador del siglo XVII ni los Mejías deportistas de nuestro siglo), con un papel angular en La Regenta (1884-1885), un amante liberal, en el sentido político del término, asesino donjuanesco, y rival del no más santo Magistral, en disputa por la bella y torturada de erotismo Ana Ozores, ansiosos de alcanzar el galardón y domino sobre su cuerpo y alma, reflejo de una nación en disputa entre conservadores y liberales. En fin, ha habido Álvaros y dones para casi todo, mejores y peores, pero la etimología del nombre, sin titulación nobiliaria ninguna, da para más, para mucho más.

Hay distintas teorías sobre el origen, siempre misterioso, de este nombre, pero sin duda la mayoría apunta al origen germánico. Podría estar conectado con el personaje mitológico germano-escandinavo Alb, en sus variantes Alp y Alf, de donde procede Alberic, un rey elfo. Elf-wher significa guerrero elfo y Alla-waria, guerrero de todas las cosas. La forma Alvar está extendida en el mundo escandinavo y en la Europa eslava. Pero aún hay más, la raíz magyar para el nombre sería Alvö, el que duerme (una variante antigua, entiendo,  del verbo aludni o del nombre alvás, sueño, o álmos, dormido). Por cierto, Alb, por la parte latina, significa blanco, de donde procede albino.

Un elfo, según Edmund Evans en la Inglaterra victoriana.

¿Todo esto en un nombre? ¿Debo optar por la crisis de identidad o por la multipersonalidad heterónima? Además me pregunto: ¿Y por qué tú, precisamente tú, te fijaste en mi nombre? ¿Radica ahí todo el poder secreto del nombrar, de encantarse, enamorarse por un sonido? Escúchame, amor: Me temo que ni por santo o condestable, ni por épico caballero ni donjuan liberal, ni indiano perdidamente enamorado, ni aun por las canas que aún no tengo (aunque quién sabe, un poco de todo haya, por qué no, de santo y estratega, de donjuan y de indiano, de perdido en el amor). Pero si vamos al origen, a las raíces del nombre, no a sus sombras sucesivas de versiones históricas, nada importa sino saber que viste la raíz de mi nombre en alguna de las sagas nórdicas cuyas historias leías cuando aún llevabas trenzas, y a la memoria de ellas y tu fascinación por lo escandinavo te fijaste en mí por el otro sonido mágico, enigmático, oculto entre le follaje de los bosques, de mi nombre tras los siglos. Sí, lo confieso, aquí y ahora. Generaciones enteras de  elfos, semidioses de los bosques, han pasado como invisibles hasta llegar a mí, pues yo no soy más que el resultado, el fruto…. del viaje milenario de mi carne trepando por los siglos y los huesos, para que yo me llame Álvaro. Pero tú bien sabes, amor, que la relación entre elfos y humanos es bien conocida y transitada, y no viene aquí al caso. Ahora confiesa tú, es tu turno: si no provienes por cierto del mundo de las hadas, cuando a veces lo muestra la mirada de tus ojos, o quizás de la estripe de los duendes, que siempre sorprenden y se transforman en cada uno de sus actos. Por cierto, llámame Alvi, aunque me llame Álvaro.

Solo un nombre

alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra.

(Alejandra Pizarnik)*

* Gracias a Carlos Villacorta, que antes de haber leído este post, aportó en su taller poético el epígrafe con el que termino.

MetAMORfosis

“Imago Mundi. Agencias. Un vagabundo en el museo: Un hombre de edad incierta, vagabundo errante del Museo de Bellas Artes. Se desconoce las razones por las que vive en el Museo, pero desde hacía un tiempo se había convertido asiduo de una de las salas de retratos antiguos de la colección permanente. Un turista le había oído interrogarle, en algún momento antes de su traslado definitivo al Museo, si no se había fijado en la belleza a temporal de las mujeres retratadas, que para él eran todas la misma mujer. No se le conoce familia alguna, aunque parece ser que este hombre tuvo algún reciente desengaño amoroso, según se comenta en los alrededores. Como el Museo queda abierto las 24 horas del día al público, y se dedica a observaratentamente los cuadros, y se cree que duerma de pie, no hay razón por la cual las autoridades puedan desalojarlo. Para los empleados, se ha convertido en el fantasma del Museo, pero a nadie parace inquietarle dada la sonrisa beatífica que el peculiar vagabundo muestra en su rostro continuamente, como si permaneciera en un continuo estado de éxtasis contemplativo. Nada indica que varíe su estado por mucho tiempo.”

Sigo pensando en ti, quién lo dijera, desde una eternidad. Te amo, bajo todos tus nombres, desde todos tus rostros, que para mí son uno y el mismo en un continuo devenir. Te conozco y reconozco, te visto y te desvisto, siempre hermosa, siempre tú, fantasma infatigable en mi memoria.

Me enamoré de ti y pensé que nunca podría conocerte, bueno, conocerte sí, porque tu rostro en el lienzo me miraba siempre que iba a buscarte. Pero yo no podía soportar que esa imagen tuya tuviese veinte siglos más que mi mirada allí presente, frente a ti. No es posible, me decía, si ahora te miro y tú me miras, estamos juntos, cómo es que dice el letrero mentiroso, siglo I, rostro anónimo romano. Tú me miras, yo te miro, en un juego sin fin. Que nadie pueda decir que nuestro amor termina, que no dura eternamente. Nuestro amor, verdaderamente, no tiene edad. Lo supe al encontrar a Platón, aquella noche lúgubre en la que quise decidir abandonarte y abandonarme, en la que entonces lo comprendí todo, las ideas, las copias, el mundo. Yo y tú, tú y yo. tú y tú. Tras la copia, la idea, claridad meridiana de la forma trasnformándose, en inifinita mirada, en amor por la amada en la amada transformada. Siglo I, siglo XI, siglo XXI, lo mismo da, ahora que el tiempo sólo existe porque lo atraviesas tú, desde la distancia, para encontrarte conmigo. Eres lo único que verdaderamente tengo. Y no voy a dejarte escapar, sencillamente porque me has atrapado y de ti no puedo salir. Vivo en el museo que es la memoria de tu rostro. Amar es ya un arte inevitable de trasnformaciones sinfines.

Te amo a través de los siglos y a través de tus rostros.