Universos transmedia y convergencias narrativas

El fenómeno transmedia está adquiriendo mayor importancia, en especial desde que en los últimos años las series televisivas, de gran aceptación de crítica y público, han buscado la complicidad de la audiencia para seguir manteniéndola atenta al mundo narrativo en el que, semana tras semana, la trama y sus personajes la hacen sumergirse. Hacer un seguimiento del pasado y el carácter de los protagonistas, su contextualización dentro de la historia en la que actúan, proseguir las aventuras alternativas al margen de las expuestas en la serie, la lectura de libros o comics que salen al calor del mundo narrativo, etc. comienza a ser una técnica habitual para la narración a grandes audiencias, que grandes productoras, capaces de dominar diferentes medios de comunicación, se encargan de gestionar y aprovechar comercialmente. En el caso español se puede destacar la serie Águila Roja, que ganó varios premios europeos por su proyecto multiplataforma, que pronto ha derivado en contenidos nuevos y participativos para otros formatos, y es un modelo que han seguido las demás superproducciones televisivas nacionales.

Sin embargo, y siguiendo la conceptualización popular de transmedia realizada por Henry Jenkins hace tiempo en Convergence Culture: Where Old and New Media Collide, llevar a cabo un proyecto transmedia no es sencillo, y a menudo no es barato, ya que debe crearse un mundo narrativo que supere su difusión por un único medio de difusión. Al mismo tiempo, lo que se cuenta en un medio, no debe narrarse en otro, porque cada parte de la historia, cada extensión o ramificación debe pertenecer al medio más adecuado. No se trata de repetir un mismo episodio en la tele, en el comic y en la novela. Sin embargo, la historia debe tener coherencia en todas sus ramificaciones, y por tanto, debe haber un acuerdo común sobre los hechos y la cronología básica. Si sumamos al fenómeno la actividad fandom, con todos los seguidores aportando enciclopedias, relatos y juegos de propia creación, al margen de una productora comercial (o auspiciados por ella, como en el caso de Pottermore), el universo transmedia se vuelve una narración de autoría múltiple, altamente participativa, compleja, polimórfica, y orgánica.

En el monográfico que para la revista especializada Caracteres coordiné junto con Daniel Escandell en 2014, pueden leerse las diferentes aproximaciones al género transmedia y sus implicaciones en numerosos aspectos, desde la definición de un concepto aún en evolución, hasta sus fronteras en la creación y la difusión de contenidos. Hay ejemplos de la literatura, el comic, el cine, el videojuego, las crónicas de viaje, la política, las redes sociales, o la alfabetización.

Si bien la narración transmedia empieza a tener visos de una moda en crecimiento, que incluso pasará pronto a una asumida costumbre especialmente entre los medios audiovisuales, hay que recordar que su manifestación no es únicamente contemporánea, ni procede siempre del mundo cinematográfico o televisivo. De hecho, el universo de The Walking Dead nació en un comic impreso, ha alcanzado popularidad con la serie de TV (con la que se puede interactuar mediante las redes sociales), y ha devenido en relatos, juegos, wikis y aplicaciones para tabletas, de aficionados o producidas por AMC.

Sin duda es un campo de estudio de gran impacto para el estudio actual de la ficción, y debería serlo también para la relectura de la ficción anterior, matizando técnicas y elementos, ya que los universos narrativos han tenido trasvases y desarrollos ficcionales en el mundo de la fotografía, la pintura, la arquitectura, la escultura, la danza, etc. Grandes mitos como el de Orfeo y su historia con Eurídice, han sido difundidos a lo largo de los siglos mediante diferentes medios artísticos, recuperando alguno de los episodios de su historia o sugiriendo nuevas ramificaciones o proyecciones.

En la actual situación de las humanidades, ante un ecosistema de medios que supera al impreso como única via de transmisión del conocimiento, creo con N. Katherine Hayles, tal como sugiere en How We Think: Digital Media and Contemporary Technogenesis, que debemos ampliar nuestras perspectivas de análisis textual, mejorando y promoviendo los estudios comparativos de medios:

“As a concept, Comparative Media Studies has long inhabited the humanities, including comparisons of manuscript and print cultures, oral versus literate cultures, papyri versos vellum, immobile type versus moveable type, letterpress versus offset printing, etc. These fields have tended to exists at the margin of literary culture, of interest to specialists (but significant exceptions) rarely sweeping the humanities a a whole” (7)

Y no solo, como propone Hayles después, para evitar crear un abismo de práctica entre las humanidades tradicionales con las llamadas humanidades digitales. En el asunto que nos ocupa, esta aproximación implica aceptar los textos ficcionales como participantes con derecho propio de un universo narrativo común que se difunde, eso sí, por medios diversos, a través de soportes diversos, y por tanto mediante el uso de retóricas diversas; pero sin perder de vista la conexión común del universo narrativo. Eso significa sumar, trabajar participativamente, conectar disciplinas y técnicas de análisis narrativas, hallar nuevas conexiones y saber marcar las diferencias; trabajar transmediáticamente, también, dado que el conjunto de objetos, así lo requiere.

Si no, explíquenme cómo vamos a reunir y comprender la narración, expresada con la retórica de la imagen, el dibujo, la música, el cuerpo, y la letra impresa, que encontramos en un abanico, un ex libris, un azulejo, una canción, una danza y un libro que muestran, sobre sus muy diferentes soportes, una escena de don Quijote.

Para quien quiera comenzar a hacerse una idea inicial de lo que implica el fenómeno transmedia, recomiendo el libro reciente de Carlos Scolari, Narrativas transmedia. Cuando todos los medios cuentan. Buen provecho.

Nanoliteratura: editando la literatura impresa en otra dimensión

La aparición del hipertexto cómo práctica de lectura ligada al medio digital está cambiando en las últimas décadas nuestra manera de acercarnos y leer la información y también la forma en que construimos los relatos, ficticios o no. Si entendemos el texto impreso como un conjunto de nexos verbales que articulan un discurso de unidades menores cuya combinación completa muestra toda la información posible y extendida sobre un relato, entonces el hipertexto nos permite crear una serie de plegados en él gracias a la dimensión retórica de asociación que posee el enlace hipertextual. Mientras que la idea de unidades retóricas asociativas en el texto se consolidó con el concepto de lexía (Roland Barthes), y la de su aplicación a la articulación concreta del hipertexto con el concepto retórico de enlace (George Landow), la descripción y existencia de un texto plegado, según la idea de Rodríguez de las Heras para definir la actividad hipertextual, no ha sido aplicada más que a los nuevos textos creados en el ámbito digital, especialmente informativos. ¿Es posible plegar un texto literario procedente de una cultura impresa? ¿Hasta dónde llegan sus pliegues?¿Y cómo hacerlo sin perder su narratividad? Dado que la unidad de plegado ya no sería el párrafo de la página impresa, sino un haz de lexias de variada dimensión, esto supone atomizar y desintegrar el texto en secciones mínimas que hasta ahora nunca hemos juzgado pertinentes. ¿Tiene sentido y futuro esta nanoliteratura en el conjunto de prácticas lectoras actuales? Si repensamos algunas técnicas básicas de dispositio en la retórica clásica, encontramos algunas vías lógicas de plegado del texto impreso que permitirían una práctica de lectura hipertextual sin perder el texto original, adaptándolo a la nueva dimensión de prácticas lectoras no lineales en la era del hipertexto.

¿Te interesa esta cuestión? Puedes leer el artículo completo en Academia.edu.

Dejo además aquí la presentación realizada en el congreso de la Asociación Beta de Valencia, que tuvo lugar hace casi dos años, y ayuda a ilustrar gráficamente los aspectos más relevantes del artículo, recién publicado en 2014.

También quiero permitir la descarga de la versión nanoliteraria en estado beta del relato Rayo de luna de Gustavo Adolfo Bécquer, al que se somete al proceso discutido en la presentación y el artículo. ¿Qué opinas como lector, es plausible editar y leer nanoliterariamente?

Descargar el Rayo de luna para iBooks (iPad/Mac)

De cómo Ramón Gómez de la Serna se convirtió en fan de twitter (y II)

En el reciente primer congreso de Humanidades Digitales Hispánicas (hashtag #hdh2013) que ha tenido lugar en la Universidade da Coruña tuve el placer de presentar, entre muchísimos proyectos muy valiosos derivados de la tecnología humanística, el proyecto de edición en marcha del Total de Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, un corpues total de 10.000 greguerías que quiero que estén no solo como repositorio online sino como edición viva, hipermedia y de lectura social. Recientemente recibí una beca de Hobart and William Smith Colleges para poder acercarme a mi propósito, con la posibilidad de indagar en Pittsburgh el archivo de la Serna para extraer y digitalizar fondos documentales que ilustren con materiales escaneados el mundo de la greguerías ramoniano. Debo agradecer también que esta beca me permite contar desde hace unas semanas con un grupo de colaboración en HWS para transcribir y etiquetar greguerías, prestar algo de atención a las redes sociales, dar ideas de cómo incorporar los materiales, y aprender con la experiencia (trabajando además mediante una comunidad de Google+), que en otro momento comentaré como opción pedagógica para estudiantes en formación. Por lo tanto, gracias a Kate DePietro, Katina Tibbetts, Sophie Bober y Emily Bearer por su entusiasmo y trabajo :-). Dejo aquí la presentación con las notas. Fue un placer asistir al congreso y conocer proyectos y personas tan apasionantes. ¡Nos vemos cuando queráis! Y recordad, una greguería al día es un placer. “Las greguerías son los sacapuntas de las ideas”.

La edición digital de la ficción impresa

DHD 2013

En este año que se celebra por vez primera el Día de las Humanidades Digitales en español, me gustaría aportar una reflexión sobre el futuro de las ediciones impresas una vez que dejan de serlo y pasan a ser experiencias digitales. Es decir, en qué modo y medida el canon impreso –y lo no canónico también– puede digitalizarse y cómo se hace –o aún no se hace. Por resumir el problema, la tendencia actual con que las humanidades digitales enfocan esta cuestión es sobre todo desde la investigación filológica, catalogando, etiquetando textos antiguos para su consulta exclusiva por especialistas, lo cual es un trabajo muy necesario pero insuficiente cuando pensamos en un público lector más amplio. Por ello, estas ediciones son muy complicadas de leer para el lector no especialista, para el que no es investigador nato. No tienen una estructura narrativa adecuada porque están pensadas para el análisis. Sin duda, hay un aspecto editorial que se está descuidando, quizás porque también depende de un mercado editorial aún no dispuesto a aventurar ediciones de calidad y divulgativas de muchos textos clásicos, como ha venido haciendo la tradición impresa del siglo XX a través de colecciones específicas de editoriales señeras como Castalia, Cátedra o Espasa-Calpe. ¿Qué ha pasado en el mercado digital con esta labor de difusión, de ediciones didácticas, accesibles a un público escolar y ampliamente culto o interesado? Ni siquiera con el despegue de los libros electrónicos y sus múltiples aparatos lectores de los últimos años parece que exista siquiera una mera transposición de estas ediciones al nuevo formato si no es por aficionados. En todo caso, la biblioteca Cervantes Virtual sí ha digitalizado extensivamente, a veces con calidad desigual por la rapidez de su crecimiento,  numerosas obras, y las pone a disposición de un amplio público que puede leerlas en formatos estándares: muchas de ellas se basan ya en ediciones impresas anteriores,  re-anotadas mediante el uso ahora de enlaces. Sin embargo, si bien se consideran ediciones digitalizadas, no alcanzan a ser ediciones digitales propiamente, que sería el próximo paso que dar.

Hipergutenberiana

Siguiendo algunos puntos de una presentación que nunca tuvo lugar pero que preparé en 2010, opino que en estos momentos una edición digital del tipo que sea debe basarse en mayor o menor medida en la adecuación del texto original impreso a cuatro elementos que definen hoy la interacción que se produce en las prácticas de lectura anejas a la retórica digital: secuencialidad, espacialidad, multimodalidad, intercambio social. El primero nos plantea cómo restructurar la página en un universo de pantallas. Por ejemplo, si yo ahora mismo tuviera una editorial digital de clásicos en marcha, sin duda empezaría por editar epistolarios aprovechando el formato de los blogs, en los cuales se adecua muy bien el tiempo del post y el tiempo narrativo de la epístola: la etiquetación de las diferentes epístolas o unidades me permitiría además crear otras rutas de lectura a través del epistolario, cuya secuencialidad decide en parte el lector gracias a la estructura editorial rediseñada por el especialista filólogo en colaboración con las herramientas editoriales que le dispensan (el blog mismo, por ejemplo, con sus diferentes opciones de presentar la información). Hay un magnífico ejemplo en catalán con la edición del diario de Jusep Pla.

Quadern Gris, de Jusep Pla

En segundo lugar, este tipo de secuencialidad líquida o blanda puede convertirse en un caos si no se organiza adecuadamente, ya que nos ofrece una espacialidad del texto distinta –como en 3D–, puesto que los accesos al texto son múltiples, de tal forma que podemos entrar al epistolario cronológicamente, pero también temáticamente, y en el orden u órdenes que la edición nos permita, lo cual hace la estructura de la narración más flexible en su práctica lectora. Una buena edición ha de permitir, sobre todo, un acceso intuitivo, user-friendly, pero sobre todo debe responder a la lógica de la narración, que está formada por secuencias conectadas y topos o lugares de acceso a ellas. Es posible leer Los viajes de Marco Polo sobre un mapa. Por lo tanto, para lograr una lectura inmersiva es necesario crear un buen mapa de esa narración, con los elementos o etiquetas o mapas (incluso visuales, no solo verbales) adecuados a la topografía del relato, que sobre todo el buen lector atento, el filólogo, conoce como especialista. Por eso para que esa lectura resulte tan flexible como bien hecha hace falta un especialista que mire a su público y a un editor que provea de la tecnología adecuada para realizarlo.

Los viajes de Marco Polo

En tercer lugar, la multimodalidad nos permite rediseñar la capacidad de anotar y acompañar el texto impreso con múltiples recursos multimedia que hagan de la lectura una experiencia multimodal, en la que los sentidos disfrutan complementariamente el texto con otros artefactos culturales ligados a él (imágenes estáticas, videos, música y voz), todos relativos a esa red de sugerencias que contiene todo texto. Ahí la vieja anotación a pie de página puede reconvertirse en algo distinto y adquirir auténtico protagonismo de diálogo entrelazado con el texto original, demostrando que la cultura es un diálogo a través del tiempo y de las formas. La historia es un universo ficcional, un historiverso.

Gran Gatsby música

En cuarto lugar, si bien la lectura de los dos últimos siglos se ha extendido como una solitaria en una habitación propia, el mundo de las redes sociales ha llegado para poder compartir con grupos afines lecturas afines, independientemente de la distancia. La edición digital debe ser social en ese sentido, incluso debe editarse en algunos casos mediante el uso de redes sociales para que los lectores se sumerjan literalmente en el texto y formen parte indisoluble de su tejido. El lector no es solo parte de un club de lectura, es también parte de esa lectura.

Ramón Gomez de la Serna Twitter

Me parece importante abordar esta tarea cuanto antes, e impulsar profesionalmente la edición de textos literarios a través de herramientas digitales cotidianas que ya forman parte de nuestra vida de lectura digital en otros géneros y ámbitos (el periodismo, por ejemplo). Sin duda, no es barato y hace falta cierta infraestructura y mucho trabajo en equipo (filólogos, documentalistas, informáticos y editores solo para empezar). Deberían nacer o renacer editoriales capaces de facilitar al filólogo e historiador literario herramientas adecuadas, y potenciar así un renacer del tecnofilólogo, que con todo su saber, es capaz de crear ediciones útiles y legibles para un público más amplio.

Raymon Chandler Facebook

No debería ser hoy una extrañeza, sino una establecida costumbre, que un filólogo tuviera adscritos un par de autores cuyos perfiles de Facebook o Twitter atendiera, alimentara y dinamizara, colocando citas, enlazando sugerencias bibliográficas, liderando discusiones, mostrando la actualidad de hoy con la del ayer, y recabando de los lectores posibles formas de editar tal o cual texto de tal o cual manera digitalmente, o, incluso mejor, de una manera transmedia  (pero ese es otro tema que queda para otro día). Que, en colaboración con otros especialistas en el autor, reuniera colecciones visuales en torno a las obras (ilustraciones, portadas, fotografías biográficas del autor, grabados) en repositorios populares como Pinterest (o Flickr), ligados a sus temas, sus citas textuales, y funcionaran como otras entradas a la obra y su autor y su época y la historia de sus ediciones. Que publicara y discutiera obras en el formato blog y en otros que están por crearse. Que todo ello estuviera integrado en una edición viva y proteica, continua.

En fin, que de la digitalización del texto impreso pasemos a la edición digital profesional para el público lector.

P.S. En julio presentaré algunas de estas ideas en el Congreso sobre Humanidades Digitales que tendrá lugar en A Coruña. Allí discutiremos  la estructuración de una edición del Total de greguerías de Ramón Gómez de la Serna de acuerdo a estos principios generales que acabo de comentar.

Cuando Ramón Gómez de la Serna se volvió un fan de Twitter

Total de grguerias, edición de 1962

Tomo de bolsillo de 1592 páginas en papel biblia, editado por Aguilar en 1962, que contienen las que calculo más de 10.000 greguerías y unas 300 ilustraciones del autor.

El pasado 1 de febrero tuve la oportunidad de presentar en Union College (Schenectady, NY) un proyecto que comenzó en 2010 y del que sigo pendiente a ratos a pesar de algunas interrupciones largas. El objetivo central del mismo, titulado Total de Greguerías, es una edición digital de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, cuya recopilación fue realizada por el autor, con una introducción retrospectiva de su relación con el género, en 1955. La idea, basada en una suerte de textualteridad, de trasvase del libro hasta una base de datos con forma de blog, busca no solo crear un edición en vivo –cada día una greguería, de las más de 10.000 que jalonan el libro–, sino crear una comunidad de lectores para hacer de la experiencia una lectura social –a través de la difusión de greguerías y otras informaciones relativas a ellas y Ramón– en twitter, facebook y flickr.

Total de greguerías, edición de 1962

Retrato de Ramón y portada del Total de greguerías en la edición de Aguilar, 1962.

Hay varios aspectos relevantes, en mi opinión: el perfil del blog y las redes sociales llevan los datos reales de su autor, como si él mismo fuese el editor, lo cual acerca su personalidad a los lectores digitales; otro es la posibilidad de añadir frases e informaciones, enlaces a materiales sobre el autor para mantener vivas las redes sociales; un tercero es la posibilidad para el público de dejar repuestas a Ramón mismo en el blog y las redes sociales, iniciar discusiones, y la posibilidad de agradecer personalmente con retweets a las greguerías o informaciones que otros lectores están aportando en estas redes; y por último, hay un aspecto multimodal que además invita a expandir el universo de las greguerías generando una cultura participativa enriquecedora de la edición: algunas fueron también dibujadas por el propio Ramón, y la recolección en un muro de imágenes coral en el servicio Flickr ha permitido que otros usuarios se sumen a la iniciativa y aporten sus greguerías fotográficas, al impulso de metáfora humorística iniciada por el autor. Nada de ello colisiona, además, con la preservación del texto original, sino todo lo contrario: potencia sus cualidades y expande su universo literario. El editor se convierte en testaferro del autor, y sin duda, en un gestor de contenidos literario, que da sentido y organiza la actividad literaria de todo tipo –texto, enlaces, etc.– en torno al universo creativo de su autor. Todo ello, para mí, en su combinación, forma parte indispensable de una edición digital del aquí y ahora, y un ejemplo de cómo las humanidades digitales, aunadas al afán de difusión pública, pueden constituir un servicio que crea puentes de comunicación literaria de gran calidad, profesionales, eficaces, y aptas para el disfrute de un público digital variado.

Dejo aquí la presentación, con la intervención en inglés, que pronto verá, espero, una versión en español publicada en forma de artículo.