Librinos. La nueva forma de leer

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Remediaciones, de la pantalla a la página. Un híbrido también entre el formato del códice-libro de bolsillo y el rollo antiguo de lectura vertical. Se deja de leer en dos páginas-columna para leer solo una más larga, que no se enrolla sobre sí misma pero se dobla sobre su eje. Económico, ultraportátil y de gran almacenamiento. Sin cables. Fácil, práctico, ecológico, alta tecnología, innovadores, se dice en la publicidad. ¿Cuánto cambia el libro impreso y cómo nos está cambiando la lectura en pantalla con su desplazamiento vertical y su almacenamiento ecológico y ultraportable?

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Otra mirada sobre el editor y su papel

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“¿Qué estáis leyendo? Palabras, palabras, todo palabras” (Hamlet)

“el trabajo del editor tal y como yo lo concibo, que es el trabajo con la palabra” (Jaume Vallcorba)


“muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben” (Lázaro de Tormes)

La lectura –no en papel– de la conferencia que hoy Jaume Vallcorba ofrecía en el encuentro zaragozano de la encrucijada editorial iberoamericana titulado Otra mirada (canal #otramirada en twitter) me hace reflexionar sobre la misma pasión –la de la palabra– que comparto, y la tarea u oficio de editar –que me encantaría compartir al nivel que ha demostrado este profesional hasta ahora.

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Las páginas han muerto ¡viva la numeración de páginas!

“Citations have always been symbolic,” Mr. Rankin says. “I don’t think I need symbolic anymore. I want an actual link.”

Desde hace ya años la Modern Language Association y otros grupos profesionales dedicados a la investigación y la presentación académica escrita de sus hallazgos se encuentran en la encrucijada de cómo citar adecuadamente otros medios tecnológicos que no sean el libro. Si bien se ha ido estableciendo la necesidad de citar el soporte concreto tras la referencia, a lo que se añaden especificaciones diferentes si lo que citamos es una película, un libro, una revista, etc., el asunto de los libros electrónicos comienza a causar cierto pánico según crece el número de material disponible por este medio. ¿Por qué? La paginación deficiente, inexistente, o cambiante debido al método que siga el dispositivo. Esto afecta, lógicamente, a la imprecisión con que se cite un pasaje. Sigue leyendo

¡Llegaron los libroides! O los tecno-Prometeos digitales

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“Si no he de inspirar amor, inspiraré temor.”
(Frankenstein, o el moderno Prometeo)

El 25 de junio de 2010 aterrizaba en el mercado español la primera revista 3.0 (!?), que en el fondo es una mezcla física de libro + dispositivo electrónico audiovisual. Parece que su portada inlcuye en pantalla de video donde pueden verse contenidos e incluso queda espacio para almacenar video propio e incorporarlo. Es una revista tradicional con una portada animada visual, algo así como un programa de televisión incrustado en una portada, sin mayor interacción con el espectador.

Lo que me interesa ahora, desde un punto de la antropología del libro como historia tecnológica del soporte multimedia, es que la combinación de soportes en este caso crea una hibridación a la que, de no ser por las primitivas tarjetas postales-libros sonoras, aún no estamos acostumbrados; como si los androides en los que nos vamos poco a poco convirtiendo -a fuerza de solapar e introducir la tecnología en nuestro cuerpo, y no tanto, como pensaba la ciencia ficción, de crear robots antropomorfos– no fuéramos a querer leer e informarnos por medio de su correspondiente libroide -que sería el robot bibliomorfo.

A pesar de la imagen del androide como robot del futuro que nos ha legado la ciencia ficción, quizás el engendro creado por el doctor Frankenstein siga siendo el más poderoso icono colectivo de este afán por dar vida a un conjunto de elementos previamente inertes, convertidos en máquina a fuerza de mezclas y del genio científico. Probablemente porque el doctor hace regresar a un cuerpo humano -retazo por demás de otros varios- del inerte silencio hasta el mundo de los vivos, donde el monstruo se debate por vivir y sentir plenamente. Ese es el chip invisible que se le insufla como espejo de un aliento divino. Viajar desde ahí al androide Roy de Blade Runner, en su escena de despedida final, no ofrece apenas cambio en la máquina creada para ser como un hombre y deseosa de serlo plenamente, con la consciencia de una vida cumplida.

El libroide llega, por tanto, de la mano de papel impreso al que se le implementa -con cierto primitivismo- un robot electrónico multimedia, como queriéndole otorgar una vida nueva e insospechada al viejo códice. Un biblio-Frankenstein, frente al modelo de nuestro siglo -la tableta Andoid, el iPad- que es puro metal robótico aspirando a ser libro y más que libro, humanoide en su interacción social. Así, el libroide se va infiltrando en nuestras vidas y puede que disfrute su edad dorada a partir de ahora, en el que papel y pantalla, tinta y bit pueden crear simbiosis inesperadas a la espera de un libro más inteligente -yo siempre pensé que eso sólo se cumple si el lector lo es, aunque es verdad que los libros inteligentes crean lectores inteligentes-; un libro también más humanoide, donde en su portada nos reflejamos en nuestras aspiraciones y, sin duda, en nuestras vanidades.

Quiero destacar por eso también otro ejemplo libroide, el phonebook que apareció el año pasado en Asia, que sólo cobra vida completa al insertar nuestro móvil en el centro del cuerpo del libro impreso, y que a golpe de página nos enseña diversos videos y juegos interactivos… un libroide infantil para entablar nuevas relaciones con los pequeños y cada vez más nativos digitales. Un artilugio de interactividad mixta que atrapa en la fisicidad y permanencia de lo impreso, la virtualidad y volatilidad digital.

Muchas de estas apuestas iniciales vienen dirigidas por el márketing y el objetivo de lograr una sublimación/provocación/desafío carnavalescos sobre la tradición cultural mediante la sorpresa que lo híbrido entre opuestos produce públicamente como novedad festejada en red. Pero además de experimentar al tiempo que se crea una expectación momentánea, abren sin duda un mercado -¿y acaso un circo de monstruos genéticos?- que en tiempos de cambio, de oposiciones, guerras, convivencias entre soportes y medios, son reflejo de manera doméstica del viejo miedo a robotizarnos sin un cuerpo humano de por medio (libresco ahora) por un lado, y el misterio de lo que es semejante a nosotros mismos pero fabuloso y construible, por otro: y sobre todo, transita en el imaginario colectivo la incertidumbre o sospecha ante lo que no es humano pero que se le asemeja mucho, en este caso de algo que no es un libro pero que se le parece tanto, salvo por un detalle: la revelación de que se enciende y empieza a moverse, y nuestro rostro digital, como en un espejo, surge de la portada de aquello que creíamos una pura mecanización que podíamos aún controlar a golpe de página.

Prometeo fue el primero en robar a los dioses el fuego divino y la sabiduría para los humanos, con los que estos modificaron radicalmente su medio, pero Prometeo fue castigado por ello. ¿Qué pasará con los libroides? ¿Crearán una nueva especie híbrida difícil de aceptar, librescamente hablando? ¿Nos invadirán de formas sospechosas e irreconocibles? ¿Nos hemos transformado ya en lectoides? ¿Qué otros libroides o aspirantes a libroides existen ya, presentes pero imperceptibles? ¿Se te ocurren otros nuevos, ahora que inauguramos la ciencia ficción del libro?

Mientras tanto, como Deckard y la ginoide Rachael al final de Blade Runner, en pareja -el hombre y la máquina- viajamos en perfecta bibliod
istopía hacia un futuro incierto y de final desconocido.

Capitulando el medio digital. Longitud, novelas y el efecto Sherezade(II)

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“En ese momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.” (Las mil y una noches)

Charlie Stross nos recuerda en un artículo sobre la longitud de las novelas cómo los soportes ficcionales y su distribución al público informan y alteran la narración. Al comentar algunos momentos ilustrativos de la edición anglosajona desde la revolución industrial, rescata la conocida práctica de los folletines victorianos, en los que se distribuían, de forma seriada (capítulo por capítulo), novelas cuya longitud podía extenderse ampliamente según los planes del autor, el editor y el interés del público lector. Desde luego, cada capítulo se veía delimitado por la necesidad de imprimirse en el espacio de cada uno de los fascículos, para su posterior encuadernación. En la primera mitad del siglo XX, dice Stross que la novela de ciencia ficción, distribuida en revistas periódicas, permitía la inserción de historias cortas, y también la de novelas seriadas que no fueran tampoco muy largas (60.000 palabras) para no quitar valor al resto del contenido de la revista si la novela no resultaba del gusto de un número de lectores, y sólo por ello dejasen de comprarla. Se ofrecían así diferentes novelas cortas a lo largo de una temporada. Este género pasó en los 70-80 a las grandes superficies comerciales, coincidiendo con una temporada en la que debieron subirse los precios: para justificarlo ante el comprador, debían ofrecerse libros, sencillamente, más gordos, y con ello aumentó el número de páginas -no sólo jugando con el tamaño de la fuente, sino creciendo también en contenido. La llegada a los 90 presuponía al lector que debía esperar comprar novelas bastante largas. Muchas de ellas debieron dividirse en diferentes volúmenes, puesto que por razones de encuadernación, pero sobre todo de precio (el límite confirmado estaba en los 24 dólares), hicieron que cierta serie de libros preparada por Stross a principios de nuestro siglo hubo de ser reajustada a unidades de 300 páginas cada una, cuando él había pensado en bloques de unas 800 páginas. Sin duda, la unidad que él proyectaba no podía mantenerse intacta, puesto que era consciente de la necesidad de entretener al lector y ofrecerle los clímax adecuados a mitad de cada unidad y hacia el final de cada uno de los libros individualmente editados.

Esto me lleva a escribir hoy sobre cómo la ficción, y en concreto la novela, se ha transmitido de una forma más fragmentaria de lo que muchas veces somos conscientes, y cómo el orden retórico que parece más apropiado para el medio digital, en una suerte de fragmentación de contenidos, nos ofrece ya una vuelta de tuerca al pasado al darnos un acceso serializado a muchas de las ficciones del pasado y del presente.

Ya he comentado en otro lugar las técnicas editoriales manuscritas de la compilatio medievales y las copias a pecia de la Edad Moderna que permitían crear libros o antologías a partir de una selección de otros materiales, orientados no sólo al estudio sino también al entretenimiento, en una suerte de lectura fragmentada e interconectada por la intención del antologador. Nos recuerda el sabio Chartier que el nacimiento del pliego suelto en el Renacimiento, que evolucionará con la literatura de cordel hasta las narraciones truculentas del XIX, se inicia con la circulación numerosos romances en un solo pliego para su distribución más popular: estos romances eran fragmentos de episodios épicos medievales de mayor envergadura, fragmentos de una historia mayor compartida por la cultura colectiva. La distribución oral de mucho material impreso fue eminentemente fragmentaria: la lectura en grupo y en alta voz de capítulos y episodios de novelas famosas también era una actividad habitual en el Renacimiento y Barroco, e incluso una forma de socialización, por ejemplo, entre nobles, al crear sus círculos literarios. De ahí podemos llegar hasta las academias y tertulias decimonónicas, donde se discutían y se leían extractos de obras propias.

La fragmentación de nuestra lectura hipertextual ha promovido ya algunas iniciativas de edición seriada para narraciones de cierta longitud como las novelas. Comentaré dos de ellas, de similar factura. La primera de ellas la sostiene Jack Lemoine, que como lector parece querer compartir con otros algunas obras de la tradición. Su blog Literature Daily ofrece cada día un fragmento de una obra clásica diferente según el día de la semana, de forma que publica simultáneamente siete narraciones distintas -desde Homero a Twain, desde Kipling a Baum, pasando por las Mil y una noches. Todos ellos son textos de dominio público que él segmenta y publica ordenadamente, de forma que podemos recibirlos en nuestro correo o leer directamente en el blog cada episodio. Además, ha añadido -por medio del servicio odiogo.com– la opción de escuchar el fragmento -si bien es una máquina quien lo lee. Gracias a las etiquetas del menú, uno puede recuperar los fragmentos publicados hasta entonces de uno de los títulos. Desde luego, la fragmentación la impone el editor mismo, considerando que unos pocos párrafos son suficientes en cada emisión; su pericia debe ser la de seccionar también con un sentido de la lectura que permita cortar los episodios en momentos apropiados, y sin duda esto crea pequeños clímax no previstos nunca antes.

El otro servicio de lectura seriada es comercial, pero ofrece algunas lecturas gratuitas y un servicio más completo. Lleva un tiempo ya en marcha, se llama Dailylit y se puede seguir el libro que uno desee desde el principio, recibiéndolo vía rss o por correo. Los fragmentos son un poquito más largos, ellos calculan que el equivalente a unos cinco minutos de lectura, y su lectura puede distribuirse diariamente, tres días a la semana, o sólo en días de labor. Es irónico que no contemplan el fin de semana, por lo que relacionan -¡ay, anglosajones!- la lectura con nuestra rutina diaria de obligaciones profesionales (o quizás como el calculado descanso necesario pa
ra completar ese día de trabajo). Lo cierto es que después uno puede especificar también los días en los que se quiere recibir y el tamaño -hay tres- del fragmento diario. Además puede seleccionarse la hora en que uno desea recibir la lectura, y existe la posibilidad manual de solicitar más de un fragmento al instante, si por casualidad deseamos continuar con la historia inmediatamente.

La integración de esta forma de lectura seriada en nuestro entorno 2.0 sí me parece interesante, por muy sencilla que parezca la idea, puesto que nos permite empezar la serie cuando queramos -frente a la publicación seriada en masa victoriana- dado el tratamiento de paquetes de información con el que se considera el texto. La capitulación tradicional viene a rediseñarse aquí para el nuevo medio y su relación con el lector, lector que encuentra un servicio de recepción de su serial adaptado a sus intereses y situación, de una manera muy flexible. Si los fragmentos se editan con un cierto tino narrativo, buscando esos pequeños instantes en los que termina un pasaje o situación, en los que se percibe la intensidad de una nueva conversación, en los que una revelación, por mínima que sea, queda en el aire, entonces la fragmentación adquirirá un nuevo sentido y la lectura será exitosa. Al mismo tiempo, la longitud de una novela no es tan preocupante si la lectura se hace poco a poco pero disfrutando la intensidad en cada uno de sus fragmentos, y a su paso -como una red de pequeñas sugerencias deshilvanándose ante los ojos-, los fragmentos nos atraen hacia el total de la novela.

Desde luego, para muchos tomar un libro (electrónico o no) y abrirlo o cerrarlo cuando uno guste es menos complicado, pero piénsese también en el interés de la lectura seriada, dejando pasar un tiempo entre un momento de lectura y el siguiente, rumiándola mientras tanto la situación dejada, las palabras, reelaborando el texto consciente o inconscientemente mientras llega, en el siguiente correo, la solución ofrecida por el autor.

Esto se me antoja como editar considerando el efecto Sherezade, cuando la joven logra engarzar mil y una noches de relatos terminados y dejados a medio desarrollar para la siguiente noche, consiguiendo que el sultán no cumpla su promesa de matarla tras pasar la primera noche con ella, y encontrando en él, finalmente, un lector voraz, que consume trozo a trozo diversas historias, sin importar la longitud de las mismas, pero sí atento a sus clímax. La literatura al rescate de la vida. Y al rescate de historias por continuarse. Es curioso notar que esas Mil y una noches, de orígenes medievales (una gran compilatio de materiales ficcionales diversos del Oriente) sólo se descubren, y salen editadas con añadidos, en el siglo XVIII para Europa, a través de una traducción-reelaboración francesa, en doce volúmenes, pero no alcanzan gran popularidad hasta el siglo XIX, época de los grandes folletines y la lectura seriada.

Por ello, se me ocurre que, frente a las críticas de la fragmentación en la hiperlectura, debemos recordar por un lado que casi nunca leemos obras de un tirón -y entre lectura y lectura pasan muchas cosas diferentes en nuestras vidas diariamente-; y por otro, que esta fragmentación nos ayuda a detenernos mejor en un párrafo, a la posibilidad de leer con una mayor atención y ver la concentración de significados en el extracto propuesto, que meditaremos -o rumiaremos, como se hacía mediante la ruminatio del texto en el medievo- en su intensidad extractada. Esto sólo dependerá del ritmo de lectura, que hoy, probablemente por inconsciente ineptitud y ansia lectora ante un nuevo y fascinante medio, nos hace saltar de un lugar a otro, lo cual no es malo, pero sí lo es en cambio lo hacemos regurgitando, devorando fragmentos, sin rumiarlos apenas unos segundos, (con)fundiendo el tempo de navegación con nuestra lectura.

Stross vislumbra para el libro electrónico y su forma de distribución naciente tanto la posibilidad de volver a un renacimiento de las novelas en serie como, por otra parte, la posibilidad de venta de novelas de proporciones mastodónticas que forman una unidad, ya que el costo de producción sería muy similar puesto que el peso económico del archivo electrónico no es equivalente al peso -con sus gastos de encuadernación e impresión- del libro impreso. De hecho, algunos de los lectores de Stross dejan dicho en los comentarios a su artículo que leyeron alguna de sus novelas en formato electrónico sin saber muy bien la extensión real de la novela, pero que no les importó. La lectura seriada, tan explotada por la era de la industrialización dickensiana, podría reconvertirse en la sociedad 2.0 de la información en una lectura del texto cuyo tratamiento como paquetes de información narrativos podría constituir el comienzo de una lectura fragmentada con sentido, y paso a paso, conectada en modos diversos y tejedora de una red de lecturas cada vez más compleja pero no por ello menos consciente o profunda o concentrada.

El efecto Sherezade, con su encadenamiento fragmentado de relatos cortados, siempre por terminar y siempre por continuar, define y salva a su protagonista en la ficción frente al sultán Shahriar: a lo mejor la ficción tradicional se salva, una vez más, así, remediando a sus antecesores y aprendiendo de sí misma para perpetuarse reinventándose en otra metamorfosis.

Por cierto, Stross ve en parte sus ansias colmadas y el futuro hecho realidad, pues el propio equipo de Dailylit ha pensado en una antología de ciencia-ficción que distribuye seriadamente. Él no se considera un grandísimo autor, pero parece que sabe ver bien su oficio y su futuro.