Universos transmedia y convergencias narrativas

El fenómeno transmedia está adquiriendo mayor importancia, en especial desde que en los últimos años las series televisivas, de gran aceptación de crítica y público, han buscado la complicidad de la audiencia para seguir manteniéndola atenta al mundo narrativo en el que, semana tras semana, la trama y sus personajes la hacen sumergirse. Hacer un seguimiento del pasado y el carácter de los protagonistas, su contextualización dentro de la historia en la que actúan, proseguir las aventuras alternativas al margen de las expuestas en la serie, la lectura de libros o comics que salen al calor del mundo narrativo, etc. comienza a ser una técnica habitual para la narración a grandes audiencias, que grandes productoras, capaces de dominar diferentes medios de comunicación, se encargan de gestionar y aprovechar comercialmente. En el caso español se puede destacar la serie Águila Roja, que ganó varios premios europeos por su proyecto multiplataforma, que pronto ha derivado en contenidos nuevos y participativos para otros formatos, y es un modelo que han seguido las demás superproducciones televisivas nacionales.

Sin embargo, y siguiendo la conceptualización popular de transmedia realizada por Henry Jenkins hace tiempo en Convergence Culture: Where Old and New Media Collide, llevar a cabo un proyecto transmedia no es sencillo, y a menudo no es barato, ya que debe crearse un mundo narrativo que supere su difusión por un único medio de difusión. Al mismo tiempo, lo que se cuenta en un medio, no debe narrarse en otro, porque cada parte de la historia, cada extensión o ramificación debe pertenecer al medio más adecuado. No se trata de repetir un mismo episodio en la tele, en el comic y en la novela. Sin embargo, la historia debe tener coherencia en todas sus ramificaciones, y por tanto, debe haber un acuerdo común sobre los hechos y la cronología básica. Si sumamos al fenómeno la actividad fandom, con todos los seguidores aportando enciclopedias, relatos y juegos de propia creación, al margen de una productora comercial (o auspiciados por ella, como en el caso de Pottermore), el universo transmedia se vuelve una narración de autoría múltiple, altamente participativa, compleja, polimórfica, y orgánica.

En el monográfico que para la revista especializada Caracteres coordiné junto con Daniel Escandell en 2014, pueden leerse las diferentes aproximaciones al género transmedia y sus implicaciones en numerosos aspectos, desde la definición de un concepto aún en evolución, hasta sus fronteras en la creación y la difusión de contenidos. Hay ejemplos de la literatura, el comic, el cine, el videojuego, las crónicas de viaje, la política, las redes sociales, o la alfabetización.

Si bien la narración transmedia empieza a tener visos de una moda en crecimiento, que incluso pasará pronto a una asumida costumbre especialmente entre los medios audiovisuales, hay que recordar que su manifestación no es únicamente contemporánea, ni procede siempre del mundo cinematográfico o televisivo. De hecho, el universo de The Walking Dead nació en un comic impreso, ha alcanzado popularidad con la serie de TV (con la que se puede interactuar mediante las redes sociales), y ha devenido en relatos, juegos, wikis y aplicaciones para tabletas, de aficionados o producidas por AMC.

Sin duda es un campo de estudio de gran impacto para el estudio actual de la ficción, y debería serlo también para la relectura de la ficción anterior, matizando técnicas y elementos, ya que los universos narrativos han tenido trasvases y desarrollos ficcionales en el mundo de la fotografía, la pintura, la arquitectura, la escultura, la danza, etc. Grandes mitos como el de Orfeo y su historia con Eurídice, han sido difundidos a lo largo de los siglos mediante diferentes medios artísticos, recuperando alguno de los episodios de su historia o sugiriendo nuevas ramificaciones o proyecciones.

En la actual situación de las humanidades, ante un ecosistema de medios que supera al impreso como única via de transmisión del conocimiento, creo con N. Katherine Hayles, tal como sugiere en How We Think: Digital Media and Contemporary Technogenesis, que debemos ampliar nuestras perspectivas de análisis textual, mejorando y promoviendo los estudios comparativos de medios:

“As a concept, Comparative Media Studies has long inhabited the humanities, including comparisons of manuscript and print cultures, oral versus literate cultures, papyri versos vellum, immobile type versus moveable type, letterpress versus offset printing, etc. These fields have tended to exists at the margin of literary culture, of interest to specialists (but significant exceptions) rarely sweeping the humanities a a whole” (7)

Y no solo, como propone Hayles después, para evitar crear un abismo de práctica entre las humanidades tradicionales con las llamadas humanidades digitales. En el asunto que nos ocupa, esta aproximación implica aceptar los textos ficcionales como participantes con derecho propio de un universo narrativo común que se difunde, eso sí, por medios diversos, a través de soportes diversos, y por tanto mediante el uso de retóricas diversas; pero sin perder de vista la conexión común del universo narrativo. Eso significa sumar, trabajar participativamente, conectar disciplinas y técnicas de análisis narrativas, hallar nuevas conexiones y saber marcar las diferencias; trabajar transmediáticamente, también, dado que el conjunto de objetos, así lo requiere.

Si no, explíquenme cómo vamos a reunir y comprender la narración, expresada con la retórica de la imagen, el dibujo, la música, el cuerpo, y la letra impresa, que encontramos en un abanico, un ex libris, un azulejo, una canción, una danza y un libro que muestran, sobre sus muy diferentes soportes, una escena de don Quijote.

Para quien quiera comenzar a hacerse una idea inicial de lo que implica el fenómeno transmedia, recomiendo el libro reciente de Carlos Scolari, Narrativas transmedia. Cuando todos los medios cuentan. Buen provecho.

Anuncios

Perdiendo el hilo: La hiperlectura y el desconcierto de los lectores des(con)centrados

>

En el articulo del blog Literatura electrónica titulado Nietzsche cambió, ¿cambiaremos nosotros?, Juan José Díez se hace eco de un artículo de Nicholas Carr publicado en The Atlantic en el que su autor muestra su perplejidad ante la lectura desconcentrada con la que se enfrenta al leer un libro o un artículo, y lo achaca al uso de la red, que crea una lucha interna para una mente tendente a divagar en la inmediatez y multiplicidad de información que provee la pantalla, y que halla luego dificultades serias para encontrar su camino, pues básicamente pierde el hilo continuamente y como consecuencia final le impide leer en profundidad.

Haciendo honor al nombre de esta bitácora, querría hacer algunas reflexiones sobre este hilo perdido de la lectura que crea, especialmente en los que no son nativos digitales, la legítima incertidumbre de si se agotará la posibilidad de una lectura dilatada y en profundidad del texto. El propio Carr disecciona muy bien el papel que algunas tecnologías anteriores han supuesto para el modo de pensar nuestra actividad en nuestras vidas (como el reloj mecánico, que nos modifica algunas actividades naturales para supeditarlas a una programación matemática). El paso a la escritura, como recordaba Sócrates en el Fedro, haría perder la auténtica sabiduría, ya que nuestra mente dejaría el conocimiento muerto en un material externo y ajeno a nuestras operaciones mentales. Carr reconoce que Sócrates no supo ver las virtudes de la escritura, a pesar de tener unas buenas razones, y que quizás él mismo tenga ese problema con la lectura hipermedia. El artículo no es baladí, porque se pregunta en última instancia por esa sistematización de información a la que aspira Google tras los pasos de generar una poderosa inteligencia artificial, en la que el sistema puede con el individuo.

Desde luego, la recurrencia constante a este sistema inmediato y ubicuo de búsquedas está centrando la actividad informativa e investigadora de media humanidad, y la multiplicidad de enlaces entre los propios múltiples resultados que nos ofrece parecen crear un galimatías estupendo en el que todo distrae de todo, porque no hay un centro constante, sino un constante re-centramiento en cada nueva pieza informativa. En cierta manera, si le robamos la ansiedad que esto produce a un lector tradicional que busca seguir un hilo determinado y es no obstante atrapado por una red de fascinantes y nunca vistas sugerencias, jamás he asistido a la idea de contemplación absoluta de una manera tan singular. Y sé que el significado de “contemplar” implica “poner la atención” en algo. Pero, ¿en qué ponemos la atención cuando esta es tan intensa porque cambia constantemente de objeto?

En el reciente documental de PBS Digital Nation, se plantea, por un lado, que los chicos multitarea de Stanford sobrestiman su eficiencia, eficiencia que no corroboran los resultados de concentración que les han hecho. Por otra parte, escáneres cerebrales en UCLA muestran la mayor participación de áreas cerebrales al navegar por internet -Google-, frente a la actividad de la lectura tradicional, que activa menos áreas. Especialmente, la navegación catapulta las áreas de decisión, que se asocian normalmente con el ejercicio de la inteligencia. Desde luego, mayor uso cerebral no implica mayor atención a un objeto, pero sí indica una actividad asociativa mayor (¿pero esta toma de decisiones es suficientemente consistente, in-formada?). En el documental se dice también que los chicos sólo leen resúmenes de los libros (creo que esa es actividad pre-digital, me temo) y, de especial interés es la detección, por parte de sus profesores, de que los ensayos los escriben fragmentadamente, debido a sus múltiples tareas, algo así como reincidiendo en el mismo punto en cada párrafo. Seguimos teniendo mucha confusión sobre la interpretación de estos efectos.

Sin duda, la afirmación de Maryann Wolf -citada por Carr- de que no somos sólo lo que leemos, sino el modo en que leemos, parece el quid de la cuestión en esta trama. Como a Nietzsche con su tardía máquina de escribir, que le condujo a una forma telegráfica y aforística de escritura, el hipermedia nos lleva a otro modo de escribir, de expresarnos y, por tanto, de pensar. Toda retórica es una técnica comunicativa, y como técnica debe aprenderse y aprehenderse para que funcione adecuadamente. Tanto para nativos como para no nativos digitales se produce la dificultad de abordar una técnica de comunicación diferente de la aprehendida (los primeros se aburren con un solo y largo texto de Tolstoi, los segundos contrastan abrumados esta experiencia con la fragmentación asombrosa y parcelación del texto en cápsulas informativas des-hiladas). Quizás el modo en que leemos nos distrae por lo que somos.

Sin embargo, pensemos que la distracción lectora (en el sentido de leer fragmentariamente una novela, por ejemplo) no es ajeno a la experiencia lectora en sí. Cualquier lector tradicional reconocerá, que salvo placenteras excepciones, en muchas ocasiones ha debido leer un libro sin hacerlo de un tirón. Es más, entre un capítulo y otro posiblemente haya debido ir al trabajo, ayudar a los niños, hablar con su pareja, salir con los amigos, lavar la ropa, cocinar, arreglar unos asuntos, y cuántas cosas más. ¿No es la vida una auténtica distracción de la lectura? ¿Nos falta por ello profundidad en la lectura? La monja sor Juana Inés de la Cruz decidió entrar en el convento para poder leer y escribir, y aún así se quejaba de una falta de concentración y continuidad debido a las tareas monásticas y la irrupción de sus compañeras durante los momentos de asueto que ella dedicaba al estudio.

Tampoco hay mucha duda cuando los aficionados a los juegos pasan horas inmersos en la experiencia lúdica, o cuando vemos una película, no hay distracción alguna salvo lo comentado. ¿Qué pasa entonces con la lectura, entonces? La literatura, como las noticias o las películas o los juegos, tiene sus lugares. Ha estado en el códice hasta hace nada. Y está allí para muchos todavía. Pero la literatura no termina de encontrar su lugar en este frenetismo de la digitalización. Un artículo reciente en un blog deduce que los intentos de editar libros con videos y enlaces (el vook) es más bien una cuestión de mercado que de mejoras o enriquecimiento en la lectura, y decide su autor quedarse con el libro (el book), porque quien quiera leerlo, sin que le deje de gustar ver un video sobre el asunto, lo que le interesa es la lectura del libro en sí, con lo cual un libro tradicional, o en su defecto un dispositivo de libro electrónico es lo correcto ahora mismo (eso sí, con precios más bajos por título).

Y es cierto que, a mi parecer, Vook tiene ediciones superfluas. Paseando el otro día por algunas previsualizaciones de los clásicos que tienen para web (la version para iPad parece más ordenada y coherente), existe la opción de ver en la misma página un video y el texto, e incluso el texto sobre el video, lo cual no es ya un ejercicio de multitarea, es una superposición imposible de lecturas (audiovisual con alguien hablando sobre el libro, y la tipográfica con un texto a descifrar). Por supuesto, existe la opción de ver sólo el texto, pero entonces ya no veo el interés de ninguna edición enriquecida. También es posible quedarse con los clips de video e ignorar el texto. No hay un claro objetivo editorial, una integración coherente de los materiales, y los enlaces que añaden en el texto, salvo alguno realmente pertinente, llevan a una página de diccionario externa y ajena a la editorial donde se explica la palabra enlazada, con un criterio muy aleatorio y chapucero desde el punto de vista editorial y digital, ya que existen actualmente formas de insertar diccionarios para todo el texto sin necesidad de hacerlos pasar por enlaces que van a enriquecer tu lectura de una manera multimedia y pertinente. Así, cualquiera pierde el hilo de una lectura, mal cercenada en su propósito.

Sin duda, lo que hace falta es una coherencia para todo ello. Que el hipertexto pueda ser infinito, como un cuento de Borges (que se escudaba irónicamente tras los propios espejos y laberintos de imágenes y palabras que fabricaba y con los que enredaba maravillosamente a los lectores), es una idea que sólo tiene sentido si la entendemos como una oportunidad de organizarnos a placer y a necesidad al mismo tiempo, y no como una invitación a la locura y la dispraxia de contenidos. ¿Cómo no voy a saltar de una cosa a otra, a veces sin ton ni son, si Google en estos momentos, lanza sugerencias, centelleos, hace casi poseía vanguardista conectando algorítmicamente fragmentos a veces asociados y otras completamente disociados para el placer de nuestra curiosidad? Digamos que esa es una parte de la lectura, la superficial, la que nos asusta porque la confundimos con otra lectura paralela que nos permite el hipermedia: la lectura superficial que ha tenido lugar como experiencia interactiva, como performance o happening sobre la pantalla, exige una respuesta, una actitud, una acción, por ejemplo compartiéndola en una red social, comentándola en otra red social, ordenándola en una cuenta propia de citas digitales, respondiéndola en una bitácora. esto exige saber donde dispongo ese fragmento leído, con quién y qué lo asocio, dónde lo clasifico, y con quién quiero confrontarlo. Creo que esta actividad- con su toma de decisiones- permite sedimentar, en un proceso continuo, esas lecturas fragmentadas, y a partir de ahí se procede hacia la profundidad, al conocimiento. Pero esto no es posible si confundimos búsquedas con lecturas, aunque aparentemente se den simultáneamente. En realidad, quizás es eso lo que nos distrae. Por ello también pienso que las visitas, el itinerario realizado, no puede ser cualquiera, y ahí es donde la multitarea y sus efectos negativos hasta la fecha pueden quedar mitigados, porque la atención ahora es capaz de sumergirse en un objetivo concreto, en un camino que, con su riqueza y variedad de inmediatez nunca vistas hasta ahora, el cerebro aprende a discernir, a aparcar, a relegar información pertinente pero no urgente, y a recolectar en el camino aquello que realmente le interesa. Siguiendo el hilo. Ese trabajo de gestión permite al mismo tiempo diferentes recorridos para diferentes lectores, pero para todos una lectura concentrada. Y la fragmentación no importará si las conexiones se eligen sin perder el hilo, es más, siguiendo varios hilos incluso, pero atentos a lo que hacemos. Es, simplemente, convertirse en un Ulises que no sólo no se deja llevar por el canto de sirenas, sino que además es capaz de aprehender sus cantos. Pero ser un héroe resulta difícil. Desde luego necesitamos desarrollar y ejercitar técnicas para aprender a leer así, y las propias búsquedas, etiquetaciones, enlaces, deben ir mejorando: es un problema, por curioso que parezca, de usabilidad. El libro no nos distrae porque conocemos su técnica de lectura y porque su compaginación y diseño ayudan a no perderse una vez conocida la técnica. Pero recuerden el video del monje medieval que no sabe manejar bien un códice y su mecanismo de acceso a la lectura. Está más preocupado de cómo acceder a la información que de qué puede aprender en el libro.

En resumidas cuentas, el problema de la fragmentación textual y la ausencia de concentración junto con la profundización en la lectura podría plantearse así, a mi modo de ver:

 

  • Queremos aprehender una lectura hipermedia con una técnica de lectura que no nos sirve porque es para otro soporte y otra retórica, y eso nos confunde y distrae. No leemos como somos.
  • Precisamos entonces de una técnica hipermedia de lectura que hile precisamente los fragmentos y nos lleve a lo que queramos leer, no a lo que nos tiente sin más el diseño realizado por Google hasta este momento.
  • Con ello podremos definir lugares, espacios acordes para la literatura, donde sea a la vez grata y enriquecedora la (experiencia de) lectura de una novela decimonónica, pongamos por caso, sin que la fragmentación y las distintas posibilidades hipermedia anejas a ella impliquen necesariamente una interrupción, una distracción casi aleatoria. No será una lectura lineal de la novela, pero será una lectura inmersiva y coherente, que usará su texto, a la par que rica en conexiones, intervención de los lectores, etc. Y por supuesto, dará la opción (pero no en forma de frenética huida hacia delante, como ahora mismo son las búsquedas en la red) de salir o abandonar, o leer sólo una parte de la historia (creo que saltarse páginas siempre ha estado permitido).
  • Sólo después esa aleatoridad salvaje de enlaces tan sugerentes como dispares, que nos permiten acceder en la superficie de otras muchas relaciones o documentos impensados por descubrir, tendrá un sentido mayor, y puede complementar de manera sorprendente y brillante nuestra lectura, ahora sí, profunda.

La longitud de este artículo habrá eliminado a estas alturas a aquellos lectores que hayan perdido ya su poder de concentración sobre tanto párrafo continuo, y aunque he eliminado algunos enlaces para evitarlo y he dejado otros para ver si acaban leyendo a

Platón

o

Borges

en vez de a mí, me sirve también para dar un gusto al lector contemplativo más tradicional, y demostrar que a pesar de todo supo dejar mis fuentes a un lado y llegó hasta aquí, aunque haya anotado e incluso visitad
o varios artículos de su interés o incluso los haya intercalado en la lectura. Lo importante es que el lector quiso llegar en su camino hasta este lugar del texto (incluso quizá saltándose párrafos). De todos modos, sin ser este en absoluto un modelo de texto organizado realmente como el que propongo, sí representa la lectura concentrada que se crearía si no formásemos enlaces que distraigan inútilmente, si supiéramos que algunos enlaces son fuentes y otros ampliaciones, si reconocemos que pondremos un orden para revisar unos y otros en diversos momentos, asociándolos con este interés por descubrir el secreto de la lectura fragmentada y la concentración digital: ahí radica la auténtica multitarea bien enfocada. Muchas buenas bitácoras navegan ya en ese equilibrio y han hallado en sí mismas un puerto, un lugar para pequeños ensayos hipermedia concisos, profundos, bien informados y magníficamente enriquecidos con enlaces pertinentes y sorprendentes. Si la multitarea de los jóvenes se educa para que haciendo veinte consultas lleguen a materiales sobre un aspecto concreto, ellos mismos encontrarán el resto de hilos para desarrollar en sus cabezas una nueva natividad de la comunicación. Podrán sentir el tapiz creado por un autor y aún tapices más complejos que apenas percibimos hoy.

Después de todo esto, quizá todavía les pase a los lectores como a un amigo de Nicholas Carr, que dice que ya no es capaz de leer

Guerra y Paz

porque ha perdido esa capacidad. En realidad no ha perdido una capacidad, ha perdido una habilidad, la de una técnica de lectura y acceso al conocimiento que se ha sustituido por otra. La cuestión radica en que, si bien podemos optar por educar en la lectura tradicional a los nativos digitales o abandonar nosotros las sirenas tentadoras de la red, la otra opción, que necesita investigarse y practicarse con seriedad y cierto desafío intelectual y creativo, implica que no hay ni un modelo ni una herramienta

ad hoc

-una forma de hiperedición, un lugar para la ficción impresa- de

Guerra y paz

que responda a la nueva técnica de lectura en la que todos estamos cayendo con admiración, placer, terror, sorpresa y mucho despiste.

 

Diarios, género epistolar y bitácoras digitales

Leo en Librosfera que el Quadern Gris de Josep Pla comienza a ser publicado . El articulillo reseña también la existencia ya comprobada de ediciones anglosajonas similares de otros textos de género epistolar.

La edición de Pla, por supuesto en su idioma original, cuenta con algunas ideas interesantes. En primer lugar, los editores han decidido publicar lo textos 90 años después de las fechas usadas en el diario. De tal forma, que habiendo comenzado en marzo, la enrada del 18 de marzo, tal día como hoy, hace 90 años, se publica la del 18 de marzo de 1918. Lo cual no deja de ser un detalle de homenaje editorial y literario al texto de origen. por otro lado, se etiquetan los artículos por medio de categorías temáticas (en referencia a temas generales, familia, geografía, lecturas, moral, personajes y religión). Esto permitirá recoger una lectura trasversal del Quadern si elegimos cualquiera de los temas ofrecidos. Una segunda lectura es la que puede hacerse a través del archivo de entradas, por medio del calendario, al elegir fechas concretas. De este modo tan sencillo, un diario que nunca fue pensado para un soporte como el de una bitácora electrónica, se adecúa perfectamente al nuevo medio, y el lector puede aprovechar a la perfección algunas de sus ventajas para realizar lecturas trasversales, así como una búsqueda automática por cualquier tipo de palabra.

Un elemento importantísimo, finalmente, es la posibilidad que toda bitácora permite, para dejar comentarios a cualquiera de las epístolas. Porque aquí es cuando se cumple la auténtica función epistolar, la respuesta del destinatario. Noventa años después, los lectores de Pla pueden callar si quieren, pero pueden responder ante los demás lectores al propio Pla. Algunos artículos suscitan una recepción muy activa, con respuestas que se dirigen al propio Pla como un amigo al que se conoce; en otras se comenta o interpreta lo que el texto dice. En otras aparece la perplejidad inmediata del mundo del lector con el de Pla. Así, desde la crítica literaria más tradicional a la que pasa por ponerse en el lugar de la ficción para responder literariamente, las posibilidades son variadas.

Querría comentar algo tamibén sobre otra iniciativa editorial, esta vez en inglés: la edición del Werther de Goethe a través de una lista de correo. Al suscribirse, el lector recibe en su correo las cartas que el joven Werther envía a su destinatario en el libro, que no es otro que su amigo Wilhelm dentro de la ficción, y el lector mismo al otro lado del espejo. El lector cumple en la versión electrónica un aún más explícito papel de amigo de Werther, ya que los emilios van dirigidos al propio nombre. Así, recibida efectivamente la carta en nuestro correo electrónico, tal y como en su correo tradicional las recibió el amigo de Werther, cumplimos en la praxis de nuestra realidad con el medio comunicador que la novela representa, actualizamos de manera literal ese medio, desde el que podemos y debemos mantener un relación epistolar con el joven Werther, y responder a sus cartas, que son publicadas en el sitio web de la edición. Se nos permite completar como lectores la novela -desde nuestro lado del espejo- tras las lecturas, de nuevo permitiendo la crítica lectora o la respuesta desde la inmersión aún en la ficción. ¿Qué le aconsejaría un lector actual al joven Werther, que nos desvela sus cuitas? La conversación con el clásico de Goethe parece asegurada, nuestra comunidad de lectores en conversación con el texto. Podemos comprobarlo allí mismo. De esta manera brillantemente sencilla surge la edición electrónica de un texto epistolar, que nos permite leer de una manera tan reflexiva como siempre se lee el Werther, pero con un añadido de interacción -de actuación- mucho mayor, que quizás haga por nuestra nueva lectura más de lo que pensamos.

Por último, las cartas del soldado William Henry Bonser Lamin, en la Primera Gran Guerra, van a parar a otro blog. En él, además, el perfil de este soldado que las redacta se puede consultar como si él mismo se hubiese dado de alta en la bitácora. Lo demás, sigue en la misma línea del archivo de calendario y la sincronía de fechas en lo posible (aunque pienso que en general se podrían poner simplemente las originales).

Últimamente no dejo de pensar en el texto literario, por un lado, como ese engranaje de piezas retóricas y gramaticales que se engarzan unas a otras, como unidades de sentido pequeñas según la definición de lexia de Barthes, y sobre todo como base de datos, con esas lexias relacionándose entre sí a través de nuestro mundo semántico digital. El mundo de los diarios y obras epistolares es un evidente e interesante campo para comenzar el trasvase de la literatura del libro a la literatura del computador, ya que son textos de unidades pequeñas y mantienen una cierta independencia o autonomía entre sí, lo cual los acerca al mundo del texto encapsulado digital. En ese sentido, ya la información enciclopédica tiene un lugar bien definido en lo digital, como lo demuestra la wikipedia, sin ir más lejos. Lo mismo empieza a suceder con la información de actualidad -tanto general como temática-, lo demuestra el crecimiento y presencia de los periódicos digitales y las páginas temáticas. poco a poco le toca el turno al resto de documentación científica, y por último a la literatura, quizás uno de los campos más controvertidos para realizar el trasvase, ya que no queremos leer con puras búsquedas aleatorias, o funcionar por concordancias -no todos queremos ser filólogos-, sino que buscamos posibilidades de lectura -narrativamente hablando- atractivas y nuevas, adaptadas al medio digital. Los sencillos ejemplos que he comentado, por sencillos no dejan de ser trabajos bien hechos, que incluso más adelante podrían verse ampliados y mejorados con nuevas propuestas de etiquetado para permitir una mayor cantidad de lecturas trasversales, o la ampliación o conexión de la información contenida en los artículos con otros materiales gráficos, sonoros, visuales, presentes en este u otros lugares de la red.

Alciato, emblema 106: Hipertexto, o la pasión más poderosa

Esta muestra de edición hipertetxual de un emblema realizada por Álvaro Llosa en 2005 permite ver cómo pueden existir distintas formas de entender o mostrar la hipertextualidad -según unos criterios de sentido con la obra- a la hora de adaptar un texto clásico destinado originalmente a su publicación en formato de libro tradicional.