La edición digital de la ficción impresa

DHD 2013

En este año que se celebra por vez primera el Día de las Humanidades Digitales en español, me gustaría aportar una reflexión sobre el futuro de las ediciones impresas una vez que dejan de serlo y pasan a ser experiencias digitales. Es decir, en qué modo y medida el canon impreso –y lo no canónico también– puede digitalizarse y cómo se hace –o aún no se hace. Por resumir el problema, la tendencia actual con que las humanidades digitales enfocan esta cuestión es sobre todo desde la investigación filológica, catalogando, etiquetando textos antiguos para su consulta exclusiva por especialistas, lo cual es un trabajo muy necesario pero insuficiente cuando pensamos en un público lector más amplio. Por ello, estas ediciones son muy complicadas de leer para el lector no especialista, para el que no es investigador nato. No tienen una estructura narrativa adecuada porque están pensadas para el análisis. Sin duda, hay un aspecto editorial que se está descuidando, quizás porque también depende de un mercado editorial aún no dispuesto a aventurar ediciones de calidad y divulgativas de muchos textos clásicos, como ha venido haciendo la tradición impresa del siglo XX a través de colecciones específicas de editoriales señeras como Castalia, Cátedra o Espasa-Calpe. ¿Qué ha pasado en el mercado digital con esta labor de difusión, de ediciones didácticas, accesibles a un público escolar y ampliamente culto o interesado? Ni siquiera con el despegue de los libros electrónicos y sus múltiples aparatos lectores de los últimos años parece que exista siquiera una mera transposición de estas ediciones al nuevo formato si no es por aficionados. En todo caso, la biblioteca Cervantes Virtual sí ha digitalizado extensivamente, a veces con calidad desigual por la rapidez de su crecimiento,  numerosas obras, y las pone a disposición de un amplio público que puede leerlas en formatos estándares: muchas de ellas se basan ya en ediciones impresas anteriores,  re-anotadas mediante el uso ahora de enlaces. Sin embargo, si bien se consideran ediciones digitalizadas, no alcanzan a ser ediciones digitales propiamente, que sería el próximo paso que dar.

Hipergutenberiana

Siguiendo algunos puntos de una presentación que nunca tuvo lugar pero que preparé en 2010, opino que en estos momentos una edición digital del tipo que sea debe basarse en mayor o menor medida en la adecuación del texto original impreso a cuatro elementos que definen hoy la interacción que se produce en las prácticas de lectura anejas a la retórica digital: secuencialidad, espacialidad, multimodalidad, intercambio social. El primero nos plantea cómo restructurar la página en un universo de pantallas. Por ejemplo, si yo ahora mismo tuviera una editorial digital de clásicos en marcha, sin duda empezaría por editar epistolarios aprovechando el formato de los blogs, en los cuales se adecua muy bien el tiempo del post y el tiempo narrativo de la epístola: la etiquetación de las diferentes epístolas o unidades me permitiría además crear otras rutas de lectura a través del epistolario, cuya secuencialidad decide en parte el lector gracias a la estructura editorial rediseñada por el especialista filólogo en colaboración con las herramientas editoriales que le dispensan (el blog mismo, por ejemplo, con sus diferentes opciones de presentar la información). Hay un magnífico ejemplo en catalán con la edición del diario de Jusep Pla.

Quadern Gris, de Jusep Pla

En segundo lugar, este tipo de secuencialidad líquida o blanda puede convertirse en un caos si no se organiza adecuadamente, ya que nos ofrece una espacialidad del texto distinta –como en 3D–, puesto que los accesos al texto son múltiples, de tal forma que podemos entrar al epistolario cronológicamente, pero también temáticamente, y en el orden u órdenes que la edición nos permita, lo cual hace la estructura de la narración más flexible en su práctica lectora. Una buena edición ha de permitir, sobre todo, un acceso intuitivo, user-friendly, pero sobre todo debe responder a la lógica de la narración, que está formada por secuencias conectadas y topos o lugares de acceso a ellas. Es posible leer Los viajes de Marco Polo sobre un mapa. Por lo tanto, para lograr una lectura inmersiva es necesario crear un buen mapa de esa narración, con los elementos o etiquetas o mapas (incluso visuales, no solo verbales) adecuados a la topografía del relato, que sobre todo el buen lector atento, el filólogo, conoce como especialista. Por eso para que esa lectura resulte tan flexible como bien hecha hace falta un especialista que mire a su público y a un editor que provea de la tecnología adecuada para realizarlo.

Los viajes de Marco Polo

En tercer lugar, la multimodalidad nos permite rediseñar la capacidad de anotar y acompañar el texto impreso con múltiples recursos multimedia que hagan de la lectura una experiencia multimodal, en la que los sentidos disfrutan complementariamente el texto con otros artefactos culturales ligados a él (imágenes estáticas, videos, música y voz), todos relativos a esa red de sugerencias que contiene todo texto. Ahí la vieja anotación a pie de página puede reconvertirse en algo distinto y adquirir auténtico protagonismo de diálogo entrelazado con el texto original, demostrando que la cultura es un diálogo a través del tiempo y de las formas. La historia es un universo ficcional, un historiverso.

Gran Gatsby música

En cuarto lugar, si bien la lectura de los dos últimos siglos se ha extendido como una solitaria en una habitación propia, el mundo de las redes sociales ha llegado para poder compartir con grupos afines lecturas afines, independientemente de la distancia. La edición digital debe ser social en ese sentido, incluso debe editarse en algunos casos mediante el uso de redes sociales para que los lectores se sumerjan literalmente en el texto y formen parte indisoluble de su tejido. El lector no es solo parte de un club de lectura, es también parte de esa lectura.

Ramón Gomez de la Serna Twitter

Me parece importante abordar esta tarea cuanto antes, e impulsar profesionalmente la edición de textos literarios a través de herramientas digitales cotidianas que ya forman parte de nuestra vida de lectura digital en otros géneros y ámbitos (el periodismo, por ejemplo). Sin duda, no es barato y hace falta cierta infraestructura y mucho trabajo en equipo (filólogos, documentalistas, informáticos y editores solo para empezar). Deberían nacer o renacer editoriales capaces de facilitar al filólogo e historiador literario herramientas adecuadas, y potenciar así un renacer del tecnofilólogo, que con todo su saber, es capaz de crear ediciones útiles y legibles para un público más amplio.

Raymon Chandler Facebook

No debería ser hoy una extrañeza, sino una establecida costumbre, que un filólogo tuviera adscritos un par de autores cuyos perfiles de Facebook o Twitter atendiera, alimentara y dinamizara, colocando citas, enlazando sugerencias bibliográficas, liderando discusiones, mostrando la actualidad de hoy con la del ayer, y recabando de los lectores posibles formas de editar tal o cual texto de tal o cual manera digitalmente, o, incluso mejor, de una manera transmedia  (pero ese es otro tema que queda para otro día). Que, en colaboración con otros especialistas en el autor, reuniera colecciones visuales en torno a las obras (ilustraciones, portadas, fotografías biográficas del autor, grabados) en repositorios populares como Pinterest (o Flickr), ligados a sus temas, sus citas textuales, y funcionaran como otras entradas a la obra y su autor y su época y la historia de sus ediciones. Que publicara y discutiera obras en el formato blog y en otros que están por crearse. Que todo ello estuviera integrado en una edición viva y proteica, continua.

En fin, que de la digitalización del texto impreso pasemos a la edición digital profesional para el público lector.

P.S. En julio presentaré algunas de estas ideas en el Congreso sobre Humanidades Digitales que tendrá lugar en A Coruña. Allí discutiremos  la estructuración de una edición del Total de greguerías de Ramón Gómez de la Serna de acuerdo a estos principios generales que acabo de comentar.

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Cuando Ramón Gómez de la Serna se volvió un fan de Twitter

Total de grguerias, edición de 1962

Tomo de bolsillo de 1592 páginas en papel biblia, editado por Aguilar en 1962, que contienen las que calculo más de 10.000 greguerías y unas 300 ilustraciones del autor.

El pasado 1 de febrero tuve la oportunidad de presentar en Union College (Schenectady, NY) un proyecto que comenzó en 2010 y del que sigo pendiente a ratos a pesar de algunas interrupciones largas. El objetivo central del mismo, titulado Total de Greguerías, es una edición digital de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, cuya recopilación fue realizada por el autor, con una introducción retrospectiva de su relación con el género, en 1955. La idea, basada en una suerte de textualteridad, de trasvase del libro hasta una base de datos con forma de blog, busca no solo crear un edición en vivo –cada día una greguería, de las más de 10.000 que jalonan el libro–, sino crear una comunidad de lectores para hacer de la experiencia una lectura social –a través de la difusión de greguerías y otras informaciones relativas a ellas y Ramón– en twitter, facebook y flickr.

Total de greguerías, edición de 1962

Retrato de Ramón y portada del Total de greguerías en la edición de Aguilar, 1962.

Hay varios aspectos relevantes, en mi opinión: el perfil del blog y las redes sociales llevan los datos reales de su autor, como si él mismo fuese el editor, lo cual acerca su personalidad a los lectores digitales; otro es la posibilidad de añadir frases e informaciones, enlaces a materiales sobre el autor para mantener vivas las redes sociales; un tercero es la posibilidad para el público de dejar repuestas a Ramón mismo en el blog y las redes sociales, iniciar discusiones, y la posibilidad de agradecer personalmente con retweets a las greguerías o informaciones que otros lectores están aportando en estas redes; y por último, hay un aspecto multimodal que además invita a expandir el universo de las greguerías generando una cultura participativa enriquecedora de la edición: algunas fueron también dibujadas por el propio Ramón, y la recolección en un muro de imágenes coral en el servicio Flickr ha permitido que otros usuarios se sumen a la iniciativa y aporten sus greguerías fotográficas, al impulso de metáfora humorística iniciada por el autor. Nada de ello colisiona, además, con la preservación del texto original, sino todo lo contrario: potencia sus cualidades y expande su universo literario. El editor se convierte en testaferro del autor, y sin duda, en un gestor de contenidos literario, que da sentido y organiza la actividad literaria de todo tipo –texto, enlaces, etc.– en torno al universo creativo de su autor. Todo ello, para mí, en su combinación, forma parte indispensable de una edición digital del aquí y ahora, y un ejemplo de cómo las humanidades digitales, aunadas al afán de difusión pública, pueden constituir un servicio que crea puentes de comunicación literaria de gran calidad, profesionales, eficaces, y aptas para el disfrute de un público digital variado.

Dejo aquí la presentación, con la intervención en inglés, que pronto verá, espero, una versión en español publicada en forma de artículo.

Otra mirada sobre el editor y su papel

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“¿Qué estáis leyendo? Palabras, palabras, todo palabras” (Hamlet)

“el trabajo del editor tal y como yo lo concibo, que es el trabajo con la palabra” (Jaume Vallcorba)


“muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben” (Lázaro de Tormes)

La lectura –no en papel– de la conferencia que hoy Jaume Vallcorba ofrecía en el encuentro zaragozano de la encrucijada editorial iberoamericana titulado Otra mirada (canal #otramirada en twitter) me hace reflexionar sobre la misma pasión –la de la palabra– que comparto, y la tarea u oficio de editar –que me encantaría compartir al nivel que ha demostrado este profesional hasta ahora.

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Investigación en las nubes

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(Foto: Ian Muttoo

Estimado decano de facultad:

Le escribo para expresar la necesidad de un cambio en el modo en que los investigadores deseamos desarrollar nuestros proyectos de investigación y la forma en que deseamos compartir y hacer público nuestro conocimiento, especialmente en las áreas de humanidades.

Para comenzar, nos negamos a escribir libros, tal como Ud. los entiende y la universidad lo ha demandado hasta ahora. Con las actuales herramientas de que disponemos (y el libro es una de ellas, lo sé) no podemos permitirnos el lujo de publicar libros al uso, de esos que aparecen impresos dos años después de haber sido escritos y revisados. La realidad es que tales libros quedan viejos en cuanto los entregamos, porque los investigadores nos dedicamos a investigar, y una semana después tenemos nuevos materiales y matices que añadir al libro, lo cual se vuelve impracticable cuando está en imprenta. El libro siempre ha representado un estadio de conocimiento dentro de una línea investigadora, un momento concreto, pero hasta cierto punto aleatorio, de nuestro propio estado investigador. Por ello nos negamos a escribir más libros, o hitos de papel y tinta. Ya no es necesario restringirnos a estos términos en una sociedad donde la información ha alcanzado una fluidez mucho mayor, y en la que los investigadores somos capaces de gestionarla mucho mejor.

Por eso, queremos pedir una infraestructura tecnológica muy diferente por parte de la universidad y su departamento de publicaciones. Normalmente, los investigadores llevamos adelante dos o tres líneas de trabajo investigador. En esas líneas desarrollamos pequeños núcleos de análisis en torno a algunos problemas concretos, al mismo tiempo que acostumbramos a delinear el marco general en el que nos situamos y donde ubicamos las investigaciones de otros colegas. Es decir, la universidad sólo debe aprobarnos esas líneas de investigación otorgándonos un espacio tecnológico apropiado para desarrollar y exponer cada una de ellas. Trabajamos siempre con proyectos que se amplían y generan novedades continuamente. Por lo tanto, necesitamos un espacio donde mostrar de una manera dinámica no sólo los resultados (¿hay algún resultado definitivo alguna vez?) sino el proceso de nuestras investigaciones, con capacidad para poder compartirlo con nuestro público (otros colegas, estudiantes, interesados) de una manera continua e interactiva. Esto implica, que toda la tecnología 2.0 actual, el uso de lo más avanzado en wiki, blog, multimedia y redes sociales debería estar a nuestra disposición para mantener vivas y abiertas nuestras líneas de investigación, en las que el investigador pueda decidir cuándo publicar un resultado tal como él lo concibe, y en las que los proyectos se retroalimenten con la interacción de otros especialistas y, por qué no, otros públicos no necesariamente académicos.

A menudo descubro nuevos materiales cada semana, y estos nuevos materiales forman parte de un puzzle que está en mi cabeza y voy construyendo, pieza a pieza. Debería tener la oportunidad de incorporar inmediatamente y de manera pública esta pieza al puzzle de mi línea investigadora, de forma que pueda recibir una respuesta lectora en cualquier momento. Y poder hacer lo mismo con otros colegas o interesados. Los investigadores no investigamos para nosotros mismos, aunque pueda ser un placer hacerlo, sino que lo hacemos también para aportar un conocimiento (y su divulgación) dentro de una vasta red de conocimientos comunes con las que concebimos el mundo, un repositorio colectivo que ahora se llama red de redes. El conocimiento se entiende y acepta ahora más que nunca como participación en esa imago mundi, y la manera de participar en ella se fundamenta en la fluidez de la comunicación de nuestras ideas, descubrimientos, tanteos.

No importa que mi libro crezca diariamente, que cambie cada semana, todos aprendemos algo cada día y por tanto el mundo no está quieto para nadie. Como investigador, no temo a contradecirme, a retroceder un día, a avanzar otro, porque a menudo la contradicción me ha llevado a donde estoy.

De este modo, los investigadores obtendríamos numerosos beneficios: no sólo la fluidez en la exposición, aportación y comunicación de ideas, procesos, resultados, sino también la creación y pertenencia a una comunidad científica mejor conectada, y por tanto mejor comunidad. Los colegas podrán criticarme (positiva o negativamente) y por lo tanto, revisar o defender algunas de las ideas de manera mucho más efectiva y viva.

Por lo tanto, pedimos un espacio multimedia e interactivo donde podamos esquematizar, añadir, modificar, volver a recuperar, enlazar y experimentar cualquier tipo de información, y en el que podamos discutir, intercambiar y enlazar información propia y ajena (¿no se entiende lo propio desde lo ajeno?). No queremos publicar más libros, pero sí queremos mantener actualizados y abiertos al máximo posible nuestros proyectos. Publicaremos continuamente, porque continuamente investigamos y se reflejará así nuestra actividad colectiva constante de preguntarnos, contestarnos, relacionarnos, cuestionarnos, expresarnos, dilucidarnos, proponernos.

Queremos una herramienta que combine lo mejor de wiki + wordpress + twitter + facebook + google + prezi + flickr + youtube + delicious + citeulike + flowr + ustream + dropbox + rss + sync.in + wallwisher + pip.io + zotero + dipity. A algunos periodistas y otros profesionales ya les ofrecen paquetes básicos o, en su defecto, lo organizan por sí mismos en páginas personales. Pero en nuestro caso, si la universidad quiere seguir aportando conocimiento a la sociedad, y autorizarse en su labor universal, tiene la responsabilidad de innovar también, facilitando como renovada institución herramientas para el conocimiento a sus investigadores.

Y disculpe. Creo que en la lista he olvidado algún servicio 2.0, aunque se entiende fácilmente para qué voy a usar cada uno y todos en su conjunto. De todas formas, puedo explicárselo detalladamente en un informe distinto, si es necesario. ¿Se le ocurre algo más?

Atentamente le saluda,

un investigador.

PS. Parece que van llegando otras voces con peticiones similares.

Capitulando el medio digital. Longitud, novelas y el efecto Sherezade(II)

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“En ese momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.” (Las mil y una noches)

Charlie Stross nos recuerda en un artículo sobre la longitud de las novelas cómo los soportes ficcionales y su distribución al público informan y alteran la narración. Al comentar algunos momentos ilustrativos de la edición anglosajona desde la revolución industrial, rescata la conocida práctica de los folletines victorianos, en los que se distribuían, de forma seriada (capítulo por capítulo), novelas cuya longitud podía extenderse ampliamente según los planes del autor, el editor y el interés del público lector. Desde luego, cada capítulo se veía delimitado por la necesidad de imprimirse en el espacio de cada uno de los fascículos, para su posterior encuadernación. En la primera mitad del siglo XX, dice Stross que la novela de ciencia ficción, distribuida en revistas periódicas, permitía la inserción de historias cortas, y también la de novelas seriadas que no fueran tampoco muy largas (60.000 palabras) para no quitar valor al resto del contenido de la revista si la novela no resultaba del gusto de un número de lectores, y sólo por ello dejasen de comprarla. Se ofrecían así diferentes novelas cortas a lo largo de una temporada. Este género pasó en los 70-80 a las grandes superficies comerciales, coincidiendo con una temporada en la que debieron subirse los precios: para justificarlo ante el comprador, debían ofrecerse libros, sencillamente, más gordos, y con ello aumentó el número de páginas -no sólo jugando con el tamaño de la fuente, sino creciendo también en contenido. La llegada a los 90 presuponía al lector que debía esperar comprar novelas bastante largas. Muchas de ellas debieron dividirse en diferentes volúmenes, puesto que por razones de encuadernación, pero sobre todo de precio (el límite confirmado estaba en los 24 dólares), hicieron que cierta serie de libros preparada por Stross a principios de nuestro siglo hubo de ser reajustada a unidades de 300 páginas cada una, cuando él había pensado en bloques de unas 800 páginas. Sin duda, la unidad que él proyectaba no podía mantenerse intacta, puesto que era consciente de la necesidad de entretener al lector y ofrecerle los clímax adecuados a mitad de cada unidad y hacia el final de cada uno de los libros individualmente editados.

Esto me lleva a escribir hoy sobre cómo la ficción, y en concreto la novela, se ha transmitido de una forma más fragmentaria de lo que muchas veces somos conscientes, y cómo el orden retórico que parece más apropiado para el medio digital, en una suerte de fragmentación de contenidos, nos ofrece ya una vuelta de tuerca al pasado al darnos un acceso serializado a muchas de las ficciones del pasado y del presente.

Ya he comentado en otro lugar las técnicas editoriales manuscritas de la compilatio medievales y las copias a pecia de la Edad Moderna que permitían crear libros o antologías a partir de una selección de otros materiales, orientados no sólo al estudio sino también al entretenimiento, en una suerte de lectura fragmentada e interconectada por la intención del antologador. Nos recuerda el sabio Chartier que el nacimiento del pliego suelto en el Renacimiento, que evolucionará con la literatura de cordel hasta las narraciones truculentas del XIX, se inicia con la circulación numerosos romances en un solo pliego para su distribución más popular: estos romances eran fragmentos de episodios épicos medievales de mayor envergadura, fragmentos de una historia mayor compartida por la cultura colectiva. La distribución oral de mucho material impreso fue eminentemente fragmentaria: la lectura en grupo y en alta voz de capítulos y episodios de novelas famosas también era una actividad habitual en el Renacimiento y Barroco, e incluso una forma de socialización, por ejemplo, entre nobles, al crear sus círculos literarios. De ahí podemos llegar hasta las academias y tertulias decimonónicas, donde se discutían y se leían extractos de obras propias.

La fragmentación de nuestra lectura hipertextual ha promovido ya algunas iniciativas de edición seriada para narraciones de cierta longitud como las novelas. Comentaré dos de ellas, de similar factura. La primera de ellas la sostiene Jack Lemoine, que como lector parece querer compartir con otros algunas obras de la tradición. Su blog Literature Daily ofrece cada día un fragmento de una obra clásica diferente según el día de la semana, de forma que publica simultáneamente siete narraciones distintas -desde Homero a Twain, desde Kipling a Baum, pasando por las Mil y una noches. Todos ellos son textos de dominio público que él segmenta y publica ordenadamente, de forma que podemos recibirlos en nuestro correo o leer directamente en el blog cada episodio. Además, ha añadido -por medio del servicio odiogo.com– la opción de escuchar el fragmento -si bien es una máquina quien lo lee. Gracias a las etiquetas del menú, uno puede recuperar los fragmentos publicados hasta entonces de uno de los títulos. Desde luego, la fragmentación la impone el editor mismo, considerando que unos pocos párrafos son suficientes en cada emisión; su pericia debe ser la de seccionar también con un sentido de la lectura que permita cortar los episodios en momentos apropiados, y sin duda esto crea pequeños clímax no previstos nunca antes.

El otro servicio de lectura seriada es comercial, pero ofrece algunas lecturas gratuitas y un servicio más completo. Lleva un tiempo ya en marcha, se llama Dailylit y se puede seguir el libro que uno desee desde el principio, recibiéndolo vía rss o por correo. Los fragmentos son un poquito más largos, ellos calculan que el equivalente a unos cinco minutos de lectura, y su lectura puede distribuirse diariamente, tres días a la semana, o sólo en días de labor. Es irónico que no contemplan el fin de semana, por lo que relacionan -¡ay, anglosajones!- la lectura con nuestra rutina diaria de obligaciones profesionales (o quizás como el calculado descanso necesario pa
ra completar ese día de trabajo). Lo cierto es que después uno puede especificar también los días en los que se quiere recibir y el tamaño -hay tres- del fragmento diario. Además puede seleccionarse la hora en que uno desea recibir la lectura, y existe la posibilidad manual de solicitar más de un fragmento al instante, si por casualidad deseamos continuar con la historia inmediatamente.

La integración de esta forma de lectura seriada en nuestro entorno 2.0 sí me parece interesante, por muy sencilla que parezca la idea, puesto que nos permite empezar la serie cuando queramos -frente a la publicación seriada en masa victoriana- dado el tratamiento de paquetes de información con el que se considera el texto. La capitulación tradicional viene a rediseñarse aquí para el nuevo medio y su relación con el lector, lector que encuentra un servicio de recepción de su serial adaptado a sus intereses y situación, de una manera muy flexible. Si los fragmentos se editan con un cierto tino narrativo, buscando esos pequeños instantes en los que termina un pasaje o situación, en los que se percibe la intensidad de una nueva conversación, en los que una revelación, por mínima que sea, queda en el aire, entonces la fragmentación adquirirá un nuevo sentido y la lectura será exitosa. Al mismo tiempo, la longitud de una novela no es tan preocupante si la lectura se hace poco a poco pero disfrutando la intensidad en cada uno de sus fragmentos, y a su paso -como una red de pequeñas sugerencias deshilvanándose ante los ojos-, los fragmentos nos atraen hacia el total de la novela.

Desde luego, para muchos tomar un libro (electrónico o no) y abrirlo o cerrarlo cuando uno guste es menos complicado, pero piénsese también en el interés de la lectura seriada, dejando pasar un tiempo entre un momento de lectura y el siguiente, rumiándola mientras tanto la situación dejada, las palabras, reelaborando el texto consciente o inconscientemente mientras llega, en el siguiente correo, la solución ofrecida por el autor.

Esto se me antoja como editar considerando el efecto Sherezade, cuando la joven logra engarzar mil y una noches de relatos terminados y dejados a medio desarrollar para la siguiente noche, consiguiendo que el sultán no cumpla su promesa de matarla tras pasar la primera noche con ella, y encontrando en él, finalmente, un lector voraz, que consume trozo a trozo diversas historias, sin importar la longitud de las mismas, pero sí atento a sus clímax. La literatura al rescate de la vida. Y al rescate de historias por continuarse. Es curioso notar que esas Mil y una noches, de orígenes medievales (una gran compilatio de materiales ficcionales diversos del Oriente) sólo se descubren, y salen editadas con añadidos, en el siglo XVIII para Europa, a través de una traducción-reelaboración francesa, en doce volúmenes, pero no alcanzan gran popularidad hasta el siglo XIX, época de los grandes folletines y la lectura seriada.

Por ello, se me ocurre que, frente a las críticas de la fragmentación en la hiperlectura, debemos recordar por un lado que casi nunca leemos obras de un tirón -y entre lectura y lectura pasan muchas cosas diferentes en nuestras vidas diariamente-; y por otro, que esta fragmentación nos ayuda a detenernos mejor en un párrafo, a la posibilidad de leer con una mayor atención y ver la concentración de significados en el extracto propuesto, que meditaremos -o rumiaremos, como se hacía mediante la ruminatio del texto en el medievo- en su intensidad extractada. Esto sólo dependerá del ritmo de lectura, que hoy, probablemente por inconsciente ineptitud y ansia lectora ante un nuevo y fascinante medio, nos hace saltar de un lugar a otro, lo cual no es malo, pero sí lo es en cambio lo hacemos regurgitando, devorando fragmentos, sin rumiarlos apenas unos segundos, (con)fundiendo el tempo de navegación con nuestra lectura.

Stross vislumbra para el libro electrónico y su forma de distribución naciente tanto la posibilidad de volver a un renacimiento de las novelas en serie como, por otra parte, la posibilidad de venta de novelas de proporciones mastodónticas que forman una unidad, ya que el costo de producción sería muy similar puesto que el peso económico del archivo electrónico no es equivalente al peso -con sus gastos de encuadernación e impresión- del libro impreso. De hecho, algunos de los lectores de Stross dejan dicho en los comentarios a su artículo que leyeron alguna de sus novelas en formato electrónico sin saber muy bien la extensión real de la novela, pero que no les importó. La lectura seriada, tan explotada por la era de la industrialización dickensiana, podría reconvertirse en la sociedad 2.0 de la información en una lectura del texto cuyo tratamiento como paquetes de información narrativos podría constituir el comienzo de una lectura fragmentada con sentido, y paso a paso, conectada en modos diversos y tejedora de una red de lecturas cada vez más compleja pero no por ello menos consciente o profunda o concentrada.

El efecto Sherezade, con su encadenamiento fragmentado de relatos cortados, siempre por terminar y siempre por continuar, define y salva a su protagonista en la ficción frente al sultán Shahriar: a lo mejor la ficción tradicional se salva, una vez más, así, remediando a sus antecesores y aprendiendo de sí misma para perpetuarse reinventándose en otra metamorfosis.

Por cierto, Stross ve en parte sus ansias colmadas y el futuro hecho realidad, pues el propio equipo de Dailylit ha pensado en una antología de ciencia-ficción que distribuye seriadamente. Él no se considera un grandísimo autor, pero parece que sabe ver bien su oficio y su futuro.