Librinos. La nueva forma de leer

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Remediaciones, de la pantalla a la página. Un híbrido también entre el formato del códice-libro de bolsillo y el rollo antiguo de lectura vertical. Se deja de leer en dos páginas-columna para leer solo una más larga, que no se enrolla sobre sí misma pero se dobla sobre su eje. Económico, ultraportátil y de gran almacenamiento. Sin cables. Fácil, práctico, ecológico, alta tecnología, innovadores, se dice en la publicidad. ¿Cuánto cambia el libro impreso y cómo nos está cambiando la lectura en pantalla con su desplazamiento vertical y su almacenamiento ecológico y ultraportable?

Otra mirada sobre el editor y su papel

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“¿Qué estáis leyendo? Palabras, palabras, todo palabras” (Hamlet)

“el trabajo del editor tal y como yo lo concibo, que es el trabajo con la palabra” (Jaume Vallcorba)


“muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben” (Lázaro de Tormes)

La lectura –no en papel– de la conferencia que hoy Jaume Vallcorba ofrecía en el encuentro zaragozano de la encrucijada editorial iberoamericana titulado Otra mirada (canal #otramirada en twitter) me hace reflexionar sobre la misma pasión –la de la palabra– que comparto, y la tarea u oficio de editar –que me encantaría compartir al nivel que ha demostrado este profesional hasta ahora.

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Investigación en las nubes

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(Foto: Ian Muttoo

Estimado decano de facultad:

Le escribo para expresar la necesidad de un cambio en el modo en que los investigadores deseamos desarrollar nuestros proyectos de investigación y la forma en que deseamos compartir y hacer público nuestro conocimiento, especialmente en las áreas de humanidades.

Para comenzar, nos negamos a escribir libros, tal como Ud. los entiende y la universidad lo ha demandado hasta ahora. Con las actuales herramientas de que disponemos (y el libro es una de ellas, lo sé) no podemos permitirnos el lujo de publicar libros al uso, de esos que aparecen impresos dos años después de haber sido escritos y revisados. La realidad es que tales libros quedan viejos en cuanto los entregamos, porque los investigadores nos dedicamos a investigar, y una semana después tenemos nuevos materiales y matices que añadir al libro, lo cual se vuelve impracticable cuando está en imprenta. El libro siempre ha representado un estadio de conocimiento dentro de una línea investigadora, un momento concreto, pero hasta cierto punto aleatorio, de nuestro propio estado investigador. Por ello nos negamos a escribir más libros, o hitos de papel y tinta. Ya no es necesario restringirnos a estos términos en una sociedad donde la información ha alcanzado una fluidez mucho mayor, y en la que los investigadores somos capaces de gestionarla mucho mejor.

Por eso, queremos pedir una infraestructura tecnológica muy diferente por parte de la universidad y su departamento de publicaciones. Normalmente, los investigadores llevamos adelante dos o tres líneas de trabajo investigador. En esas líneas desarrollamos pequeños núcleos de análisis en torno a algunos problemas concretos, al mismo tiempo que acostumbramos a delinear el marco general en el que nos situamos y donde ubicamos las investigaciones de otros colegas. Es decir, la universidad sólo debe aprobarnos esas líneas de investigación otorgándonos un espacio tecnológico apropiado para desarrollar y exponer cada una de ellas. Trabajamos siempre con proyectos que se amplían y generan novedades continuamente. Por lo tanto, necesitamos un espacio donde mostrar de una manera dinámica no sólo los resultados (¿hay algún resultado definitivo alguna vez?) sino el proceso de nuestras investigaciones, con capacidad para poder compartirlo con nuestro público (otros colegas, estudiantes, interesados) de una manera continua e interactiva. Esto implica, que toda la tecnología 2.0 actual, el uso de lo más avanzado en wiki, blog, multimedia y redes sociales debería estar a nuestra disposición para mantener vivas y abiertas nuestras líneas de investigación, en las que el investigador pueda decidir cuándo publicar un resultado tal como él lo concibe, y en las que los proyectos se retroalimenten con la interacción de otros especialistas y, por qué no, otros públicos no necesariamente académicos.

A menudo descubro nuevos materiales cada semana, y estos nuevos materiales forman parte de un puzzle que está en mi cabeza y voy construyendo, pieza a pieza. Debería tener la oportunidad de incorporar inmediatamente y de manera pública esta pieza al puzzle de mi línea investigadora, de forma que pueda recibir una respuesta lectora en cualquier momento. Y poder hacer lo mismo con otros colegas o interesados. Los investigadores no investigamos para nosotros mismos, aunque pueda ser un placer hacerlo, sino que lo hacemos también para aportar un conocimiento (y su divulgación) dentro de una vasta red de conocimientos comunes con las que concebimos el mundo, un repositorio colectivo que ahora se llama red de redes. El conocimiento se entiende y acepta ahora más que nunca como participación en esa imago mundi, y la manera de participar en ella se fundamenta en la fluidez de la comunicación de nuestras ideas, descubrimientos, tanteos.

No importa que mi libro crezca diariamente, que cambie cada semana, todos aprendemos algo cada día y por tanto el mundo no está quieto para nadie. Como investigador, no temo a contradecirme, a retroceder un día, a avanzar otro, porque a menudo la contradicción me ha llevado a donde estoy.

De este modo, los investigadores obtendríamos numerosos beneficios: no sólo la fluidez en la exposición, aportación y comunicación de ideas, procesos, resultados, sino también la creación y pertenencia a una comunidad científica mejor conectada, y por tanto mejor comunidad. Los colegas podrán criticarme (positiva o negativamente) y por lo tanto, revisar o defender algunas de las ideas de manera mucho más efectiva y viva.

Por lo tanto, pedimos un espacio multimedia e interactivo donde podamos esquematizar, añadir, modificar, volver a recuperar, enlazar y experimentar cualquier tipo de información, y en el que podamos discutir, intercambiar y enlazar información propia y ajena (¿no se entiende lo propio desde lo ajeno?). No queremos publicar más libros, pero sí queremos mantener actualizados y abiertos al máximo posible nuestros proyectos. Publicaremos continuamente, porque continuamente investigamos y se reflejará así nuestra actividad colectiva constante de preguntarnos, contestarnos, relacionarnos, cuestionarnos, expresarnos, dilucidarnos, proponernos.

Queremos una herramienta que combine lo mejor de wiki + wordpress + twitter + facebook + google + prezi + flickr + youtube + delicious + citeulike + flowr + ustream + dropbox + rss + sync.in + wallwisher + pip.io + zotero + dipity. A algunos periodistas y otros profesionales ya les ofrecen paquetes básicos o, en su defecto, lo organizan por sí mismos en páginas personales. Pero en nuestro caso, si la universidad quiere seguir aportando conocimiento a la sociedad, y autorizarse en su labor universal, tiene la responsabilidad de innovar también, facilitando como renovada institución herramientas para el conocimiento a sus investigadores.

Y disculpe. Creo que en la lista he olvidado algún servicio 2.0, aunque se entiende fácilmente para qué voy a usar cada uno y todos en su conjunto. De todas formas, puedo explicárselo detalladamente en un informe distinto, si es necesario. ¿Se le ocurre algo más?

Atentamente le saluda,

un investigador.

PS. Parece que van llegando otras voces con peticiones similares.

Capitulando el medio digital. Longitud, novelas y el efecto Sherezade(II)

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“En ese momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.” (Las mil y una noches)

Charlie Stross nos recuerda en un artículo sobre la longitud de las novelas cómo los soportes ficcionales y su distribución al público informan y alteran la narración. Al comentar algunos momentos ilustrativos de la edición anglosajona desde la revolución industrial, rescata la conocida práctica de los folletines victorianos, en los que se distribuían, de forma seriada (capítulo por capítulo), novelas cuya longitud podía extenderse ampliamente según los planes del autor, el editor y el interés del público lector. Desde luego, cada capítulo se veía delimitado por la necesidad de imprimirse en el espacio de cada uno de los fascículos, para su posterior encuadernación. En la primera mitad del siglo XX, dice Stross que la novela de ciencia ficción, distribuida en revistas periódicas, permitía la inserción de historias cortas, y también la de novelas seriadas que no fueran tampoco muy largas (60.000 palabras) para no quitar valor al resto del contenido de la revista si la novela no resultaba del gusto de un número de lectores, y sólo por ello dejasen de comprarla. Se ofrecían así diferentes novelas cortas a lo largo de una temporada. Este género pasó en los 70-80 a las grandes superficies comerciales, coincidiendo con una temporada en la que debieron subirse los precios: para justificarlo ante el comprador, debían ofrecerse libros, sencillamente, más gordos, y con ello aumentó el número de páginas -no sólo jugando con el tamaño de la fuente, sino creciendo también en contenido. La llegada a los 90 presuponía al lector que debía esperar comprar novelas bastante largas. Muchas de ellas debieron dividirse en diferentes volúmenes, puesto que por razones de encuadernación, pero sobre todo de precio (el límite confirmado estaba en los 24 dólares), hicieron que cierta serie de libros preparada por Stross a principios de nuestro siglo hubo de ser reajustada a unidades de 300 páginas cada una, cuando él había pensado en bloques de unas 800 páginas. Sin duda, la unidad que él proyectaba no podía mantenerse intacta, puesto que era consciente de la necesidad de entretener al lector y ofrecerle los clímax adecuados a mitad de cada unidad y hacia el final de cada uno de los libros individualmente editados.

Esto me lleva a escribir hoy sobre cómo la ficción, y en concreto la novela, se ha transmitido de una forma más fragmentaria de lo que muchas veces somos conscientes, y cómo el orden retórico que parece más apropiado para el medio digital, en una suerte de fragmentación de contenidos, nos ofrece ya una vuelta de tuerca al pasado al darnos un acceso serializado a muchas de las ficciones del pasado y del presente.

Ya he comentado en otro lugar las técnicas editoriales manuscritas de la compilatio medievales y las copias a pecia de la Edad Moderna que permitían crear libros o antologías a partir de una selección de otros materiales, orientados no sólo al estudio sino también al entretenimiento, en una suerte de lectura fragmentada e interconectada por la intención del antologador. Nos recuerda el sabio Chartier que el nacimiento del pliego suelto en el Renacimiento, que evolucionará con la literatura de cordel hasta las narraciones truculentas del XIX, se inicia con la circulación numerosos romances en un solo pliego para su distribución más popular: estos romances eran fragmentos de episodios épicos medievales de mayor envergadura, fragmentos de una historia mayor compartida por la cultura colectiva. La distribución oral de mucho material impreso fue eminentemente fragmentaria: la lectura en grupo y en alta voz de capítulos y episodios de novelas famosas también era una actividad habitual en el Renacimiento y Barroco, e incluso una forma de socialización, por ejemplo, entre nobles, al crear sus círculos literarios. De ahí podemos llegar hasta las academias y tertulias decimonónicas, donde se discutían y se leían extractos de obras propias.

La fragmentación de nuestra lectura hipertextual ha promovido ya algunas iniciativas de edición seriada para narraciones de cierta longitud como las novelas. Comentaré dos de ellas, de similar factura. La primera de ellas la sostiene Jack Lemoine, que como lector parece querer compartir con otros algunas obras de la tradición. Su blog Literature Daily ofrece cada día un fragmento de una obra clásica diferente según el día de la semana, de forma que publica simultáneamente siete narraciones distintas -desde Homero a Twain, desde Kipling a Baum, pasando por las Mil y una noches. Todos ellos son textos de dominio público que él segmenta y publica ordenadamente, de forma que podemos recibirlos en nuestro correo o leer directamente en el blog cada episodio. Además, ha añadido -por medio del servicio odiogo.com– la opción de escuchar el fragmento -si bien es una máquina quien lo lee. Gracias a las etiquetas del menú, uno puede recuperar los fragmentos publicados hasta entonces de uno de los títulos. Desde luego, la fragmentación la impone el editor mismo, considerando que unos pocos párrafos son suficientes en cada emisión; su pericia debe ser la de seccionar también con un sentido de la lectura que permita cortar los episodios en momentos apropiados, y sin duda esto crea pequeños clímax no previstos nunca antes.

El otro servicio de lectura seriada es comercial, pero ofrece algunas lecturas gratuitas y un servicio más completo. Lleva un tiempo ya en marcha, se llama Dailylit y se puede seguir el libro que uno desee desde el principio, recibiéndolo vía rss o por correo. Los fragmentos son un poquito más largos, ellos calculan que el equivalente a unos cinco minutos de lectura, y su lectura puede distribuirse diariamente, tres días a la semana, o sólo en días de labor. Es irónico que no contemplan el fin de semana, por lo que relacionan -¡ay, anglosajones!- la lectura con nuestra rutina diaria de obligaciones profesionales (o quizás como el calculado descanso necesario pa
ra completar ese día de trabajo). Lo cierto es que después uno puede especificar también los días en los que se quiere recibir y el tamaño -hay tres- del fragmento diario. Además puede seleccionarse la hora en que uno desea recibir la lectura, y existe la posibilidad manual de solicitar más de un fragmento al instante, si por casualidad deseamos continuar con la historia inmediatamente.

La integración de esta forma de lectura seriada en nuestro entorno 2.0 sí me parece interesante, por muy sencilla que parezca la idea, puesto que nos permite empezar la serie cuando queramos -frente a la publicación seriada en masa victoriana- dado el tratamiento de paquetes de información con el que se considera el texto. La capitulación tradicional viene a rediseñarse aquí para el nuevo medio y su relación con el lector, lector que encuentra un servicio de recepción de su serial adaptado a sus intereses y situación, de una manera muy flexible. Si los fragmentos se editan con un cierto tino narrativo, buscando esos pequeños instantes en los que termina un pasaje o situación, en los que se percibe la intensidad de una nueva conversación, en los que una revelación, por mínima que sea, queda en el aire, entonces la fragmentación adquirirá un nuevo sentido y la lectura será exitosa. Al mismo tiempo, la longitud de una novela no es tan preocupante si la lectura se hace poco a poco pero disfrutando la intensidad en cada uno de sus fragmentos, y a su paso -como una red de pequeñas sugerencias deshilvanándose ante los ojos-, los fragmentos nos atraen hacia el total de la novela.

Desde luego, para muchos tomar un libro (electrónico o no) y abrirlo o cerrarlo cuando uno guste es menos complicado, pero piénsese también en el interés de la lectura seriada, dejando pasar un tiempo entre un momento de lectura y el siguiente, rumiándola mientras tanto la situación dejada, las palabras, reelaborando el texto consciente o inconscientemente mientras llega, en el siguiente correo, la solución ofrecida por el autor.

Esto se me antoja como editar considerando el efecto Sherezade, cuando la joven logra engarzar mil y una noches de relatos terminados y dejados a medio desarrollar para la siguiente noche, consiguiendo que el sultán no cumpla su promesa de matarla tras pasar la primera noche con ella, y encontrando en él, finalmente, un lector voraz, que consume trozo a trozo diversas historias, sin importar la longitud de las mismas, pero sí atento a sus clímax. La literatura al rescate de la vida. Y al rescate de historias por continuarse. Es curioso notar que esas Mil y una noches, de orígenes medievales (una gran compilatio de materiales ficcionales diversos del Oriente) sólo se descubren, y salen editadas con añadidos, en el siglo XVIII para Europa, a través de una traducción-reelaboración francesa, en doce volúmenes, pero no alcanzan gran popularidad hasta el siglo XIX, época de los grandes folletines y la lectura seriada.

Por ello, se me ocurre que, frente a las críticas de la fragmentación en la hiperlectura, debemos recordar por un lado que casi nunca leemos obras de un tirón -y entre lectura y lectura pasan muchas cosas diferentes en nuestras vidas diariamente-; y por otro, que esta fragmentación nos ayuda a detenernos mejor en un párrafo, a la posibilidad de leer con una mayor atención y ver la concentración de significados en el extracto propuesto, que meditaremos -o rumiaremos, como se hacía mediante la ruminatio del texto en el medievo- en su intensidad extractada. Esto sólo dependerá del ritmo de lectura, que hoy, probablemente por inconsciente ineptitud y ansia lectora ante un nuevo y fascinante medio, nos hace saltar de un lugar a otro, lo cual no es malo, pero sí lo es en cambio lo hacemos regurgitando, devorando fragmentos, sin rumiarlos apenas unos segundos, (con)fundiendo el tempo de navegación con nuestra lectura.

Stross vislumbra para el libro electrónico y su forma de distribución naciente tanto la posibilidad de volver a un renacimiento de las novelas en serie como, por otra parte, la posibilidad de venta de novelas de proporciones mastodónticas que forman una unidad, ya que el costo de producción sería muy similar puesto que el peso económico del archivo electrónico no es equivalente al peso -con sus gastos de encuadernación e impresión- del libro impreso. De hecho, algunos de los lectores de Stross dejan dicho en los comentarios a su artículo que leyeron alguna de sus novelas en formato electrónico sin saber muy bien la extensión real de la novela, pero que no les importó. La lectura seriada, tan explotada por la era de la industrialización dickensiana, podría reconvertirse en la sociedad 2.0 de la información en una lectura del texto cuyo tratamiento como paquetes de información narrativos podría constituir el comienzo de una lectura fragmentada con sentido, y paso a paso, conectada en modos diversos y tejedora de una red de lecturas cada vez más compleja pero no por ello menos consciente o profunda o concentrada.

El efecto Sherezade, con su encadenamiento fragmentado de relatos cortados, siempre por terminar y siempre por continuar, define y salva a su protagonista en la ficción frente al sultán Shahriar: a lo mejor la ficción tradicional se salva, una vez más, así, remediando a sus antecesores y aprendiendo de sí misma para perpetuarse reinventándose en otra metamorfosis.

Por cierto, Stross ve en parte sus ansias colmadas y el futuro hecho realidad, pues el propio equipo de Dailylit ha pensado en una antología de ciencia-ficción que distribuye seriadamente. Él no se considera un grandísimo autor, pero parece que sabe ver bien su oficio y su futuro.

Capitulando en el medio digital. (I) La información científica

La fragmentación en los hábitos de lectura y escritura con la que los nativos digitales parecen identificarse -y cuyos efectos comentamos en otro artículo de nuestro hilo- nos lleva hoy a repasar algunas iniciativas que toman esta nueva razón retórica del universo hipermedia y la adaptan a la distribución tradicional de la información, transmitida en la Edad Moderna y hasta hace bien poco en volúmenes fijados por el editor y el impresor.


El primer servicio se llama Chapterizer y lo ofrece la librería online eBookPie. Vende sus libros completos, o, al modo en que iTunes lo popularizó para la música, en fragmentos. Aprovecha para ello la división de capítulos habitual en el formato del códice, que nos ha servido durante siglos para fragmentar el texto en capsulitas o unidades diferenciadas, de forma que la localización de pasajes o desarrollos de un tema se presentaba de una manera más organizada y/o analítica. El nuevo servicio online permite diferenciar los capítulos, separar los que interesen, y comprarlo por separado, si el resto del libro no nos interesa. Esto resulta de gran utilidad para los libros técnicos, sin duda. Permitiría también, en obras de ficción ya conocidas, seleccionar el capítulo favorito o aquel que necesitamos. El servicio está dirigido a los editores, quienes deciden fragmentar los textos y ofrecer estos capítulos.

El segundo servicio, que ofrece una mayor libertad para el usuario final, el lector, bebe de la categoría open source y las licencias copyleft, de la mano de Wikipedia. Se llama Book creator y funciona también en su versión española. Se trata de que el mismo lector pueda elaborar su propio libro en formato PDF (u OpenDocument) a partir de artículos visitados en la Wikipedia. De esta forma podemos crear nuestros libros de consulta temáticos y descargarlos gratuitamente o pedir una copia impresa si lo deseamos, para quien desee leerlos sobre papel. O, también, dado que algunos textos literarios forman parte del proyecto Wikimedia, crear una antología de selección de textos favoritos o esenciales según un propósito. La iniciativa es buena porque ofrece una mayor flexibilidad a la hora de organizar las lecturas visitadas a la enciclopedia, aunque al mismo tiempo es una manera de volver la vista atrás, a adoptar digitalmente prácticas tan recientes como la creación de libros de la asignatura escolar universitaria a partir de fotocopias de extractos ofrecidos en una lista por el profesor, cuando no es posible comprar la antología prediseñada para su público educativo por un respetable editor.


El tercer servicio aborda precisamente esta ultima práctica, muy habitual en la universidad estadounidense, de crear readers o antologías de lecturas para el curso. McGraw Hill presentó hace no mucho su The Ideal Reader, donde pueden elegirse entre 700 extractos o capítulos para conformar el libro perfecto para cada profesor. La búsqueda puede hacerse por autores, materias, géneros, e incluso lo que han denominado “modo retórico”, que recupera, con ciertas actualizaciones, las antiguas clasificaciones de las técnicas discursivas de la retórica clásica (sí, ya ven, desde la narratio hasta la argumentatio, como pueden ver en la captura de pantalla que les ofrezco).

El profesor se convierte en editoautor online, participando en el proceso de la composición completa del libro al estilo más clásico de creación de un discurso (McGraw nos ofrece un comienzo del mismo mediante la inventio o recuperación de ideas y materiales diversos -sección find content-,  la dispositio mediante el orden de dichos materiales o lugares comunes del conocimiento -sección arrange-, y la elocutio final al personalizar con un estilo personal los materiales del volumen creado -sección personalize-); todo ello extraído, como comentaba, del florilegio o enciclopedia de topoi o lugares comunes temáticamente ofrecidos y ya prediseñados por la editorial. El texto final puede pedirse impreso o descargarse en PDF, en un remedo digital de la actio retórica clásica.

Por todo ello, estos procedimientos no representan en sí mismos una gran novedad histórica, y debemos recordar que en la época previa a la imprenta, y en especial como práctica habitual en los scriptoria medievales, se creaban manuscritos a partir de obras variadas que se reunían en un mismo volumen con una intención determinada (compilatio), como por ejemplo muestra el mss. P de El conde Lucanor, que contiene otras cinco obras diferentes. La práctica incluso se perpetuó en la (sub)cultura manuscrita del Renacimiento y el Barroco, siglos en los que los libreros universitarios hacían copias de cuadernillos a pecia (antiguas fotocopias hechas a mano de copistas) para uso de los estudiantes. Otra técnica muy asociada al mundo manuscrito en especial, perpetuado luego en el de la imprenta, fue la de los marginalia o anotaciones que comentaban, corregían, ampliaban los textos, formando parte de los mismos, si bien sólo del ejemplar leído y anotado (cada ejemplar manuscrito era por ta
nto una edición diferente en sí mismo por estas razones).

Ciertamente con la aparición de la imprenta, la disposición de capítulos y fragmentos quedó progresivamente instituida y afiliada a un orden determinado por la edición (autorizada, que también las había, y muchas, piratas) y el volumen que la acoge. Sin duda, para la Ilustración ese papel marcado a fuego de imprenta, junto con la valoración del volumen escrito como fuente de conocimiento, ha generado con el tiempo un especial halo de autoridad hacia la edición fijada, entendida como obra final, pulida, retocada, y esplendor bruñido de la verdad sobre una materia.

Esto último es lo que los servicios online que he repasado aún perpetúan en cierto modo. Si bien al comienzo de cada curso el profesor o el lector puede crear un nuevo volumen actualizando o cambiando algunos textos, o incorporando otros nuevos disponibles con facilidad, cualquier cambio necesario para realizar durante el curso mismo se vuelve impracticable, dado que el resultado final sigue siendo un volumen fijo físico o digital (y el formato PDF, aunque tenga la oportunidad de ser modificado con cierta facilidad, tiene la cualidad original de mantener una disposición fija de los materiales). Así, desde una perspectiva del conocimiento como texto flexible, el modelo ofrecido por los dos servicios online comentados necesita un par de empujones más, que igualaría y al fin superarían las prácticas medievales.

  • Por una parte, la capacidad de la edición de cambiar o alterar su contenido en el instante en que la editorial modifique el texto mismo o añada cualquier información en él
  • Por otra parte, la capacidad del lector o del estudiante (el profesor puede hacerlo, pero solamente al crear la edición) de incorporar o añadir información al margen o no del texto en cualquier momento durante el curso.
  • Además, habría que señalar la notable ausencia de materiales audiovisuales y las posibles conexiones que etiquetas y enlaces permiten actualmente.
  • Y por último, parece necesaria ya la incorporación de redes sociales que mantengan al tanto a lectores, estudiantes, profesor, de novedades respecto a los temas centrales del texto que se está estudiando.

Visto desde la perspectiva hipermedia, estas ediciones no sólo resultan incompletas, sino fragmentadas y desconectadas (por aisladas) entre sus propios materiales. La ya habitual crítica hacia la fragmentación del texto que propone la retórica hipermedia podría muy bien ser invertida aquí al atender lo dicho. Si bien estas ediciones muestran inicialmente un acercamiento más personalizado y preciso del universo que el profesor quiere transmitir durante un curso, estas ediciones elaboradas en la nube no nos permiten conectar, al modo 2.0 con que han sido creadas, ni los distintos textos que las componen, ni sus enlaces a otros textos o lugares de conocimiento fuera del mismo, ni siquiera permiten tomar el texto como pretexto mismo para ir añadiendo en unos márgenes nuevos materiales hipermedia (o no) durante el curso, enlazando en ellos nuestros descubrimientos y notas de la clase y del estudio. Salvo que el estudiante o lector use un editor de pdf, ni siquiera podrá utilizar la magnífica técnica de los marginalia heredada de la escolástica medieval. Algo que sí recupera y potencia, sin embargo, la plantilla creada para WordPress por futureofthebook.org.

Por ello creo que, si de algo debe servir esta labor online de compositio y divisio textus que genera tantas posibilidades de dispositio como lectoeditores haya, si de algo podemos aprovecharnos con esta fragmentación de materiales, será para perfeccionar la idea del manejo de un volumen flexible, y no de perpetuar o mejorar solamente antiguas y viejas prácticas (lo que sin duda es un paso interesante en la relación del códice con lo digital), sino también para ir más allá y aprovechar las tecnologías de cada momento que nos permitan crear una dispositio eficaz y pertinente de los materiales en el soporte en que se difunden.
Seguramente McGraw Hill está pensando en ello, y sería una irresponsabilidad por su parte, como empresa editorial tan fuerte como es, que no lo hiciera pronto. Sin dudar que el servicio online es muy rentable en estos momentos (también se orienta a que los editores de ficción publiciten sus novedades a través de regalos de capítulos online vía twitter), y si bien es verdad que ofrece una cierta flexibilidad en el enfoque del libro de texto, lo que atraerá el interés de la mayoría de profesores, el camino más interesante y propio del medio digital está por recorrer.
En la wikipedia de hoy, la frase del día viene de la mano de Aristóteles, su Metafísica, y rubrica el trasfondo educativo del artículo de hoy:
«Todos los hombres por su naturaleza desean conocer»

Los dispositivos tecnológicos de conocimiento deben ayudar a poner los mejores medios (y el acceso a variados y diversos contenidos) para ello.