La edición digital de la ficción impresa

DHD 2013

En este año que se celebra por vez primera el Día de las Humanidades Digitales en español, me gustaría aportar una reflexión sobre el futuro de las ediciones impresas una vez que dejan de serlo y pasan a ser experiencias digitales. Es decir, en qué modo y medida el canon impreso –y lo no canónico también– puede digitalizarse y cómo se hace –o aún no se hace. Por resumir el problema, la tendencia actual con que las humanidades digitales enfocan esta cuestión es sobre todo desde la investigación filológica, catalogando, etiquetando textos antiguos para su consulta exclusiva por especialistas, lo cual es un trabajo muy necesario pero insuficiente cuando pensamos en un público lector más amplio. Por ello, estas ediciones son muy complicadas de leer para el lector no especialista, para el que no es investigador nato. No tienen una estructura narrativa adecuada porque están pensadas para el análisis. Sin duda, hay un aspecto editorial que se está descuidando, quizás porque también depende de un mercado editorial aún no dispuesto a aventurar ediciones de calidad y divulgativas de muchos textos clásicos, como ha venido haciendo la tradición impresa del siglo XX a través de colecciones específicas de editoriales señeras como Castalia, Cátedra o Espasa-Calpe. ¿Qué ha pasado en el mercado digital con esta labor de difusión, de ediciones didácticas, accesibles a un público escolar y ampliamente culto o interesado? Ni siquiera con el despegue de los libros electrónicos y sus múltiples aparatos lectores de los últimos años parece que exista siquiera una mera transposición de estas ediciones al nuevo formato si no es por aficionados. En todo caso, la biblioteca Cervantes Virtual sí ha digitalizado extensivamente, a veces con calidad desigual por la rapidez de su crecimiento,  numerosas obras, y las pone a disposición de un amplio público que puede leerlas en formatos estándares: muchas de ellas se basan ya en ediciones impresas anteriores,  re-anotadas mediante el uso ahora de enlaces. Sin embargo, si bien se consideran ediciones digitalizadas, no alcanzan a ser ediciones digitales propiamente, que sería el próximo paso que dar.

Hipergutenberiana

Siguiendo algunos puntos de una presentación que nunca tuvo lugar pero que preparé en 2010, opino que en estos momentos una edición digital del tipo que sea debe basarse en mayor o menor medida en la adecuación del texto original impreso a cuatro elementos que definen hoy la interacción que se produce en las prácticas de lectura anejas a la retórica digital: secuencialidad, espacialidad, multimodalidad, intercambio social. El primero nos plantea cómo restructurar la página en un universo de pantallas. Por ejemplo, si yo ahora mismo tuviera una editorial digital de clásicos en marcha, sin duda empezaría por editar epistolarios aprovechando el formato de los blogs, en los cuales se adecua muy bien el tiempo del post y el tiempo narrativo de la epístola: la etiquetación de las diferentes epístolas o unidades me permitiría además crear otras rutas de lectura a través del epistolario, cuya secuencialidad decide en parte el lector gracias a la estructura editorial rediseñada por el especialista filólogo en colaboración con las herramientas editoriales que le dispensan (el blog mismo, por ejemplo, con sus diferentes opciones de presentar la información). Hay un magnífico ejemplo en catalán con la edición del diario de Jusep Pla.

Quadern Gris, de Jusep Pla

En segundo lugar, este tipo de secuencialidad líquida o blanda puede convertirse en un caos si no se organiza adecuadamente, ya que nos ofrece una espacialidad del texto distinta –como en 3D–, puesto que los accesos al texto son múltiples, de tal forma que podemos entrar al epistolario cronológicamente, pero también temáticamente, y en el orden u órdenes que la edición nos permita, lo cual hace la estructura de la narración más flexible en su práctica lectora. Una buena edición ha de permitir, sobre todo, un acceso intuitivo, user-friendly, pero sobre todo debe responder a la lógica de la narración, que está formada por secuencias conectadas y topos o lugares de acceso a ellas. Es posible leer Los viajes de Marco Polo sobre un mapa. Por lo tanto, para lograr una lectura inmersiva es necesario crear un buen mapa de esa narración, con los elementos o etiquetas o mapas (incluso visuales, no solo verbales) adecuados a la topografía del relato, que sobre todo el buen lector atento, el filólogo, conoce como especialista. Por eso para que esa lectura resulte tan flexible como bien hecha hace falta un especialista que mire a su público y a un editor que provea de la tecnología adecuada para realizarlo.

Los viajes de Marco Polo

En tercer lugar, la multimodalidad nos permite rediseñar la capacidad de anotar y acompañar el texto impreso con múltiples recursos multimedia que hagan de la lectura una experiencia multimodal, en la que los sentidos disfrutan complementariamente el texto con otros artefactos culturales ligados a él (imágenes estáticas, videos, música y voz), todos relativos a esa red de sugerencias que contiene todo texto. Ahí la vieja anotación a pie de página puede reconvertirse en algo distinto y adquirir auténtico protagonismo de diálogo entrelazado con el texto original, demostrando que la cultura es un diálogo a través del tiempo y de las formas. La historia es un universo ficcional, un historiverso.

Gran Gatsby música

En cuarto lugar, si bien la lectura de los dos últimos siglos se ha extendido como una solitaria en una habitación propia, el mundo de las redes sociales ha llegado para poder compartir con grupos afines lecturas afines, independientemente de la distancia. La edición digital debe ser social en ese sentido, incluso debe editarse en algunos casos mediante el uso de redes sociales para que los lectores se sumerjan literalmente en el texto y formen parte indisoluble de su tejido. El lector no es solo parte de un club de lectura, es también parte de esa lectura.

Ramón Gomez de la Serna Twitter

Me parece importante abordar esta tarea cuanto antes, e impulsar profesionalmente la edición de textos literarios a través de herramientas digitales cotidianas que ya forman parte de nuestra vida de lectura digital en otros géneros y ámbitos (el periodismo, por ejemplo). Sin duda, no es barato y hace falta cierta infraestructura y mucho trabajo en equipo (filólogos, documentalistas, informáticos y editores solo para empezar). Deberían nacer o renacer editoriales capaces de facilitar al filólogo e historiador literario herramientas adecuadas, y potenciar así un renacer del tecnofilólogo, que con todo su saber, es capaz de crear ediciones útiles y legibles para un público más amplio.

Raymon Chandler Facebook

No debería ser hoy una extrañeza, sino una establecida costumbre, que un filólogo tuviera adscritos un par de autores cuyos perfiles de Facebook o Twitter atendiera, alimentara y dinamizara, colocando citas, enlazando sugerencias bibliográficas, liderando discusiones, mostrando la actualidad de hoy con la del ayer, y recabando de los lectores posibles formas de editar tal o cual texto de tal o cual manera digitalmente, o, incluso mejor, de una manera transmedia  (pero ese es otro tema que queda para otro día). Que, en colaboración con otros especialistas en el autor, reuniera colecciones visuales en torno a las obras (ilustraciones, portadas, fotografías biográficas del autor, grabados) en repositorios populares como Pinterest (o Flickr), ligados a sus temas, sus citas textuales, y funcionaran como otras entradas a la obra y su autor y su época y la historia de sus ediciones. Que publicara y discutiera obras en el formato blog y en otros que están por crearse. Que todo ello estuviera integrado en una edición viva y proteica, continua.

En fin, que de la digitalización del texto impreso pasemos a la edición digital profesional para el público lector.

P.S. En julio presentaré algunas de estas ideas en el Congreso sobre Humanidades Digitales que tendrá lugar en A Coruña. Allí discutiremos  la estructuración de una edición del Total de greguerías de Ramón Gómez de la Serna de acuerdo a estos principios generales que acabo de comentar.

Edición hipermedia y sistemas de visualización de datos

“La lectura no es solo una operación abstracta de intelección: es puesta en juego del cuerpo, inscripción en un espacio, relación consigo mismo y con los otros” (Chartier, El orden de los libros)

 Imagen: munterbund.de

Inscribir el texto impreso en el espacio digital de la red no consiste solo en digitalizar sus trazos y disponerlos sobre una página de papel virtualizada. Hay que adaptarlo al nuevo espacio, a la particular geografía que nos propone la actual web 2.0. Pero, ¿cómo lo hacemos? Sin duda el texto debe convertirse en texto hipermedia, es decir, un texto en el que tanto palabras como imágenes, sonidos y movimiento se presentan e interactúan entre sí para generar espacios de información que podamos manejar, leer y responder cómodamente en una pantalla. No somos ya lectores decimonónicos que pasan páginas sino usuarios escrilectores que buscan y enlazan informaciones.Lev Manovich nos explica cómo la informática se basa en el uso de paradigmas (a partir de la creación de una base de datos) que el usuario convierte en itinerarios de lectura al elegir uno u otro dato dentro del conjunto paradigmático. Esta naturaleza arquitectónica se opone en cierto modo a la lógica de la narración analógica, en la que el itinerario sintagmático (una sucesión ya elegida de elementos) es el que vemos realmente en una página impresa. En este sentido, la tarea inicial para lograr una edición hipermedia pasa por generar con su texto un paradigma, una base de datos. Esta base de datos debe prepararse para ser usada luego con una interfaz que permita recorridos narrativos lógicos a la lectura de la información con que contamos. Los párrafos ya no se suceden unos a otros de una manera totalmente prefijada, es el usuario quien tiene la opción de ligarlos según su conveniencia, según la narrativa que esté buscando. Toda lectura es un acto de curiosidad, y cada lector siente curiosidad por diferentes aspectos que ignora y desea saber. Esto exige una delicada ingeniería de dispositio o reorganización digital del texto por parte de un especialista tecnofilólogo, para lograr que las relaciones entre fragmentos (los nuevos párrafos) ofrezcan una red de posibilidades de lectura coherentes para el usuario. Saber qué y cómo etiquetar y enlazar los datos se convierte en la más difícil especialidad retórica digital para ayudar a construir y manejar el contenido en la red semántica.

En segundo lugar, esta base de datos integra como unidades de información o fragmentos no solo palabras, sino imágenes, videos, audio. A veces, estos materiales sustituyen fácilmente a las antiguas descripciones con palabras, y en otras ocasiones complementan de diversas maneras las ideas hechas palabras. Esta multimodalidad bien aplicada siempre refuerza el mensaje. Pero hay un uso distinto, especialmente de las imágenes y el diseño visual entendidos como información gráfica, que ayudan no solo a ilustrar, sino también a estructurar la narrativa a partir de una base de datos: las técnicas de visualización de datos. Edward Tufte ha dedicado varias décadas a mostrar y analizar cómo desde los antiguos mapas y otros métodos se ha conceptualizado gráficamente la información, y cómo podemos mejorarla. Lo cierto es que la sugerente imagen del mapa (¿del tesoro?) nos ayuda a comprender muy bien la idea y su mecanismo: el mapa es al mismo una imagen total de un espacio sobre el que podemos crear diversos recorridos muy particulares. En un mapa podemos detenernos en áreas pequeñas y luego seguir a otras, deteniéndonos donde nos interese. Cada recorrido es una aventura, una narración, una lectura. Si las unidades de lectura significativas (nuestros fragmentos) están bien asociadas y enlazadas a su punto en el mapa, podemos recorrerlo sabiendo que nuestro itinerario nos deparará una aventura narrativa satisfactoria, porque no nos perdemos pero tenemos libertad de movimiento. Esta es una manera de espacializar la narración, de convertirla en base de datos y ofrecerle un espacio gráfico y conceptual al mismo tiempo donde habitar como un todo narrativo en red. Para quien desee atisbar el futuro de estas aplicaciones, recomiendo este impactante video del TED en el que Deb Roy nos demuestra cómo dibujar mapas dinámicos del aprendizaje de las primeras palabras de un niño en su entorno familiar o cómo mostrar la actividad concreta de un tema en toda la esfera pública.

Los sistemas de visualización de datos y data mining nos ofrecen en la red cada vez más oportunidades de recoger datos de los grandes repositorios (Google, Twitter, Flickr) y generar gráficas sobre las que recuperar de una manera significativa el contenido, creando el usuario itinerarios narrativos de interés. ¿Es posible plantear lo mismo para un libro previamente pensado para ser impreso? Esto es lo que TheProject busca experimentar y desarrollar en un proyecto hipermedia en colaboración con Álvaro Llosa y Mónica Poza (diseño de edición), Ikuska Sanz (documentalista) y  posibles empresas de visualización de datos, como Bestiario (data visualization). El objetivo es convertir un manual de empresa, un texto informativo pensado previamente para ser impreso, en una base de datos cuyo acceso se realiza mediante un sistema gráfico de visualización de datos interactivo. Aún más, si el hipermedia hoy nos se entiende sin la interacción social, la creación en red de una comunidad lectora, los propios itinerarios de lectura con sus comentarios de los usuarios quedan también reflejados y disponibles como otros mapas para buscar el tesoro en múltiples recorridos dentro del mapa. Mejor que una descripción, dejo aquí un video con la propuesta :-).

¿Se imaginan algo así, con formas más complejas y creativas, no ya para transitar por un manual, sino para viajar por relatos de ficción?
[Artículo publicado originalmente en The Project.ws: http://www.theproject.ws/es/hiperliteratura-mas-alla-del-papel/entrada/edicion-hipermedia-y-sistemas-de-visualizacion-de-datos]

Mike Matas: A next-generation digital book

Es interesante cómo en un primer momento este libro-app distribuye la información jerárquicamente de una manera muy visual y táctil. Los capítulos pueden pasarse como páginas y debajo de ellos en miniaturas aparecen las páginas, que con un toque ocupan el espacio total de la pantalla. Cada página contiene diferente media y puede ampliarse tanto el texto como los videos o las imágenes. Es esta una inteligente remediación del libro impreso, enriquecido con algunas características netamente digitales, como el aspecto multimedia interactivo. La ausencia de interacción social es absoluta, no sabemos si es posible destacar, compartir o recomendar cualquiera de los recursos generados. Pero desde luego, echo de menos una mayor independencia de la linealidad a la hora de acceder al contenido. Hay que seguir pasando tres páginas para consultar, por ejemplo, el capítulo tercero, y lo mismo con el contenido de cada una de las secciones, que gráficamente remedan páginas impresas. ¿No hay otra manera, mediante una arquitectura espacial gráfica más elaborada, de poder acceder a dicha información, a los capítulos, y también a las secciones o ideas dentro de cada uno? Incluso el índice de un libro impreso nos ofrece esta posibilidad de acceso no lineal. En este sentido, más interesantes son los gráficso interactivos, auténticas narrativas digitales donde un mapa nos sirve de localizador del contenido.

La propuesta es interesante, y plantea reflexiones sobre la naturaleza híbrida de la disposición del contenido digital hoy, deudor y competidor del contenido impreso. ¿Para cuándo una mayor presencia de mapas conceptuales para acceder al contenido?

Felices Navidades 2.0.1.0 y Próspero Año Nuevo 2.0.1.1

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14)

La Navidad celebra un nacimiento histórico que cambió y modificó la cultura, los valores, el modo de vivir y de pensar de toda una civilización que se sustenta en modos diversos sobre su fundación. Por ello, me gustaría celebrar también, sin mesianismo ninguno, el deseo de un nacimiento digital, quizás el de una nueva forma de presentar las ficciones: las de antes, las de ahora, las del futuro inmediato también. Sigue leyendo

Tocar los libros, sentir los e-books

>Me encanta el papel viejo… tócalo. ¿Puedes sentirlo? Se siente diferente. Huele diferente.(Robert Darnton, director de la Biblioteca de Harvard)


Se tiende a decir que el libro es analógico y el e-book digital, que el libro es físico y el e-book virtual, que el libro es un soporte rígido y el e-book flexible. A mí me gusta, por pura salud intelectual y espiritual –y animal, de ánima–, jugar y revertir de vez en cuando los términos, y es lo que me propongo en esta tarde de domingo.


Al decir de Fernando Rodríguez de la Flor en su estupendo Biblioclasmo hay en esta era tardía de la imprenta una melancolía de la fisicidad del libro como soporte material de la lectura, por la cual el homo libri siente la ausencia del tacto y del olor específicos de la página impresa cuando se enfrenta a la lectura de la palabra electrónica en pantalla. Y es que, como recuerda el señor Piscitelli en un recientísimo artículo donde repasa a los sabios que en las últimas décadas nos han descubierto esa fisicidad, la materialidad del acto de lectura es parte de nuestra lectura. Como plantean desde la academia anglosajona, todo acto de lectura es un acto de embodiment, en el que cuerpo, mente y objeto interactúan para llevar a cabo la operación de lectura. Por ello no es cuestión baladí el cambio –que no ausencia total– ante el olor del e-book, o su tacto, o la diferente manera de pasar de página, es decir, de cambiar de pantalla. Dos hechos aparentemente inconexos del último año ponen de relieve estos aspectos. El primero es un libro reciente de Jesús Marchamalo, que ha vuelto a levantar esta nostalgia en el panorama bloguero español de los últimos meses: el libro se titula Tocar los libros, y obviamente no está disponible digitalmente; cuando lo esté la paradoja entre forma y contenido resultará en una hermosa oda virtual al soporte que le dio origen. El segundo es la aparición de iBooks, el programita de libros de Apple para la tableta iPad que embobeció con su publicidad y en las pruebas de sus tiendas por un hecho que poco tenía que ver con el contenido de los libros: la posibilidad de pasar las páginas con el dedo, en un alarde de diseño virtual. Si bien la compañía de la manzana no ha aportado aún grandes novedades en cuanto a nuevas técnicas editoriales se refiere –pero deja un sistema con el que otros ya programan sus posibilidades–, sí pensó a la hora de diseñar su programa de lectura que, si se trataba de clonar en formato epub la lectura al modo tradicional –aunque incluyendo algunas mejoras de búsqueda– habría que clonar no sólo la tipografía y la disposición en caja, sino también el acto aprendido y usado de casi veinte siglos –con el nacimiento del códice– de pasar una hoja. Quizás el inconsciente colectivo supo apreciar y agradecer este reencuentro con lo familiar, que se convierte en novedad -innecesaria, en principio– en un medio que pretende tecnológicamente desafiar lo tradicional. Pero con ello el iPad, conservador en este y otros aspectos– nos resulta entonces más cercano porque puede tocarse, y ese tocar permite pasar las páginas de un libro. Parece una broma, dirán algunos, para eso ya tenemos los libros. Pero no lo es. Lo digital se disfraza de analógico para desafiar nuestra desconfianza y recuperar algunas de nuestras costumbres afectivas y corporales de lectura. Leer en digital, analógicamente. Un paso atrás quizás para llevar al gran público, progresivamente, a otras innovaciones.
La paradoja y el cruce de actitudes puede fundirse –sin confundirse– aún más. Si atendemos a los significados de digital, que converge con dígito, es decir, no sólo como número sino también como dedo –¿por eso de que contamos con los dedos?–, nos hallamos que tocar debería ser la actividad principal de nuestra lectura digital, como el mundo de aparatos tecnológicos nos invita a hacer sobre las nuevas pantallas, esas nuevas geografías dactilares. Por esta regla de tres, el libro también ha sido sumamente digital, puesto que tocar los libros se convierte en uno de los emblemas de esa nostalgia por el libro como objeto material de lectura. ¿Dónde queda lo analógico, entonces? Si me permiten convertir lo analógico en analogía, ésta se encuentra en ese puente que intentamos crear entre un soporte y otro, entre el libro y la pantalla, entre sus geografías espaciales y los recorridos que hacemos sobre ambos. Para desgracia de apocalípticos y de integrados, hay un espacio de contacto en el que ambos soportes dialogan, incluso en la forma aparatosamente mixta y extrañamente monstruosa de libroides, y en ese espacio intermedio la rigidez del libro como formato pide desvanecerse ante la blandura de sus cuadernillos impresos antes de encuadernarse, o la ensalzada flexibilidad del texto en e-book se pone fácilmente a prueba si dejamos caer o golpeamos un iPad. Esta ironía malintencionada y malversada sólo pretende mostrar que no todo es un absoluto para cada uno de los soportes, y la flexibilidad otorgada al texto electrónico en su capacidad de cambiar y reunirse con otros textos asociados, que la tiene, no deja de tener su origen en la rueda de los libros renacentista, en los manuales de lugares comunes barrocos o el ejercicio de un arte de la memoria que se reflejó durante siglos en la composición de mucha literatura a la que se buscaba la capacidad de accederse aleatoriamente, es decir, digitalmente, y cuyas técnicas, curiosamente, se basaban en la construcción de analogías. El estudio y reflexión sobre estos hechos debería abrir vías de transición y aprovechamiento de los nuevos soportes, así como consignar tareas específicas a los tradicionales.
Tocar los e-books. Verlos. Olerlos (y alguien inventó primariamente ya una banda olorosa para incluir a nuestro libro electrónico). En el fondo, leerlos; es decir, soñarlos. Pero sólo logramos la inmersión mental en la historia gracias a los gestos precisos que la hallan. Ese es el reto para el nuevo soporte: la creac
ión de una serie de hábitos útiles y significativos, funcionales, que nos permitan luego sentir nostalgia de nuestra tableta digital gracias al uso y la satisfacción que nos ha producido la experiencia de una lectura (distintamente flexible, digital, virtual).
Pasar una página parece lo más prosaico de una lectura, ante el texto mismo de Tolstoi, por ejemplo: pero es tan significativo y necesario como para saber que sin ese acto no podemos recorrer dicha historia sobre un libro. Un gesto así se nos revela ahora como un gran reclamo de la lectura tradicional pero también, sin duda, como exigencia para un futuro posible de lecturas posibles que se bifurcan.

Y dejo un video para ir algo más allá: no sólo nos espera tocar los libros y actuar sobre ellos con el tacto, sino también con la mirada. Recientes tecnologías prometen poder activar algunas palabras (sus asociaciones mediante enlaces) con un sólo parpadeo, con un leve gesto de atención de nuestro iris. ¿Cabe mayor sensualidad para una lectura? ¿Quién no quisiera activar la descripción de Emma Bovary con un pestañeo de ojos, y seguir luego, al modo tradicional, acariciando en la lectura el texto de Flaubert?