De cine

Visitar California y no recorrer su geografía a través de unas gafas solares con filtro de celuloide es algo, simplemente,impensable, o cuando menos,injusto. Y diría que imposible.A pesar de la industria tan abusivamente comercial en que se ha convertido (sin negar algunas películas excelentes que sólo la tecnología hollywoodiense es capaz de apoyar), California atesora -como tantos otros lugares de los Estados Unidos- un inconfundible conjunto de rincones que el buen cine ha hecho reconocibles y familiares, iconos puros, para cualquiera que haya disfrutado alguno de los géneros del cine estadounidense del siglo XX. Pero esto forma parte de otro artículo que próximamente podrás visitar aquí.

Sin duda, muchos viajeros buscan el paseo de la fama y las estrellas en Hollywood Boulevard, Los Angeles, y anhelan cruzarse con alguna estrella por SunsetBoulevard en Santa Monica, al sur de California; sin embargo, es posible que pocos hayan tenido en cuenta añadir a su recorrido de turista o viajero curioso la visita de algún cine, entre los muchos que hay, no ya en el sur, donde se concentra gran parte de la industria, sino incluso en el norte o centro del estado, especialmente en torno a San Francisco y sus alrededores.
Y no se trata sólo de visitar en esta ciudad el cine del Castro, quizás más conocido por ubicarse en el meollo del barrio gay más antiguo del país, allá donde Harvey Milk comenzó su carrera política para defender los intereses de la comunidad homosexual antes de ser asesinado por ello. Si el Castro bien merece una visita externa al ser uno de los escasos edificios para exhibición cinematográfica que quedan en activo de aquellos locos años 20, su interior no desmerece -por su estilo ecléctico, su magnífico telón y su estupendo órgano-, un atento paseo y, por supuesto, una sesión de cine.El Castro presenta un programa heterogéneo que proyecta selectos estrenos de los directores de culto del momento (como Tarantino), una serie de festivales temáticos y nacionales (cine erótico, cine alemán o español) y clásicos hollywoodienses, sin duda lo más interesante por estar en el lugar que las vio nacer.

Pero el Castro no es una excepción, y numerosos pueblos de California mantienen su cine, muchos de ellos de los años 40 y 50, con una estética moderna derivada del art-deco -llamada streamline moderne– que nos recuerda con sus neones la cultura deldiner (podéis leer nuestra entrada dedicada a estos lugares, American Diner), y a los anuncios con las mujeres enfundadas en vestiditos chocholísimos orgullosas ante su nueva y tecnificada lavadora. En ellos, dependiendo del tamaño del pueblo donde se ubican, se exhiben los taquillazos del momento o bien se mantiene una línea discreta de cine independiente: es, por ejemplo, el caso del Varsity en Davis, al norte de San Francisco, ciudad que acoge además una de las sedes de la conocida Universidad de California.

Las ciudades un poco mayores se permiten el lujo de disponer de programas algo más variados, alternando una clara apuesta por el cine internacional de calidad procedente de principales festivales reconocidos, con algunos títulos del cine de culto más reciente, como es el caso del Tower Theatre, en Sacramento, capital del estado.

En este caso, como otros, el cine pasa por una continua etapa de dificultades financieras que lo mantiene al borde de su desaparición por su escasa competitividad ante las nuevas multisalas de los centros comerciales cercanos, lo que da lugar a iniciativas como Save the Tower Theatre.

Para solventar estos problemas, otros, como el Crest también en Sacramento -y restaurado a su estética art-decó de los años 40-, optan por ofrecer conciertos de calidad, conferencias o mítines políticos que incluyen en su programación.

Sin embargo, quizás una de las mejores y exclusivas experiencias sea la del cine Stanford en Palo Alto, cuyo programa está al nivel de prestigio de su afamada y también polémica Universidad. Este cine se dedica en exclusiva a ofrecer ciclos de películas de la edad de oro de Hollywood. La Fundación que lo mantiene (The David and Lucile Packard Foundation) está comprometida también con la restauración de dichas películas, en colaboración con la UCLA Film Archive.

El interior ha sido bellísimamente restaurado según la decoración original de 1925 y la experiencia de ver películas ya viejas -que muchos sólo hemos podido disfrutar en televisión-, ahí mismo, en pantalla grande, devuelven la grandiosidad del cine a su justo lugar. El órgano Wurlitzer que surge del escenario en los intermedios es solamente una maravillosa muestra de cómo los cinco sentidos (pues sin duda, se babea de gusto y se tiembla en la butaca de emoción) ponen a prueba al viajero.

Los programas dobles que ofrecen son excelentes, y vemos desfilar desde John Wayne con su rifle hasta los zapatos de claqué que hacían volar a Fred Astaire. Palo Alto tiene además una buena variedad de restaurantes en University Avenue y un par de librerías y cafés con las que completar una tarde cultural.

Literalmente, California tiene recorridos de cine(s). Quizás, y para terminar la jornada y poner la guinda al postre, podemos viajar a tan sólo hora y media de Palo Alto, donde el restaurante y hospedaje Mission Ranch nos espera en la costera y elegante Carmel by-the-sea, un hermoso lugar ante el Pacífico donde cenar unas estupendas baby back ribs a la llama de unas velas; no es difícil que su dueño, Clint Eastwood, se pase un rato por el bar, donde toma una copa con sus amigos de toda la vida.

¡Un brindis por el buen cine!
 [Este artículo fue publicado originalmente en El Guisante Verde Project: Viajar con los cinco sentidos. Un estupendo blog de viajes lleno del arte de viajar, eso, atendiendo a los cinco sentidos y conectando arte, historia, literatura, vida y experiencia]

De cómo Ramón Gómez de la Serna se convirtió en fan de twitter (y II)

En el reciente primer congreso de Humanidades Digitales Hispánicas (hashtag #hdh2013) que ha tenido lugar en la Universidade da Coruña tuve el placer de presentar, entre muchísimos proyectos muy valiosos derivados de la tecnología humanística, el proyecto de edición en marcha del Total de Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, un corpues total de 10.000 greguerías que quiero que estén no solo como repositorio online sino como edición viva, hipermedia y de lectura social. Recientemente recibí una beca de Hobart and William Smith Colleges para poder acercarme a mi propósito, con la posibilidad de indagar en Pittsburgh el archivo de la Serna para extraer y digitalizar fondos documentales que ilustren con materiales escaneados el mundo de la greguerías ramoniano. Debo agradecer también que esta beca me permite contar desde hace unas semanas con un grupo de colaboración en HWS para transcribir y etiquetar greguerías, prestar algo de atención a las redes sociales, dar ideas de cómo incorporar los materiales, y aprender con la experiencia (trabajando además mediante una comunidad de Google+), que en otro momento comentaré como opción pedagógica para estudiantes en formación. Por lo tanto, gracias a Kate DePietro, Katina Tibbetts, Sophie Bober y Emily Bearer por su entusiasmo y trabajo :-). Dejo aquí la presentación con las notas. Fue un placer asistir al congreso y conocer proyectos y personas tan apasionantes. ¡Nos vemos cuando queráis! Y recordad, una greguería al día es un placer. “Las greguerías son los sacapuntas de las ideas”.

La edición digital de la ficción impresa

DHD 2013

En este año que se celebra por vez primera el Día de las Humanidades Digitales en español, me gustaría aportar una reflexión sobre el futuro de las ediciones impresas una vez que dejan de serlo y pasan a ser experiencias digitales. Es decir, en qué modo y medida el canon impreso –y lo no canónico también– puede digitalizarse y cómo se hace –o aún no se hace. Por resumir el problema, la tendencia actual con que las humanidades digitales enfocan esta cuestión es sobre todo desde la investigación filológica, catalogando, etiquetando textos antiguos para su consulta exclusiva por especialistas, lo cual es un trabajo muy necesario pero insuficiente cuando pensamos en un público lector más amplio. Por ello, estas ediciones son muy complicadas de leer para el lector no especialista, para el que no es investigador nato. No tienen una estructura narrativa adecuada porque están pensadas para el análisis. Sin duda, hay un aspecto editorial que se está descuidando, quizás porque también depende de un mercado editorial aún no dispuesto a aventurar ediciones de calidad y divulgativas de muchos textos clásicos, como ha venido haciendo la tradición impresa del siglo XX a través de colecciones específicas de editoriales señeras como Castalia, Cátedra o Espasa-Calpe. ¿Qué ha pasado en el mercado digital con esta labor de difusión, de ediciones didácticas, accesibles a un público escolar y ampliamente culto o interesado? Ni siquiera con el despegue de los libros electrónicos y sus múltiples aparatos lectores de los últimos años parece que exista siquiera una mera transposición de estas ediciones al nuevo formato si no es por aficionados. En todo caso, la biblioteca Cervantes Virtual sí ha digitalizado extensivamente, a veces con calidad desigual por la rapidez de su crecimiento,  numerosas obras, y las pone a disposición de un amplio público que puede leerlas en formatos estándares: muchas de ellas se basan ya en ediciones impresas anteriores,  re-anotadas mediante el uso ahora de enlaces. Sin embargo, si bien se consideran ediciones digitalizadas, no alcanzan a ser ediciones digitales propiamente, que sería el próximo paso que dar.

Hipergutenberiana

Siguiendo algunos puntos de una presentación que nunca tuvo lugar pero que preparé en 2010, opino que en estos momentos una edición digital del tipo que sea debe basarse en mayor o menor medida en la adecuación del texto original impreso a cuatro elementos que definen hoy la interacción que se produce en las prácticas de lectura anejas a la retórica digital: secuencialidad, espacialidad, multimodalidad, intercambio social. El primero nos plantea cómo restructurar la página en un universo de pantallas. Por ejemplo, si yo ahora mismo tuviera una editorial digital de clásicos en marcha, sin duda empezaría por editar epistolarios aprovechando el formato de los blogs, en los cuales se adecua muy bien el tiempo del post y el tiempo narrativo de la epístola: la etiquetación de las diferentes epístolas o unidades me permitiría además crear otras rutas de lectura a través del epistolario, cuya secuencialidad decide en parte el lector gracias a la estructura editorial rediseñada por el especialista filólogo en colaboración con las herramientas editoriales que le dispensan (el blog mismo, por ejemplo, con sus diferentes opciones de presentar la información). Hay un magnífico ejemplo en catalán con la edición del diario de Jusep Pla.

Quadern Gris, de Jusep Pla

En segundo lugar, este tipo de secuencialidad líquida o blanda puede convertirse en un caos si no se organiza adecuadamente, ya que nos ofrece una espacialidad del texto distinta –como en 3D–, puesto que los accesos al texto son múltiples, de tal forma que podemos entrar al epistolario cronológicamente, pero también temáticamente, y en el orden u órdenes que la edición nos permita, lo cual hace la estructura de la narración más flexible en su práctica lectora. Una buena edición ha de permitir, sobre todo, un acceso intuitivo, user-friendly, pero sobre todo debe responder a la lógica de la narración, que está formada por secuencias conectadas y topos o lugares de acceso a ellas. Es posible leer Los viajes de Marco Polo sobre un mapa. Por lo tanto, para lograr una lectura inmersiva es necesario crear un buen mapa de esa narración, con los elementos o etiquetas o mapas (incluso visuales, no solo verbales) adecuados a la topografía del relato, que sobre todo el buen lector atento, el filólogo, conoce como especialista. Por eso para que esa lectura resulte tan flexible como bien hecha hace falta un especialista que mire a su público y a un editor que provea de la tecnología adecuada para realizarlo.

Los viajes de Marco Polo

En tercer lugar, la multimodalidad nos permite rediseñar la capacidad de anotar y acompañar el texto impreso con múltiples recursos multimedia que hagan de la lectura una experiencia multimodal, en la que los sentidos disfrutan complementariamente el texto con otros artefactos culturales ligados a él (imágenes estáticas, videos, música y voz), todos relativos a esa red de sugerencias que contiene todo texto. Ahí la vieja anotación a pie de página puede reconvertirse en algo distinto y adquirir auténtico protagonismo de diálogo entrelazado con el texto original, demostrando que la cultura es un diálogo a través del tiempo y de las formas. La historia es un universo ficcional, un historiverso.

Gran Gatsby música

En cuarto lugar, si bien la lectura de los dos últimos siglos se ha extendido como una solitaria en una habitación propia, el mundo de las redes sociales ha llegado para poder compartir con grupos afines lecturas afines, independientemente de la distancia. La edición digital debe ser social en ese sentido, incluso debe editarse en algunos casos mediante el uso de redes sociales para que los lectores se sumerjan literalmente en el texto y formen parte indisoluble de su tejido. El lector no es solo parte de un club de lectura, es también parte de esa lectura.

Ramón Gomez de la Serna Twitter

Me parece importante abordar esta tarea cuanto antes, e impulsar profesionalmente la edición de textos literarios a través de herramientas digitales cotidianas que ya forman parte de nuestra vida de lectura digital en otros géneros y ámbitos (el periodismo, por ejemplo). Sin duda, no es barato y hace falta cierta infraestructura y mucho trabajo en equipo (filólogos, documentalistas, informáticos y editores solo para empezar). Deberían nacer o renacer editoriales capaces de facilitar al filólogo e historiador literario herramientas adecuadas, y potenciar así un renacer del tecnofilólogo, que con todo su saber, es capaz de crear ediciones útiles y legibles para un público más amplio.

Raymon Chandler Facebook

No debería ser hoy una extrañeza, sino una establecida costumbre, que un filólogo tuviera adscritos un par de autores cuyos perfiles de Facebook o Twitter atendiera, alimentara y dinamizara, colocando citas, enlazando sugerencias bibliográficas, liderando discusiones, mostrando la actualidad de hoy con la del ayer, y recabando de los lectores posibles formas de editar tal o cual texto de tal o cual manera digitalmente, o, incluso mejor, de una manera transmedia  (pero ese es otro tema que queda para otro día). Que, en colaboración con otros especialistas en el autor, reuniera colecciones visuales en torno a las obras (ilustraciones, portadas, fotografías biográficas del autor, grabados) en repositorios populares como Pinterest (o Flickr), ligados a sus temas, sus citas textuales, y funcionaran como otras entradas a la obra y su autor y su época y la historia de sus ediciones. Que publicara y discutiera obras en el formato blog y en otros que están por crearse. Que todo ello estuviera integrado en una edición viva y proteica, continua.

En fin, que de la digitalización del texto impreso pasemos a la edición digital profesional para el público lector.

P.S. En julio presentaré algunas de estas ideas en el Congreso sobre Humanidades Digitales que tendrá lugar en A Coruña. Allí discutiremos  la estructuración de una edición del Total de greguerías de Ramón Gómez de la Serna de acuerdo a estos principios generales que acabo de comentar.

San Agustín y la Florida colonial

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El 27 de marzo de 1513, domingo de Resurreción, el explorador Ponce de León, gobernador de Puerto Rico, avista la Florida y deja constancia oficial de ello por primera vez para la historiografía europea. El 2 de abril desembarca en una playa con dunas y poco después tendrá uno de los primeros encuentros con indios de la zona, a los que, según leyendas posteriores, dice estar buscando la fuente de la juventud: al parecer, estos indios ya tenían noticias de los exploradores o algún contacto previo, e incluso sabían algunas palabras en español.

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La ciudad colonial de Saint Augustin, situada al sur apenas a una hora de Jacksonville y en la costa de Florida conocida como Ponte Vedra, tiene el honor de ser la ciudad continental más antigua de Estados Unidos que se conserva y ha pervivido habitada. Fundada en 1565 por Pedro Menéndez de Avilés, además de grupos indígenas solo se habían establecido hugonotes francesas, y pasaría medio siglo hasta que llegasen los padres fundadores de la nación americana contemporánea.

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Plaza fortificada, desde la llegada británica al área los ataques se suceden continuamente durante el siglo XVI y XVII, primero por el pirata Francis Drake, luego por las colonias establecidas en el sur de Virginia, de las cuales numerosos esclavos negros huían para refugiarse en territorio español, donde podían tener su propio dinero, mejores condiciones e incluso ser libertos. En 1763 pasa a ser británica por el Tratado de París, y es devuelta en 1783, hasta que en 1861 es tomada por fuerzas estatales estadounidenses durante la guerra civil, después de lo cual pasa a formar parte del estado de Florida.

 

Pasear por las calles de San Agustín, ubicada sobre una península rodeada de un par de islas arenosas conectadas por puentes, es como caminar por un pueblo castellano traspuesto en un ambiente de luz mediterránea y vegetación casi tropical. El Colonial quarter, un conjunto breve y apretado de calles con casitas bajas, muchas de ellas arracimadas en torno a patios interiores, dan pie y estómago y espíritu a numerosos restaurantes y bares que no acostumbran a cerrar pronto por la noche.

Desde magníficos pubs irlandeses a la cocina de estilo español (el Columbia, que trae el pan diariamente de su obrador en Tampa) o latino (Casa Maya). Por supuesto, hay que probar la carne de caimán, incluso si a menudo viene en forma de salchicha o en forma de buñuelo rebozado, como lo ofrecen en el restaurante Santa María, con vistas estupendas en el puerto frente a una reproducción de un barco pirata, quizás una carabela remozada a lo Francis Drake.

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En el centro de la ciudad, la animación es constante, y el turismo presente pero no agobiante, y todo el universo estadounidense se confunde por instantes en la relajación de los días soleados y húmedos de relajación espiritual. El paseo del puerto nos deja caminar amablemente hacia los restos del castillo de San Marcos, desde el que se ve la bahía y su actividad a tiro de cañón, y al fondo se vislumbran los barrios de hotelitos y la arena incipiente de las playas de Vilano Beach a un lado, y del parque estatal Anastasia al otro. Este último merece una visita al atardecer para disfrutar de su infinita extensión arenosa y su inmensa vista al océano Atlántico, desde esa otra orilla, apuntando en el horizonte a las costas europeas.

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La plaza de la catedral, de frente al puente de los leones que, con su estructura de piedras y sus leones esculpidos, nos ofrece una entrada al centro tan europea, se ve presidida por la escultura de Ponce de León, y bordeada por la catedral y otros edificios históricos. Pequeña y recatada, San Agustín se pasea con gusto y agrado, y con la extrañeza y familiaridad que dan sus elementos mezclados del tiempo y las culturas que lo han habitado. no en vano algunos edificios muestran hasta cinco banderas diferentes, pertenecientes a etapas distintas de la historia de la ciudad.

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Hay que destacar también el edificio del actual Flagler College, antiguo palacio del millonario Henry Flagler, que se inspiró tras asistir a una conmemoración de Ponce de León en el siglo XIX. Merece la pena ver su magnífica cúpula y artesonado interiores.

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Lugar de reflexión personal, reencuentro histórico y recreo del alma, San Agustín es un lugar para perderse al menos durante un día en La Florida, quizás más conocida  por el frenetismo urbano de Miami, los parques temáticos de Orlando, y las llanuras aeronaútoicas que usan los nuevos exploradores del cosmos en Cabo Cañaveral.

Aunque hay algunos vuelos que llegan directamente a la ciudad, lo habitual es hacerlo a través de Jacksonville (o por qué no, desde Daytona Beach desde el sur). De camino puede visitarse el Museo de la fama de golf. Jacksonville es una ciudad moderna pero cuyo paseo a orillas del inmenso río St John en días festivos depara un paseo estupendo que tiene origen en el centro de la ciudad, con una zona de restaurantes con vistas y tenderetes variados a modo de mercadillo de artistas y asociaciones independientes, y que termina a unos kilómetros más abajo, en el mercado de fruta, verdura y artesanía de los sábados. por supuesto, las playas de la ciudad permanecen abiertas para aquel que quiera zambullirse en aguas de tiburones.

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A solo 30 minutos hacia la costa, y recordando hacer una parada en el restaurante mirador Sandollar a la vuelta, los parques estatales de Big and Little Talbot Island nos deparan accesibles y muy fotogénicos senderos donde uno puede evocar e imaginar fácilmente esa vegetación intrincada y selvática, de carácter tropical, y esas playas largas y arenosas, cercadas por dunas y el propio mar, que avistó por vez primera Ponce de León para sentirse un poco explorador en el término aventurero de la palabra y plantearse las dificultades, la desorientación y la extrañeza de aquellos descubridores cuando llegaron allí, tan lejanos a muchos de nuestros viajes en la actualidad.

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[Este artículo fue publicado originalmente en El Guisante Verde Project – Viajar con los cinco sentidos, en mayo de 2013]

Investigación y pedagogía digital en abierto

… digital pedagogy is less a field and more an active present participle, a way of engaging the world, not a world to itself, a way of approaching the not-at-all-discrete acts of teaching and learning. To become an expert in digital pedagogy, then, we need both experience and openness to each new learning activity, technology, or collaboration. Digital pedagogy is a discipline, but only in the most porous, dynamic, and playful senses of the word.

(Jesse Stommel, “Decoding Digital Pedagogy, pt. 2: (Un)Mapping the Terrain“)

Debo confesar que admiro especialmente la sencillez cuando va acompañada de la inteligencia, en cualquier aspecto de la vida. Acabo de descubrir una nueva revista online sobre pedagogía digital (HYBRID PEDAGOGY: A Digital Journal of Teaching & Technology) que, además de sintonizar muy bien con los principios de The Littera Project, lleva a la práctica toda una filosofía de trabajo y difusión digital en red con una sencillez impepinable que potencia, con herramientas 2.0 de uso habitual, una máxima flexibilidad, colaboración, transparencia, y discusión de materiales e ideas en una revista académica. Es importante, creo, que sus creadores destacan esa relación intrínseca que debe buscarse entre teoría y práctica, entre investigación y pedagogía, la coherencia en el uso híbrido de métodos, técnicas y tecnologías a la hora de enfrentarnos al tema que aborda la revista, y el objetivo de borrar fronteras en el diálogo (a veces roto o inexistente) entre educación secundaria y universitaria, entre estudiantes, profesores y otros públicos.

Captura de pantalla 2013-03-09 a la(s) 18.39.26La estructura de blog (sospecho que usan WordPress) permite crear un archivo bien organizado y etiquetado de contenidos y temas; así, la sección dedicada a los artículos de investigación posee varios enfoques de interés (pedagogía digital, aprendizaje online, colaboración, educación abierta, investigación, teorías) que pueden visitarse fácilmente pulsando una pestaña y así acceder a la serie correspondiente sobre ese tema. También hay otros accesos trasversales al contenido en la columna derecha para acceder por autores, calendario de publicación, categorías, y múltiples etiquetas de contenido. Los artículos publicados están abiertos a discusión de comentarios, y muchos de ellos generan interesantes discusiones. La idea de que un artículo no es la última palabra dicha sobre un tema, sino el inicio de una discusión académica se establece aquí con inmediatez, claridad y eficacia. Es una revista de acceso abierto en todos los sentidos: divulgación de contenidos y discusión abierta de los mismos. Es además, de publicación regular y continua, con un solo ciclo ininterrumpido, lo que ofrece una gran flexibilidad en la publicación de contenidos. ¿Por qué esperar a una convocatoria determinada cuando tengo algo que decir ahora, y no dentro de seis meses?

Pero antes de que el artículo llegue a publicarse oficialmente, pasa por un proceso lógico de revisión. Ese proceso se explica en el clásico lugar llamado “Submissions”, que primero dedica un espacio inicial y extenso a las maneras de participar en la revista: leer y comentar los artículos, pasarse por el foro que crean los usuarios sobre preguntas o cuestiones particulares, etc. La idea de publicar un artículo de propia autoría solo llega al final y se entiende que es una parte más de toda la actividad de la revista. Se estimula claramente y con sencillez la participación y se da a entender que la revista académica consiste en un proceso continuo de aprendizaje mediante el desarrollo de  una cultura participativa. No se entiende ya publicar algo sin participar al mismo tiempo del contenido de la revista en diversas formas. La idea que subyace es formar una comunidad de suscriptores activos en diferentes fases de producción académica.

Captura de pantalla 2013-03-09 a la(s) 18.41.25Entre esas fases, la publicación de un artículo propio sigue un proceso sencillísimo que busca la revisión, no ya por pares, sino a pares y pares de lectores, es decir, una revisión generada por la aplicación del crowdsourcing, la colaboración múltiple en la redacción de la investigación. Basta abrir un documento de Google, escribir, compartirlo con la dirección que provee la revista, y entonces pasa a ser accesible automáticamente para un número indefinido de suscriptores, que pueden leer el documento y dejar sus comentarios y sus críticas. El autor los valora, entiendo que mantiene una discusión con algunos de ellos (puesto que los documentos de Google así lo permiten) hace los cambios que crea necesarios, y después de ese proceso interactivo y vivo acuerda con los administradores el permiso de publicación general, donde seguirá recibiendo opiniones de nuevo lectores a través de los comentarios abiertos habilitados por el blog. Cuatro ojos ven más que dos, y sin duda esta democratización de la revisión aporta en sí misma una revisión activa y variada del documento, en la que sin duda los expertos asociados a la revista querrán intervenir, así como otros lectores no tan expertos que tengan algo que decir. Es una lástima que en este punto el documento no sea ya público, en ese caso la transparencia sería total y muy útil también para quien quisiera asistir a todo el proceso de discusión y formación de un artículo.

Captura de pantalla 2013-03-09 a la(s) 18.46.47Pero aún hay más. La revista posee su cuenta de Twitter (@hybridped) y Facebook, donde salen las novedades y amplían el espectro de difusión y discusión de temas y noticias relacionadas con la revista y su tema central. A esto se le añade  algo mucho más interesante: el uso del hashtag #digped para convocar discusiones online cada cierto tiempo, durante las cuales se aborda un tema de interés. Esto crea un evento en vivo organizado por la revista, sus colaboradores y seguidores; pero aún hay más: esa conversación quedaría en 24 horas en el olvido de la línea de tiempo twittera si no se rescataran algunas de las intervenciones y fueran editadas mediante Storify, un programa de curación o selección de materiales de internet para crear informes o historias sobre un tema. Cada uno de los debates genera un Storify que se convierte en un nuevo artículo en la sección de debates de twitter.

Una sección aparte se dedica a seleccionar y comentar brevemente (por orden alfabético) las herramientas web que se han citado en artículos como ejemplos o instrumentos de pedagogía digital. Es una lástima que no sea una lista crítica colaborativa (como la que tenemos en Diigo para The Littera), porque ofrecería pronto unos buenos resultados y numerosas herramientas. Entiendo que quieren seguir el hilo de aquellas herramientas sobre las que hay una discusión en los artículos, pero tampoco hay un enlace a los artículos donde estas herramientas son citadas, lo cual sería ejemplar y utilísimo.

La forma de contacto con la revista, además del email general, provee de cuentas de Twitter para cada colaborador o administrador, con lo que se logra una comunicación mucho más flexible para consultas y ayuda a generar una red más amplia entre los colaboradores y aquellos con los que estos colaboradores están conectados.

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El seguimiento de los nuevos artículos puede hacerse por suscripción RSS, o seguir a través de las redes sociales mencionadas. Echo en falta una caja de búsqueda para poder encontrara artículos que contengan la palabra que nos apetezca, pero el resto de detalles, como la accesibiilidad, la licencia Creative Commons utilizada, ofrecen al público lector una magnífica oportunidad de acceder y reusar la información desde los estándares básicos actuales.

Como recordaba Joaquín Rodríguez hace unos días, en homenaje a Aaron Schwartz,es necesario entregarnos por lo abierto para así modificar algunos hábitos obsoletos de la ciencia y la academia respecto del tradicional poder en la construcción del conocimiento, y esta revista, me parece, es un buen ejemplo de ello.

Es necesario repensar en profundidad el sistema de creación, circulación, uso y reutilización de los ensayos, experimentos, contenidos y resultados generados por la comunidad científica: es necesario hablar de open data, de open access y open edition, como elementos íntimamente correlacionados en un nuevo proceso de descubrimiento, ensayo, error, comentario y publicación dependiente, de manera soberana, de los propios científicos.

(Joaquín Rodríguez, “Dar la vida por lo abierto“)